Lucifer también tiene alas

16.

El retorno de Lerner había puesto patas arriba la vida de Nora. Al menos eso sentía ella, a quien se le erizaba la piel de solo saber que él estaba rondando la ciudad. Para colmo de males, se encontraba peligrosamente cerca de Selena. Tanto en el grupo de pintura del club como en el supermercado. Su nieta lo veía a diario. Cuando a veces Nora preguntaba por él, ella le contestaba con frases cortas. Parecían no tener una relación cercana. Sin embargo, ella la había visto bajar de su camioneta aquella vez. Y el silencio posterior de su nieta solo le indicaba que allí había algo escondido. Le daba miedo descubrir qué.

Los meses habían sido tortuosos. A todos lados a donde iba, la gente murmuraba. Y ella oía esos murmullos. No podía acallarlos por más que se alejara rápidamente de la gente.

Entonces ponía su mejor expresión y miraba a todo el mundo a los ojos. Con miedo pero sin bajar la mirada, porque no quería que nadie supiera la verdad. Si hubiera sabido... Que en ese preciso momento, su nieta Selena y Adrián conversaban en la playa, hubiera sufrido al menos un desmayo.

Él la había amenazado. Él, a quien no quería ni siquiera nombrar, le había atado la lengua para que no pudiera decir una sola palabra. Y desde que Adrián había vuelto a la ciudad, lo veía a él acercarse peligrosamente a ella, a su casa… A Selena.

Siete años. Todo ese tiempo había pasado con el secreto guardado en la garganta.

Esa noche de noviembre había vuelto su yerno, el padre de Selena. Estaba en la ciudad; drogado de nuevo, o como siempre. Llamó a Nora con una amenaza de suicidio. Le hizo prometer que lo dejaría ver a su hija o saltaría del puente viejo.

Nora condujo tan rápido como pudo. No quería una muerte pesándole sobre el alma. Ese hombre, su yerno, era capaz de cualquier cosa cuando se intoxicaba.

El puente cruzaba el rio hacia el campo. Un extremo surgía de la ciudad y el otro se perdía entre las cortinas de árboles de la zona verde, frondosa y ruidosa a causa del viento.

Desde el lado de la ciudad, Nora se acercó con su pequeño auto bordó. Iba ojo avizor, buscando señales de su yerno. Entonces vio el automóvil, el mismo que había sido el vehículo familiar. Estaba a un costado del camino. Sin bajarse, la abuela buscó y rebuscó el terreno cercano. Era tarde y los últimos rayos de sol desaparecían sobre el río. Empezó a llover.

Entonces escuchó un grito entrecortado.

Sobre el puente, distinguió dos figuras. ¿Sería una de ellas su yerno? No parecía. Eran dos que discutían. Desde lejos le pareció ver un hombre y una mujer. El hombre gesticulaba en forma grandilocuente. La mujer temblaba. Sus siluetas brillaban a la luz de los relámpagos.

Desde la seguridad de su auto, Nora miraba la escena, petrificada.

Entonces el hombre arremetió contra la mujer, como si buscara abrazarla. Se conocían, no cabía duda. Pero ella no confiaba en él. Tenía miedo. Se retiraba rápidamente, tanto que apenas miraba hacia dónde iba.

El traspié fue casi imperceptible. La baranda era baja y no alcanzó a sujetar su cuerpo. En cuestión de segundos, la mujer caía hacia el vacío. El hombre no atinó a moverse. Solo la vio alejarse hacia el torrente de agua que corría abajo. Sin sonidos de parte de ninguno de los dos, con las mentes en blanco.

Nora emitió un grito corto y, automáticamente, se tapó la boca con ambas manos. Intentó encender el auto varias veces hasta que lo logró. Las manos le temblaban. Para cuando pudo retomar la ruta que llevaba hacia su casa, una camioneta le cerró el paso.

—Buenas noches, abuela —el hombre la saludó con una sonrisa cuando ella bajó la ventanilla. La tomó de la mano y agregó—: Solo un nombre… Selena. Si alguien sabe de esto, Selena estará en peligro.

Una sonrisa tan bella, unos ojos tan apacibles, el tacto rugosos de alguien que trabaja con las manos y conoce el valor de cada esfuerzo… Y, sin embargo, acababa de matar a una persona y amenazaba la vida de otra.

El agua de lluvia caía por el cabello suelto del muchacho y le daba un aspecto aún más siniestro del que lograban sus palabras.

—No… —La voz de Nora se hizo un susurro—. Mi nieta, no. Por favor.

—Me alegro de que nos entendamos, abuela.

Mucho después de que él se hubiera ido, Nora siguió sentada detrás del volante del automóvil, temblando de miedo. La lluvia anegaba sus cristales y caía, como caían sus lágrimas de miedo e impotencia.

Indiferente a todo, el padre de Selena dormía en su auto. Las babas le manchaban la camisa y el calor y la humedad le hacían transpirar la nuca.




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