Lucifer también tiene alas

24.

Últimamente, los titulares de los diarios de la ciudad y de zonas aledañas eran similares. Todos rondaban sobre la historia de la reina de belleza que había sido asesinada por celos (cada periódico magnificaba el asunto a su gusto) y la mala suerte de Selena que casi termina igual. Algunos, los más magnánimos, le dedicaban alguna columna a la historia de Lerner, quien ahora era visto como un mártir enamorado. Porque sí, todavía se contaba la probable secuencia de amor entre él y Estrella.

Mientras tanto, la vida de Selena volvía a su curso. Pronto sería Navidad y las temperaturas estaban locas de altas. En los últimos días de Adrián en el pueblo, se los había visto a los dos escapando a la playa tanto como sus horarios lo permitieran. La pareja pasaba de la felicidad a la nostalgia en cuestión de minutos. Y luego de vuelta a la felicidad.

—Me iré antes de Navidad —afirmó Adrián mientras la abrazaba. El sol se ponía sobre el horizonte naranjado y el mar subía lentamente influenciado por la luna.

—Hmm. Tus padres deben estar esperándote. Te has ido más tiempo del planeado.

—¿Estarás bien?

—¿Todavía lo dudas?

Él apretó el abrazo.

—Sí, pequeña. Todavía lo dudo.

—Todavía tengo que terminar la universidad. Cuando lo haga, podré irme yo también. Quizás te encuentre de nuevo.

No era un pedido, tampoco una promesa, era simplemente un comentario al paso como tantos otros. Sin embargo, caló hondo en Adrián. Si volvían a encontrarse, ¿qué sería de ellos esa vez? ¿Podrían dejar atrás los fantasmas del pasado? ¿Se habrían curado las cicatrices del corazón como se habían recuperado aquellas en las manos de Selena? Las preguntas eran demasiadas y mucho más complicadas de lo que deseaba reconocer.

No fue a la terminal de ómnibus a despedirlo, pero se fue hasta la ruta a verlo pasar por sobre el puente que une la ciudad y el campo, el mundo conocido y el mundo exterior. Se acurrucó a un costado del camino y se acordó que una vez allí, hacía siete años, también habían estado juntos mientras ella lloraba.

“Te dije que no vinieras”, le envió él un texto.

“No podía no verte”.

“Volveré pronto”.




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