Lugar Equivocado

Capítulo 1

7 de noviembre de 2025

Tengo una vida normal, aunque nunca la quise.

Siempre soñé con ser algo grande cuando tuviera la edad de mis padres, pero no fue así.

Hoy cumplo mis 30. Suelen decir que son los nuevos 20, pero, en mi caso, los siento como una puñalada en el corazón, parece que se me acaba el tiempo para hacer todo lo que siempre soñé.

Cuando era pequeña quería dedicarme a mil cosas. De hecho, una vez al mes cambiaba lo que quería ser de mayor. Mi madre siempre me decía que era muy soñadora, pero que eso era bueno; estaba llena de ambiciones en la vida.

Hoy ya no lo tengo tan claro. No puedo quejarme tampoco: tengo un trabajo estable, un esposo maravilloso y un hijo encantador. Pero siento que me falta algo, algo que siempre quise y por lo que siento que no he luchado lo suficiente.

Ahora mismo voy camino a mi trabajo, una hamburguesería al final de la calle en la que me contrataron cuando me mudé aquí.

Me gusta el pueblo, me gusta la gente y el ambiente de las calles, más por estas fechas, ya que, con la llegada del otoño, está todo cubierto de miles de hojas y el olor a café recién hecho inunda todas las mañanas mi corto trayecto a la hamburguesería.

Al llegar, veo que mi compañero de turno no está. Me resulta raro porque él siempre suele ser muy puntual, pero la jefa me dice que simplemente hoy no vendrá porque tenía que hacerse muchas pruebas en el hospital, así que me tocaba a mí cargar con todo solita esa mañana.

Aunque Juan siempre me suele contar estas cosas, no es que seamos íntimos amigos, pero hablamos mucho. Sé parte de su vida y me pareció extraño que no me escribiera o me llamara diciéndome que no podía venir hoy. Aparte, ¿qué pruebas? Juan nunca había estado enfermo.

En los cinco años que llevo trabajando aquí, Juan no ha faltado ni una sola vez al trabajo, ni siquiera cuando su mujer había dado a luz. Ese día estábamos de turno cuando su mujer lo llamó y le dijo que estaba camino al hospital porque estaba de parto. Juan la tranquilizó, pero siguió trabajando las dos horas que quedaban para terminar el turno.

Por eso me parecía muy extraño, pero mi cabeza lo dejó estar, al menos por el momento, ya que comenzaban a llegar los primeros clientes de la mañana.

Por suerte, el reloj pronto marca las 15:00 y me puedo ir a casa.

Llego y lo primero que me apetece hacer es darme una larga ducha y relajarme, aunque sean solo cinco minutos, antes de que el huracán Izan entre por esa puerta.

Izan es mi hijo, un niño encantador, pero tiene mucha energía y una imaginación desbordante; supongo que en eso salió a su madre.

Mañana es su cumpleaños. Sí, por poco cumplimos el mismo día, casualidades de la vida. Así que su padre y yo le vamos a dar la sorpresa de irnos unos días en Navidad a Disneyland. Qué mejor regalo para un niño, ¿no?

Saliendo ya de la ducha, escucho abrir la puerta y a un niño corretear hasta el baño.

Izan me enseña un dibujo de nuestra familia que hizo en la escuela. Está muy emocionado porque la profesora le dijo que tenía mucho talento para dibujar con tan solo cuatro añitos y, a decir verdad, no se equivocaba. Yo no podría hacer los dibujos que hace mi hijo ni de lejos; tiene una destreza dibujando impresionante para su edad.

De mayor quiere ser arqueólogo, dice que para encontrar huesos de dinosaurios que ve en la tele, aunque también le gusta mucho dibujar y le gustaría pasarse la vida dibujando.

Salimos del baño y veo a mi marido, Jack, en la cocina. Está tan guapo como cuando lo conocí hace cinco años. Nuestra relación al principio no fue sencilla, pero, a día de hoy, no podemos estar mejor ni ser más felices. Él sí logró su sueño: pudo terminar de estudiar la carrera que quería.

Jack era arquitecto, su sueño desde que era niño, según me contó. Le maravillaba su trabajo y sé que en otro lugar no sería feliz.

Nos llevábamos cinco años; yo era la mayor.

Conocí a Jack cuando él estaba en mitad de su carrera. Fue de casualidad.

Estaba trabajando en la tienda de antigüedades de mi familia por las tardes y, por las mañanas, terminando mi carrera en la universidad de veterinaria. Nunca fui una buena estudiante. Repetí algún curso, pero mi pasión por cuidar y curar a los animales hizo que consiguiera terminar el bachillerato y entrar en la carrera que escogí.

No tenía muy claro qué hacer con mi futuro, hasta que un día, poco antes de hacer selectividad, me encontré un gatito de camino a casa, en medio de la calle. Estaba solo, tenía frío y, en aquel momento, estaba diluviando. Se acercó a mí en busca de cobijo y se lo di.

Trece fue lo mejor que me pasó en la vida antes de haber conocido a mi marido y haber dado a luz a mi hijo. Era un gatito siamés adorable y lo sigue siendo. Se lo di a mi hermana; sé que lo necesitaba más que yo.

Mi familia siempre fue de tener animales; nos encantaban. Recuerdo que, cuando era pequeña y al poco de nacer mi hermana, mi padre nos trajo a casa un día un gatito. Dijo que estaba delante de nuestro portal, solo y en una caja. Alguien lo habría abandonado.

Le llamamos Rosita, que terminó siendo Rosi, ya que era macho. Obviamente, yo no tenía ni idea de esas cosas, pero me parecía fascinante el simple hecho de poder diferenciar a un gato de una gata.

Así que, al final, opté por veterinaria. A veces me da pena no haberme dedicado a ello, pero luego pienso en aquello a lo que mi marido llamaba error, y ese error fue lo mejor que me pasó en la vida. ¿Pues qué haría yo sin Izan?

Sí, cuando conocí a Jack nos acostamos y, antes de hacer oficial nuestra relación, descubrí que estaba embarazada de mes y medio. Jack se enfadó mucho. Dijo que abortara, que arruinaría su carrera como arquitecto, que sus padres lo echarían de casa y que ese niño no iba a traer nada bueno.

Se equivocaba.

Los padres de Jack nunca me aceptaron. Decían que solo buscaba su dinero, ya que él pertenecía a una familia adinerada y yo a una familia de un pueblo pequeño de la costa.



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En el texto hay: suspense misterio

Editado: 11.09.2026

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