Lugares que nunca fueron | Antología

Parte 3

Destino

Klen era uno de los últimos trecientos omegas conocidos, su existencia, es un milagro en sí misma.

Desde la noche en que fue encontrado bajo la luz de la luna, cuando sus padres lo rescataron de aquella colina solitaria, su historia estuvo marcada por el destino. Liam y Noah, una pareja de betas desterrados, lo criaron como su hijo sin ocultarle jamás la verdad.

Le contaron todo lo que sabían: que había sido abandonado en aquella colina, que la luna misma pareció resguardarlo hasta que ellos llegaron, pero a Klen nunca le importó de dónde venía, su hogar no estaba en su origen, sino en quienes lo amaban.

Liam y Noah eran guerreros, luchadores experimentados que habían pasado su vida enfrentando todo tipo de criaturas, desde que Klen tuvo la edad suficiente, lo entrenaron con disciplina, enseñándole a sobrevivir en un mundo hostil, el no era como los demás omegas, adiferencia de la creencia general de que los omegas eran frágiles y dependientes de una manada, Klen fue criado como un guerrero.

Desde pequeño, lo llevaron con ellos a cazar vampiros, no lo protegieron del peligro, lo enfrentaron a él, no lo trataron como si fuera débil, lo hicieron fuerte, desde su primera década, supo lo que era luchar, sus padres jamás permitieron que su naturaleza omega definiera sus límites.

"Eres nuestro hijo, eres fuerte."

Y él lo creyó.

Liam y Noah no siempre fueron desterrados, hubo un tiempo en que pertenecieron a una manada, una con reglas estrictas y tradiciones inquebrantables, entre esas reglas, había una que marcó su destino:

Las relaciones entre betas estaban prohibidas.

Pero el amor que compartían era más fuerte que cualquier norma impuesta, se enfrentaron a su manada, desafiaron las leyes que los oprimían y, al final, fueron desterrados, fueron arrojados a las tierras del este, un lugar sin nombre en los mapas, un refugio para aquellos que ya no tenían un hogar.

El mismo día en que fueron exiliados, encontraron a Klen.

Para ellos, fue más que una coincidencia, fue un mensaje de la luna, un recordatorio de que no estaban solos, no solo estaban destinados a ser ellos dos, estaban destinados a ser tres.

Desde entonces, la luna dejó de ser un símbolo de pérdida, se convirtió en su guía, su protectora y Klen, su bendición más grande.

Con el tiempo, Liam y Noah dejaron atrás la caza, se jubilaron tras décadas de batallas, permitiéndose el descanso que tanto merecían.

Pero Klen continuó con su legado.

Se convirtió en un cazador.

Los vampiros no eran solo un problema para su familia, eran una plaga para todas las razas, eran parásitos que se alimentaban de la sangre de otros, que atacaban a los más débiles, que devastaban familias y destrozaban manadas, no eran depredadores, eran monstruos.

Y su caza no solo era un deber, era un negocio.

Los corazones de los vampiros tenían un alto precio en el mercado negro, la recompensa por cada uno de ellos era grande.

Pero Klen no cazaba por dinero.

Cazaba porque los odiaba.

Porque ellos eran la razón por la que su ropa se manchaba de sangre cada vez que salía a caminar.

Porque ellos eran la razón por la que el mundo no era seguro.

Porque cada vampiro que eliminaba era una prueba de que, sin importar lo que la gente pensara de los omegas…

Él nunca sería una presa.

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—Ahora cuéntanos, ¿qué tal la ciudad? —preguntó Liam mientras cenaban esa noche.

Klen hizo una pausa antes de responder, su sonrisa era extraña, como si escondiera algo detrás de ella,había partido con expectativas claras: encontrarse a sí mismo, entrar a la Escuela de Cazadores y, con el tiempo, abrir su propio negocio para ayudar a sus padres, pero la realidad fue muy distinta.

Desde pequeño, supo que ser fuerte era la única forma de sobrevivir, creció como un guerrero, no como un omega indefenso, y estaba orgulloso de ello, sus padres jamás hicieron distinciones, nunca le enseñaron que los omegas eran débiles o que necesitaban protección, para él, ser omega nunca significó ser menos.

Pero en la ciudad… descubrió que para los demás sí.

Desde el primer día en la Escuela de Cazadores, notó la diferencia, los alfas intentaban aprovecharse de él, los betas lo despreciaban y cualquier otra criatura parecía querer poseerlo de alguna forma, fue un choque brutal, no lo veían como un guerrero, lo veían como una presa.

“Un omega no puede ser cazador.”
“Eres demasiado delicado.”
“Únete a mi manada, yo te protegeré.”

Las mismas frases, una y otra vez.

Había perdido la cuenta de cuántas veces le ofrecieron unirse a una manada o comunidad, de cuántos intentaron “protegerlo” sin su permiso, de cuántos lo subestimaron sin siquiera conocerlo, odiaba eso, odiaba que lo trataran como si fuera débil, odiaba que lo miraran con lástima o, peor aún, con deseo.

Por primera vez en su vida, se preguntó si hubiera sido más fácil fingir ser un beta.

—Es el infierno —soltó con fastidio, dejando los cubiertos sobre la mesa—. Esa gente cree que necesito ser salvado, que no puedo defenderme solo… si pudiera, mataría a cada persona que me ha despreciado.

Liam y Noah se miraron por un segundo, no estaban sorprendidos, se lo habían advertido.

Los omegas eran codiciados por todas las razas, los vampiros querían su sangre porque era la más dulce, las brujas la usaban en hechizos poderosos, los demonios ansiaban su corazón, creyendo que los haría más fuertes. Y, por encima de todo, los omegas podían reproducirse con cualquier raza, sin importar el género.

Esa era la razón por la que los trataban como si fueran de cristal, por la que eran sobreprotegidos, por la que todos querían poseer uno.

Pero Klen no era como los demás omegas.

—Qué bueno que yo te crié —dijo Liam con una sonrisa perversa—. Así podrás enseñarles quién manda.



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En el texto hay: desamor, amor, odio

Editado: 08.08.2026

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