Luminel: El Chico Neón

Pasaje del recuerdo P.2

••••••••••• Capítulo 5 •••••••••••

El mercado de recuerdos vibraba con una energía extraña, una mezcla de nostalgia comercializada y verdades a medias. Lumi sentía que su propio brillo se atenuaba, como si la atmósfera del lugar absorbiera la luz innecesaria. Las palabras de la anciana se quedaron flotando entre ellos, más pesadas que el aroma a incienso y papel viejo que inundaba el puesto.

—¿Qué es lo que ha permanecido oculto? —insistió Auric, dando un paso al frente. Su instinto de protección estaba en alerta máxima, y su mirada recorría los alrededores, vigilando las sombras que se movían entre los puestos de especias y reliquias.

La anciana se inclinó hacia ellos, y el tintineo de sus amuletos sonó como una advertencia metálica.

—Ustedes ven un río de recuerdos —susurró ella, señalando con un dedo nudoso hacia el horizonte donde el flujo de memorias iluminaba el cielo—. Pero un río solo es hermoso si no miras lo que se arrastra por el fondo. El Pasaje... no solo guarda lo que la gente quiere recordar. También es una prisión para lo que el universo necesita olvidar.

Lumi sintió un frío repentino. La idea de que ese lugar sagrado fuera también un vertedero de secretos oscuros retorcía todo lo que creía saber.

—El mensaje que recibí... —comenzó Lumi, con la voz apenas audible—. ¿Venía de alguien que intenta advertirme o de alguien que intenta asustarme?

La anciana soltó una risita seca, carente de humor, y tomó la mano de Lumi. Sus dedos se sentían como pergamino antiguo.

—Hay recuerdos que tienen voluntad propia, joven luz. Y hay quienes han aprendido a cosecharlos para alimentar algo que no debería despertar. Si siguen preguntando, no solo encontrarán respuestas... encontrarán a los Cosechadores.

Auric apretó la mandíbula. El nombre resonó con una vibración siniestra. No eran solo recuerdos; era poder. Y alguien estaba reclamando ese poder para sí mismo.

El aire en el mercado pareció enfriarse de golpe, como si la sola mención del nombre hubiera succionado la calidez del lugar. Lumi sintió que su brillo fluctuaba; la idea de una entidad que pudiera arrebatarle su identidad —el tejido mismo de lo que era— le provocaba un pavor visceral.

—¿Por qué alguien querría hacer eso? —preguntó Auric, su voz ahora era dura como el acero, ocultando el instinto de huida que rugía en su interior—. ¿Qué gana alguien borrando lo que nos hace humanos?

La anciana clavó sus ojos en los de Auric, y por un momento, pareció que veía las cicatrices invisibles de su pasado.

—Control absoluto —respondió ella con una amargura cortante—. Quien controla el pasado de un hombre, controla su futuro. El Olvidador no solo borra, él reemplaza. Crea súbditos sin historia, soldados sin remordimientos, amantes sin lazos. Siembra el vacío para después llenarlo con su propia voluntad.

Lumi apretó la mano de Auric con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. La vulnerabilidad que habían compartido en la cabaña, sus secretos sobre el orfanato y la disciplina rígida... todo eso eran tesoros que ahora estaban bajo amenaza. Si El Olvidador los encontraba, podría hacer que se miraran a los ojos y no sintieran nada.

—El mensaje que recibí... —murmuró Lumi, conectando los puntos— era una advertencia. Alguien está intentando formar una resistencia. Alguien que aún recuerda.

La anciana asintió levemente y, con un movimiento rápido, deslizó un pequeño objeto metálico, frío y sin brillo, sobre la mesa hacia ellos.

—Si van a buscarlo, necesitan protección. Esto no evita el olvido, pero les dará un segundo de claridad cuando la niebla del vacío intente envolverlos. Pero tengan cuidado... El Olvidador tiene ojos en cada recuerdo que fluye por este planeta.

Lumi y Auric se alejaron del puesto de la anciana, sintiendo que el aire mismo del mercado se volvía más espeso. El objeto metálico que ella les entregó —un Ancla de Identidad— vibraba sutilmente en el bolsillo de Auric, como un corazón mecánico que se negaba a detenerse.

Se sumergieron en una búsqueda frenética de información. En Némora, los datos se compran con créditos; aquí, en el Pasaje, la moneda de cambio es la atención. Pasaron horas en la Hemeroteca de los Susurros, un lugar donde los libros no tienen hojas, sino ecos de voces pasadas. Cada fragmento de historia que recuperaban era una pieza de un rompecabezas aterrador.

—Mira esto —susurró Auric, señalando una proyección de luz mortecina en una de las paredes de piedra—. No es que El Olvidador borre los recuerdos al azar. Él busca los Nódulos de Esperanza.

Lumi se acercó, su brillo neón iluminando los datos antiguos. Descubrieron que El Olvidador se alimentaba de los momentos de máxima felicidad y conexión. Al borrar esos instantes, la persona no moría, pero se convertía en un "Eco": un cascarón vacío, fácil de manipular.

—Por eso el mensaje me llegó a mí —comprendió Lumi, con un nudo en la garganta—. Mi brillo... mi conexión contigo... somos un banquete para él. Nuestra felicidad es lo que nos pone en su mapa.

Auric apretó los puños, pero sus ojos no reflejaban miedo, sino una estrategia fría. —Si él busca la luz para consumirla, entonces la luz es también su ceguera. Si logramos encontrar el punto donde los recuerdos "mueren", encontraremos su trono. Pero necesitamos una entrada.

Justo en ese momento, un rastro de leyenda surgió entre los archivos: hablaban de la "Memoria Raíz", el único recuerdo que El Olvidador no pudo consumir porque era demasiado puro, demasiado doloroso o demasiado real. Se decía que estaba escondida en el centro de un laberinto de espejos negros, al norte del flujo principal del río.

Lumi y Auric se refugiaron en los niveles inferiores de la Hemeroteca, donde el aire vibraba con la estática de millones de infancias guardadas. El plan estaba tomando forma, tejido con la lógica de la desesperación y la esperanza.




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