••••••••••• Capítulo 7 •••••••••••
Lumi y Auric se detuvieron en seco. La respiración les salía en pequeñas nubes de vapor, a pesar de que el aire no estaba frío; era la atmósfera misma la que se había vuelto densa, casi sólida. El gato, inmóvil sobre la roca, parecía una estatua tallada en el vacío.
—Se acabó el juego de las escondidas —susurró Auric, sintiendo que el anillo azul en sus pupilas giraba con una velocidad frenética.
Al mirar al gato con su nueva visión, Auric no vio pelaje ni huesos. Vio un vórtice. El gato era un punto de anclaje, el único objeto estable en un bosque que se reconfiguraba a cada segundo.
—No nos está mirando a nosotros, Auric —advirtió Lumi, bajando la voz—. Está mirando la luz de mi pecho.
Lumi dio un paso adelante. El resplandor azul, que hasta entonces había sido una fuente de paz, comenzó a reaccionar ante la presencia del felino. Una chispa de energía saltó de la roca hacia la mano de Lumi, y en ese instante, el murmullo de las hojas se convirtió en palabras inteligibles, una voz coral que resonaba directamente en sus mentes:
"Para avanzar, debéis entregar un recuerdo que ya no necesitéis. La entrada al Corazón del Bosque no se compra con oro, sino con espacio en el alma."
El gato ladeó la cabeza. Su cola golpeó la roca una sola vez, y una grieta luminosa apareció en el aire, justo detrás de él. Era la puerta, pero estaba sellada por un velo de niebla gris que solo se disiparía con el sacrificio de una memoria.
Auric apretó el puño. Como detective, sus recuerdos eran su herramienta de trabajo. Como Lumi, sus recuerdos eran su identidad recién recuperada.
—Quiere un peaje —dijo Auric, mirando a Lumi con preocupación—. El bosque exige que soltemos algo para dejarnos entrar.
La puerta de madera no parecía hecha de árboles cortados, sino que las raíces del bosque se habían entrelazado durante siglos para darle forma. Las runas que la cubrían no eran simples grabados; eran cicatrices de luz que palpitaban al ritmo del corazón de Lumi.
Auric dio un paso al frente, usando su visión mejorada. Con los anillos azules de sus pupilas brillando al máximo, pudo ver que los símbolos no eran letras, sino mapas estelares y fragmentos de memorias olvidadas.
—No es una puerta hacia otro lugar físico —murmuró Auric, extendiendo la mano pero deteniéndose a milímetros de la madera—. Es un acceso al Registro Primordial. El gato no nos ha traído a un santuario... nos ha traído al servidor central de este planeta.
El gato negro saltó sobre un saliente de piedra junto a la puerta y se sentó, mirando fijamente a Lumi. De pronto, una de las runas en el centro de la puerta comenzó a brillar con el mismo azul intenso que el pecho de Lumi.
—Me está reconociendo —dijo Lumi, sintiendo una presión cálida en su esternón—. Auric, esta puerta no se abre con una llave. Se abre con la frecuencia de quien la toca.
Lumi comprendió lo que debía hacer. Se acercó a la imponente estructura y colocó ambas palmas sobre la madera rugosa. En el momento del contacto, la luz azul de su pecho fluyó por sus brazos, llenando las runas como si fuera tinta luminosa. Los símbolos comenzaron a girar, reordenándose con un sonido de engranajes antiguos que resonó en la tierra bajo sus pies.
—Prepárate, Auric —advirtió Lumi, mientras la puerta comenzaba a abrirse pesadamente hacia adentro, revelando una luz blanca y cegadora que devoraba la oscuridad del bosque—. Lo que hay allí dentro cambiará todo lo que creemos saber sobre nosotros mismos.
Auric se inclinó sobre la mesa, sus ojos azules escaneando las páginas. Para cualquier otro, aquellos trazos serían manchas de tinta sin sentido, pero con su visión mejorada, las letras empezaron a vibrar y a reordenarse. No eran letras; eran frecuencias de pensamiento grabadas en papel.
—Lumi... no es un libro de historia —susurró Auric, con la voz cargada de asombro—. Es un registro de almas.
Lumi extendió su mano, rozando apenas el borde de la página. En cuanto sus dedos tocaron el pergamino, la luz azul de su pecho reaccionó violentamente. Las páginas del libro comenzaron a pasar solas, impulsadas por un viento invisible, hasta detenerse bruscamente en una sección que parecía haber sido escrita recientemente.
Allí, en medio de los símbolos antiguos, aparecieron dos ilustraciones que les cortaron el aliento: una silueta envuelta en luz azul y otra rodeada por un aura de sombras y visión. Eran ellos.
El gato negro, desde su posición sobre la mesa, emitió un ronroneo profundo que hizo vibrar la madera. De pronto, una de las ilustraciones cobró vida, proyectando un holograma de luz sobre el techo de la biblioteca. Vieron una imagen de ellos mismos, pero no en el presente: vestían ropas de otra época, en una ciudad que no era Némora, tomados de la mano frente a una estrella que caía.
—No es la primera vez, Auric —dijo Lumi, con lágrimas en los ojos mientras comprendía la magnitud de lo que veía—. Este libro dice que nuestra unión es una constante. Cada vez que el mundo corre el riesgo de olvidar quién es, nosotros aparecemos para recordárselo.
Mientras las letras danzaban, Lumi notó que el resplandor azul de su pecho latía en perfecta sincronía con el brillo de la tinta en el papel. Cada vez que una palabra se formaba, él sentía una punzada de reconocimiento en su alma, como si el libro estuviera extrayendo la verdad de su corazón para imprimirla en el pergamino.
—No es que el libro sepa lo que va a pasar —murmuró Lumi, extendiendo una mano temblorosa hacia la página—. Es que nosotros estamos dictando estas palabras con lo que sentimos.
Auric, siempre observador, señaló un párrafo que comenzaba a brillar con una intensidad dorada. El texto describía con precisión quirúrgica el beso bajo la cascada y la aparición del gato negro. Pero lo que venía después era una página en blanco que vibraba, esperando ser llenada.
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Editado: 29.01.2026