Lugares que nunca fueron | Antología

Parte 1

Siempre será ella

La conocí a los cinco años.

Jamás olvidaré ese día, está marcado en mi corazón y en mi mente como una herida que nunca cierra, estaba solo en el jardín de la escuela, tratando de ocultar los moretones en mis brazo, me dolían los brazos, las piernas, el alma, para un niño de cinco años ya sabia que era una vida miserable.

La casa donde crecí nunca fue un verdadero hogar, mi madre era una mujer tan desgastada tanto físicamente como mentalmente qué nunca pudo protegerme de las golpizas qué mi padrastro me propinaba, me autoconsolaba con que era mejor que yo las recibiera antes que mi hermana pequeña.

Entonces, ella llegó.

No preguntó nada, no intentó sacarme palabras, solo se sentó a mi lado con la inocencia que solo tendría un niño y esa sonrisa radiante que se convertiría en mi luz, sus rizos castaños bailaban con el viento, su energía llenaba cada rincón a su alrededor, ella me incluyo en su mundo y poco a poco se convirtio en la luz que iluminaba mi oscura vida, no me di cuenta de inmediato pero supe que mi vida nunca sería la misma.

La pequeñita de cabellos castaños se volvió mi mundo, mi luz, mi alma.

Crecimos juntos, compartiendo secretos en susurros, risas en los días felices y silencios en los días tristes. Cuando mi hogar se volvía inhabitable, su voz me traía de vuelta, cuando la vida me golpeaba demasiado fuerte, su risa me recordaba que aún quedaba algo hermoso en este mundo.

La amé.

La amo con todo lo que mi corazón tiene para ofrecerle, todo lo que soy, todo lo que tengo, es suyo. Y no importa cuánto tiempo pase, no importa cuánto duela, siempre será de ella.

Pero soy un cobarde, cuando los sentimientos fueron tan fuertes solo pude ocultarlos en la alfombra llamada amistad, tenía miedo de perdería, que si daba el paso equivocado ya no la volvería a ver, que mu luz se apagaría, pero ahora, por mi cobardía, mi luz brilla para alguien más.

Ahora brilla para el y me quema, el dolor es físico, me llevo una mano al pecho por la presión que siento y la respiración se me agita, como si me estuvieran quitando el aire.

—¿Estás bien? — una voz me saco de mi mente, y ahí estaba ella, siempre preocupada por los demás, incluso en su gran día.

La miré fijamente y sentí cómo mis ojos ardían, estaba hermosa, como siempre, su vestido blanco resaltaba cada detalle de su belleza, y pensé que no había color en el mundo que no le quedara bien, todo en ella siempre sería perfecto.

Pero mirar demasiado tiempo era peligroso.

Porque el nudo en mi garganta se apretaba, porque mis manos temblaban y porque, aunque tratara de evitarlo, el dolor se clavaba en lo más profundo de mi pecho, así que aparté la vista, respiré hondo y traté de recomponerme.

Ese día estaba destinado a ser el más feliz de su vida y el más doloroso para mí, hoy, el amor de mi vida se casaba con otra persona.

Mi mundo, mi luz, mi razón de ser, estaba parada frente a mí vestida de novia, radiante, emocionada y no era por mí, nunca lo sería.

Pero no podía odiarlo.

No podía maldecirlo por quitármela, porque no lo hacía, ella nunca había sido mía o al menos no en la forma en la que yo la quiero, se que ella me quiere, pero yo la amo, pero no podía desearle el mal porque él la hacía feliz, la amaba de la forma en la que yo siempre quise hacerlo, el la merecía más que yo, porque la hizo brillar, porque la cuidó, porque la conquistó de la manera en la que yo jamás tuve el valor de hacerlo.

Como ella era mi luz, el era la luz de ella.

—Estoy bien —mentí, con la voz casi quebrada—. Solo estoy feliz por ti, te amo.

Y la miré de nuevo.

Quería que mis ojos dijeran lo que mis labios nunca pudieron, quería que viera cada "te amo" no dicho, cada sueño roto, cada promesa que nunca llegué a hacer.

Ella sonrió y acarició mi mejilla con ternura.

—Gracias —susurró—. También te quiero.

Y en ese instante, mi corazón se rompió un poco más.

Porque sabía que sus palabras no significaban lo mismo que para mí, su "te quiero" era dulce, fraternal, inofensivo. No era el tipo de amor que me arrancaba el alma cada día, que me hacía desear un mundo en el que las cosas hubieran sido diferentes.

Una lágrima rodó por mi mejilla, y ella la limpió con la yema de sus dedos, sin darse cuenta de que no solo estaba borrando una lágrima, sino los últimos fragmentos de mi esperanza.

Me forcé a sonreír.

Ella merecía mi felicidad, aunque me destruyera en el proceso.

Así que la vi caminar hacia él, vi cómo tomaba su mano, cómo sus ojos brillaban por alguien más y me quedé ahí, de pie entre los invitados, sintiendo cómo cada pedazo de mí se volvía más transparente, más pequeño, más inexistente.

Pero no importaba.

Porque siempre sería ella.

Siempre.



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En el texto hay: desamor, amor, odio

Editado: 07.08.2026

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