Lucifer también tiene alas

2.

Era él.

Estaba de pie junto a mí y me miraba mientras hablaba. Yo veía su boca moverse pero no escuchaba una sola palabra de las que decía. Solo tenía la idea fija de que era él. A duras penas lograba decodificar la información de que usaba el mismo uniforme verde que yo.

¿De dónde lo conocía? De todos lados. Todos lo conocían. El pueblo al completo.

Todos se preguntaban si era cierto que había estado en prisión por lo que pasó; porque de repente había desaparecido tres años completos. Yo lo sabía porque aquello había sucedido en el tiempo en que terminaba la escuela secundaria. Otros decían que se había escapado para esconderse. En realidad, todos tenían algo que decir.

Todos hablaban; menos yo que lo tenía acá al lado y no acertaba siquiera a escuchar una sola de sus palabras. ¿Justo yo? ¿Justo a mí? Entre todos los empleados, no podía creer que se hubiera acercado justamente a mí. No sabía si seguir sintiendo sorpresa, cambiar a nerviosismo o desesperación, o simplemente quedarme allí parada como una boba que no sabe decir «A».

Luego se acercó Ignacio, el gerente, y con su llegada pude recuperar la audición y el habla. Ignacio se limitó a hacer las presentaciones.

—Él es Elías Lerner y va a estar trabajando en el depósito, en el lugar de Silvio ­—que se había ido un mes atrás, en pleno verano.

Pero al final resultó que no había recuperado el habla. Vergonzosamente, no me salió una sola palabra. Ni siquiera para poder decir mi nombre.

—Bien, ella es Selena y trabaja en el escritorio de informes.

Se suponía que ahora era el momento en que ambos debíamos sonreír como si nos causara algún placer habernos conocido, pero ninguno lo hizo. Lo miré de frente y lo estudié rápidamente. Tenía los ojos oscuros como el gris 8 de la escala de grises. Tenía la ceja izquierda bordeaba por un tatuaje que simulaba una rama con espinas, como si de una rosa se tratara, solo que faltaba la flor. La ceja estaba partida por una cicatriz como las que se hacen los niños jugando. El cabello estaba cortado casi a rape y dejaba ver otra cicatriz que había dejado su camino en el cuero cabelludo. Era más alto que yo; mucho, a decir verdad. Ese detalle me intimidó. Finalmente sus hombros, que eran anchos y parecían hechos a medida para trabajar en el depósito. Me imaginé si la chomba verde de mangas largas escondería algún tatuaje y el solo pensamiento me hizo sonrojar, aunque no sabía si de vergüenza o de horror.

Miré al dueño y a mi nuevo compañero mientras se alejaban. De pronto, él giró y me miró por unos segundos. Tontamente, en ese momento creí que fueron los segundos en que mayor miedo sentí en mi vida. Tanto que no bien se perdió de vista, empecé a imaginar en qué tiendas y cafés presentaría mi currículum para empezar una nueva vida laboral. Una donde no tuviera compañeros que me dieran escalofríos con solo mirarme con sus ojos gris 8 que decían mucho e insinuaban aún más.

NO TE LA CREO QUE ESE ELÍAS ESTA TRABAJANDO CON VOS!! CREO QUE HUBIERA MUERTO DE MIEDO. AGGGGG… COMO PUEDO DECIR LA PALABRA MUERTE??

A penas había encontrado un momento, le había escrito a mi amiga Ana para ponerla al tanto. Ella conocía a Estrella de una fiesta. Tres años atrás, de pronto todos en la ciudad parecieron conocer a Estrella. Era el tema de conversación favorito, junto con Elías Lerner. Y es que, como sea, y dicho con una gran carga de humor negro, Estrella había saltado a la fama una noche. Después de ese episodio, la ciudad no había vuelto a ser igual. Se temían a los probables Elías y se cuidaban celosamente a las posibles Estrellas.

Entonces así fue cómo lo conocí a él, Elías. Al de carne y huesos y no al fabricado por los chismes.

 

Esa noche en casa abrí el whatsapp y me encontré con la sorpresa (escalofriante, he de decir) de que el gerente Ignacio había agregado a la conversación grupal a nuestro nuevo compañero. Pensé en el hecho de que ahora ese chico gris 8 tuviera mi número de teléfono y no supe cómo reaccionar. Toda mi parte racional me decía que debía tener miedo pero otra parte recordaba cómo se había dado vuelta para mirarme en la oficina, sin ningún gesto que delatara sus emociones, y me sentí ansiosa. Lo imaginé buscando mi número en la lista de contactos del grupo. Lo imaginé agendándolo y, mientras lo hacía, presentía que era un sentimiento que no debía compartir nunca con nadie, porque era prohibido.




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