No sabía por qué esa mujer se había empeñado en que yo era su enemiga. No la conocía, pero algo me decía que, si no empezaba a correr en ese mismo instante, esa noche acabaría muerta.
Tenía la sensación de estar en un sueño o en una de esas películas que ves y dices: «Eso jamás me podrá pasar a mí». Pero pasó.
En ese momento solo pensaba en correr para salvar mi vida, aunque, en el fondo, sabía que aquello iba a acabar de la peor manera posible: con la muerte.