Lucifer también tiene alas

1.

—Miércoles, Adrián —se sorprendió nomás verlo—, ¿qué estás haciendo por aquí?

Lo abrazó con una palmada en la espalda y, por los viejos tiempos, se acercó a la caja de la camioneta y rebuscó en una heladera portátil por unas cervezas.

—Sentémonos, Lucio. Te cuento en un rato.

El recién llegado se dejó caer sobre una reposera de arpillera. Desde otra igual de gastada, su amigo lo miró. Estaban al aire libre, bajo el cielo que iba dejando ver parches oscuros llenos de estrellas. Alrededor, un auto azul desarmado, otro gris en igualdad de condiciones y muchas herramientas desparramadas daban cuenta del buen funcionamiento del taller mecánico.

—El viaje fue atroz. La ruta está peor que nunca. No veía la hora de llegar —se largó a hablar Adrián.

—¿Cómo has estado?

Lucio bebió un largo trago de la lata plateada y miró pensativo a su amigo. No habían estado en contacto por los últimos seis o siete años. Cuando Adrián se había ido, nadie pensó que volvería.

—Yo tampoco, a decir verdad. Creí que te ibas para no volver —lo increpó. No quería juzgarlo, pero su tono de voz lo dejaba entrever. Había existido mucho silencio de parte de Adrián, habiendo cortado lazos con el pueblo, los conocidos e incluso con los amigos.

—Llegué a pensar lo mismo, pero no vale la pena hacer apuestas.

Le contó que, de momento, estaba viviendo en algún lugar de La Pampa, trabajando en el campo de sol a sol para disfrutar los domingos en la soledad de su cabaña. Había estado viajando por el país, trabajando en cada ciudad donde paraba. La verdad era que no tenía destino fijo. Aún erraba de un lugar a otro del vasto país, sin encontrarse en ningún lado y sin buscarlo siquiera. Por demás, ninguno tocó el tema de un posible interés amoroso de su parte. Adrián agradeció la discreción de su amigo.

Luego pasaron a ver la vida del mecánico, que había abierto su taller poco después de la partida de Adrián. Él tampoco tenía novia, aunque dejó en claro que nunca estaba solo. Hablaron de bueyes perdidos, como decía el dicho, algún otro conocido en común de quien rescatar una anécdota, la política del país y la situación económica que no ayudaba a nadie. Incluso hablaron de algo de música. Una banda nacional reconocida había pasado por la ciudad un par de meses antes, causando todavía furor.

—La vida sigue —acotó Adrián. Se amasó el cabello oscuro con una mano, gesto que su amigo le reconocía desde las épocas del colegio secundario.

—Pronto llega la primavera. Como vos decís, la vida sigue.

Los amigos se miraron significativamente. La llegada de la primavera traía recuerdos que quizás no fueran fáciles de traer a la memoria.

Adrián levantó su cerveza y la alcanzó a Lucio para brindar con él.

—Entonces, que así sea. Que llegue la primavera—. Hizo una pausa significativa y bajó la mirada. Entonces, casi en un susurro, agregó—: por Estrella.

Lucio fijó los ojos en la tierra también. De pronto, alguna mota de ese polvo parecía haberle entrado en los ojos. Con la voz un tanto acongojada, dijo su parte.

—Por Estrella —brindó, aunque bien pronto cambió de tema—. ¿Dónde irás ahora? ¿Dónde te quedas?

—Por el momento, en la casa de mi tío —. Sus planes eran sencillos, así que los agregó a la conversación. Se quedaría unos meses a trabajar en la casa de sus padres, en desuso por tantos años, para que su precio en el mercado inmobiliario pudiera subir. Luego pensaba venderla. No agregó qué haría después de ello.

 

Tirado en una cama ajena que le parecía un tanto pequeña, en una habitación de colores rosados y violetas donde había crecido su prima ahora mayor, Adrián no podía dormir.

Debía estar loco para volver “al pueblo”, como llamaba desdeñosamente a la pequeña ciudad. Pero si no era él, ¿quién se ocuparía de la venta de la casa de sus padres? Ellos ya no querían volver. Grandes, avejentados a causa de los malos tiempos y cansados, solo esperaban cortar todo lazo con ese pasado que tanto daño les había causado.

No obstante, ¿hubo sido el pasado o él mismo quien causó ese dolor? Adrián no dejaba de machacarse la cabeza. Las imágenes se sucedían en su cabeza como una película de cine noir. Cada tanto, el ahora forastero miraba la hora y suspiraba. Otros treinta minutos que habían pasado sin dormir.

Había sido él quien trajo el nombre de Estrella a la conversación. ¿Por qué lo hizo? Reflexionó y se dijo que, si no se animaba a hacerlo, Lucio tomaría ese lugar y, entonces, él ya no podría controlar el destino de lo que hablaban. Ante todo, debía ser quien se ocupara de marcar los tiempos de juego y quien tomara la batuta de esa orquesta. Debía ser él quien definiera cuándo, dónde y cómo iba a desandar los pasos con los que trabajosamente se había alejado de allí.

La determinación de Adrián se vio sofocada por la mañana. Hay quienes dicen que perdonan, pero no olvidan jamás.

—¿Cuánto tiempo piensa quedarse en la ciudad? —Preguntó el agente de policía. Adrián era consciente de que ese simulacro barato de interrogatorio era ilegal, pero no quiso pelear.

—Solo unos meses. Ya he contactado a una inmobiliaria. Haremos un trabajo en conjunto para vender la casa. Luego me iré cuanto antes.

—Espero que no tengamos problemas, señor Lerner.

—Para nada.

El silencio era pesado, denso como humo.

—Quiero que recuerde que aún existe una medida de restricción que le impide acercarse a la familia Cévoli. ¿Está bien?

Adrián asintió enfáticamente. ¿Cómo olvidar esa medida de restricción? Aun sin haberse demostrado nada, la familia de Estrella lo señalaba como culpable. Por extensión, sus amigos, familiares y conocidos hacían lo mismo.

Aunque hubieran pasado siete años.

Nada cambiaba en “ese pueblo”.

Adrián estrechó la mano del agente y cerró la puerta detrás. Se quedó solo en la casa, sin tío que trabajaba y sin perro que dormía en el patio. En la cocina, se preparó una taza de café solo y se sentó a pensar en la casa de su niñez. Volver a ella con la mente trajo recuerdos gratos: jugando en la vereda a la pelota con los vecinos, llevando a la primera novia de la secundaria, estudiando para los exámenes complicados de matemática y física, incluso los intentos de tocar la guitarra que solo quedaron en vergüenza ante la familia.




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