Lucifer también tiene alas

11.

El calor empezaba a apretar las gargantas durante el día y, a veces, también durante la noche. Irremediablemente se acercaba el verano.

Había un pub cerca de la costanera donde se reunían los jóvenes a divertirse después de las jornadas de trabajo. Allí se podía jugar al pool e incluso al ajedrez. Un solitario Adrián se sentaba en una de sus mesas una noche de noviembre.

Cerca de la una de la madrugada, el forastero pagó la cerveza y apuró el vaso. Amagó a levantarse cuando vio entrar un grupo que reía a carcajadas y parecía inundar con su presencia todo el lugar. Recordó años atrás, cuando ese pub recién abría sus puertas y con sus amigos lo descubrieron un fin de semana.

Se ubicó nuevamente en la silla y escuchó a los recién llegados: festejaban un cumpleaños. Lo supo por su canción de festejo y porque la aludida (era pues una de las chicas) llevaba una corona de flores. Pero entonces se volteó. Bajo la corona, llevaba el cabello suelto con una vincha fina de carey, apenas visible a la tenue luz, escondida entre sus cabellos castaños. Vestía un solero verde que resaltaba su bronceado de playa y calzaba sandalias. En bandolera, una pequeña cartera marrón terminaba el atuendo.

Aún sin verla de cerca podía reconocer esos ojos verdes que lo cruzaban en los pasillos del supermercado. Era Selena, y era el centro de la atención de sus amigos.

Adrián se quedó en su lugar. Cuando la camarera vino a retirar su vaso, pidió otra cerveza y más maní. Decidió quedarse un momento más. ¿Estaba mal? Su actitud podía ser tomada de forma errada por muchas personas de ese pueblo. Un hombre casi en sus treinta que, a lo lejos, miraba en un bar a una joven en sus veinte.

Pero la verdad era que esa Selena, toda risas entre amigos, mostraba una faceta que él desconocía. Mirarla equivalía a espiar por la ventana de los ojos de sus amigos, que la veían de cerca y aplaudían para ella. ¿Cuántos cumplía? Alguien gritó que eran veintiuno. Adrián agradeció en silencio esa información.

Una hora pasó así. Las charlas subían y bajaban el tono. Del pequeño grupo de gente, Adrián solo había podido distinguir a Mora, la amiga fiel de Selena quien, en un momento de descuido, lo había encontrado entre los presentes en el bar.

—Selena… Está Lerner ahí. Y creo que me mira —la voz de Mora se perdió con la música.

Adrián, a lo lejos, notó la tensión en el cuerpo de Selena. Ella levantó la mirada y, sin buscar mucho, la cruzó con los ojos de él. Hasta ese momento, no se había percatado de su presencia.

Selena quiso decirle a Mora que se equivocaba, que él no la miraba a ella. Pero no le había dicho nada de su encuentro bajo la lluvia, ni de su aventón hasta su casa, hacía ya dos semanas.

—¿Seguirá enojado conmigo por no quererlo en el grupo de pintura?

Era increíble la capacidad de Mora de quedarse en el pasado. Pero también se sentirse el centro del Universo de vez en cuando. Selena sonrió a su amiga pero, casi indescriptiblemente, también volteó hacia Adrián y le regaló parte de ese gesto a lo lejos. Lo saludó a su manera. Él levantó el vaso y, a medio camino hacia su boca, lo ladeó levemente. Él también la saludó a su manera.

Martín formaba parte del grupo que festejaba el cumpleaños. Desde que terminaron la escuela, había sentido que Selena se interesaba por él más y más. Eran de los rezagados, de los que quedan atrás intentando hacerse un futuro en la ciudad cuando la mayoría de sus amigos han viajado a estudiar en la capital. Eso los había llevado a unirse. Incluso compartían algunas materias en la pequeña universidad a la que asistían. Eventualmente, ambos serían docentes de futuras generaciones que repetirían sus historias: sus bailes escolares, sus clubes, sus partidos de básquet, sus fiestas de la primavera.

Los padres de Martín conocían a Selena desde el jardín de infantes. Con el tiempo, la niña que prometía ser problemática a causa de sus padres había sido bien encaminada por su abuela Nora, quien se ocupó de su crianza. Hoy en día, reconocían en Selena una joven trabajadora, talentosa e inteligente.

Todo esto cruzaba la cabeza del atleta mientras miraba a su amiga. Tal vez no fuera tan loca la idea de invitarla un día a salir.

Desde su lugar, Adrián vio cómo uno de los muchachos se sentaba cerca de Selena y le hablaba en secreto. Ella se rio.

—Creo que Mora está loca por el asesino. Alguien debería decirle que deje de soñar con la historia de la Bella y la Bestia.

El comentario de Martín no hizo gracia a la cumpleañera, aunque se rio por compromiso. Le chocó descubrir que él tenía tantos prejuicios como todos los demás. Y peor aún, se dio cuenta de que tal vez era ella quien se estaba montando toda una obra imaginaria con el convicto del pueblo.

Entonces, de reojo, vio cómo Adrián abandonaba su puesto y se dirigía hacia la puerta. En una fracción de segundo se imaginó que él la miraba, que ella lo seguía y que él la saludaba, un “feliz cumpleaños” y un beso apenas en la mejilla. El único beso.

Pero el convicto no se dio vuelta. Solo caminó un paso delante de otro y se alejó del bar. Una vez sentado en su camioneta, tomó el teléfono y buscó la conversación con Selena. Escribió. Borró. Volvió a escribir. ¿Tenía sentido? Borró de nuevo. Quizás mañana pudiera saludarla en el trabajo.

La noche terminó agridulce para ambos. A veces creían ser amigos. Otras eran solo un par de desconocidos.




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