Luminel: El Chico Neón

El gato, la estrella y la cascada

••••••••••• Capítulo 6 •••••••••••

Auric y Lumi se despidieron con un último apretón de manos en la acera, un gesto breve que contenía la fuerza de mil palabras. Cada uno emprendió el camino a casa, sintiendo el peso del cansancio acumulado, pero también una ligereza nueva en el pecho; la satisfacción de haber salvado su identidad les dibujaba una leve sonrisa que ni el frío de Némora podía borrar.

Al llegar a sus respectivos hogares, el magnetismo del cielo los atrajo. Como si estuvieran conectados por un hilo invisible, ambos se acercaron a sus ventanas al mismo tiempo. Afuera, la noche desplegaba su manto: una luna llena, blanca y absoluta, iluminaba suavemente el paisaje urbano, mientras miles de estrellas titilaban con un brillo sereno que parecía celebrar su regreso.

Entonces, el cielo se rasgó.

Una estrella fugaz surcó la oscuridad, pero no era una simple roca incandescente. Su luz era de un azul profundo y vibrante, un color que recordaba al núcleo de una llama fría. A medida que cruzaba el firmamento, no dejaba una estela de humo, sino un rastro de partículas que parecían envolver la ciudad en un resplandor casi… mágico.

Lumi, desde su habitación, sintió que el pulso en su pecho —aquel resto de energía que absorbió del Olvidador— reaccionaba con una vibración simpática. La luz azul no estaba cayendo al azar; parecía estar trazando un arco directamente hacia las coordenadas de su encuentro.

Auric, apoyado en el marco de su ventana, entrecerró los ojos. Su instinto de detective, forjado en las calles duras de la ciudad, le susurró que la paz iba a durar mucho menos de lo que esperaban. Aquel brillo azul no era una bendición, era una llamada.

—¿Qué estás intentando decirnos ahora? —murmuró Auric al aire frío de la noche.

En ese instante, ambos teléfonos vibraron simultáneamente sobre sus mesas de noche. No era un mensaje de texto. Era una señal de radio antigua, un sonido estático que, poco a poco, comenzó a articular una sola palabra en sus mentes:

"Ayuda".

Lumi permaneció sentado en el borde de la cama, conteniendo la respiración. La luz azul no quemaba; al contrario, emitía una calidez que recordaba a la mano de Auric sobre la suya. Cada vez que su corazón latía, el resplandor se expandía por sus costillas, iluminando las venas de sus brazos con un tono zafiro eléctrico.

—El deseo... —susurró Lumi, su voz rompiendo el silencio de la habitación.

No era la luz blanca y cegadora con la que derrotó al Olvidador. Esta era diferente. Era una luz de búsqueda, una brújula interna. Al tocarla con la punta de los dedos, Lumi no sintió solo energía, sino una imagen mental: vio a Auric, a kilómetros de distancia, despertando con la misma sensación de urgencia.

Mientras tanto, en su propio departamento, Auric se miraba en el espejo del baño. No tenía luz en el pecho, pero al lavarse la cara con agua fría, notó que sus ojos, normalmente oscuros y analíticos, retenían un pequeño anillo azul alrededor de la pupila. Era como si el deseo de "superar cualquier obstáculo" le hubiera otorgado una visión nueva, capaz de ver lo que otros ignoran.

Su teléfono vibró sobre el mármol. Era un mensaje de Lumi, pero antes de abrirlo, Auric ya sabía lo que decía. Podía sentirlo.

Lumi: "Auric, algo ha cambiado. El deseo de anoche... se ha quedado conmigo. Literalmente."

Auric apretó el borde del lavabo. El planeta les había concedido su deseo, pero todo regalo de ese lugar venía con una responsabilidad. Ya no eran solo dos personas conociéndose; eran los receptores de una fuerza que Némora no podría comprender.

Lumi dejó el teléfono sobre el escritorio, pero su mano temblaba ligeramente. A través de la tela de su camiseta, el resplandor azul seguía pulsando, marcando un ritmo que no coincidía con el de su corazón; era más lento, más profundo, como el latido de un planeta lejano.

Se miró una última vez al espejo antes de salir. Si se concentraba, la luz parecía atenuarse, pero en cuanto sus pensamientos volaban hacia Auric o hacia el deseo de la noche anterior, el azul cobalto cobraba una intensidad eléctrica. Era como si sus emociones fueran el combustible de aquel fenómeno.

—No es un augurio, Auric —susurró Lumi al reflejo—. Es una transformación.

Mientras tanto, en algún lugar de la ciudad, Auric recibió el mensaje. Estaba en una cafetería ruidosa, pero al leer las palabras de Lumi, el ruido pareció desvanecerse. Sintió un cosquilleo en la nuca y, por un segundo, el anillo azul en sus pupilas vibró. Al mirar a su alrededor, notó que el mundo se veía extrañamente nítido, casi hiperrealista, como si pudiera ver la energía fluyendo en las personas a su alrededor.

Tecleó una respuesta rápida, con el corazón acelerado:

Auric: "Claro que sí. En el parque de los Sauces de Neón, en diez minutos. Yo también tengo algo que contarte... y algo me dice que nuestras historias van a encajar perfectamente."

Lumi tomó su chaqueta, asegurándose de cerrarla hasta el cuello para ocultar el brillo. Al salir a la calle, el aire fresco de Némora no logró enfriar el calor que emanaba de su pecho. Cada paso hacia el parque era un paso hacia lo desconocido.

Auric se quedó sin aliento. El resplandor azul no solo iluminaba la piel de Lumi, sino que parecía proyectar una neblina de datos y fragmentos de luz que flotaban en el aire como nieve eléctrica. Por un segundo, el anillo azul en las pupilas de Auric vibró con una intensidad violenta, permitiéndole ver lo que otros no podrían: la luz de Lumi no era estática; estaba conectada por hilos invisibles al agua de la cascada y a las raíces de los árboles marchitos.

—Lumi… —murmuró Auric, extendiendo una mano sin atreverse a tocarlo todavía—. No es solo una luz. Es una frecuencia.

En el momento en que la luz azul tocó las salpicaduras de la cascada, ocurrió algo extraordinario. El agua, que antes era gris y monótona, comenzó a teñirse de un azul cristalino allá donde el resplandor de Lumi la alcanzaba. Las flores marchitas cercanas empezaron a erguirse, sus pétalos absorbiendo el tono zafiro como si fuera el nutriente que habían olvidado durante siglos.




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