Luminel: El Chico Neón

Huevos de pascua

••••••••••• Capítulo 8 •••••••••••

El aroma del café recién hecho aún flotaba en el aire de la cocina, mezclándose con la fragancia de la rosa roja que descansaba en el jarrón. Aunque la ausencia de Auric dejaba un hueco en la mañana, la nota en sus manos era una prueba tangible de que la vida cotidiana —esa que antes les parecía un sueño inalcanzable— finalmente había comenzado.

Lumi preparó una taza de té y se sentó frente a la ventana. El mundo exterior seguía allí, pero su percepción había cambiado. Ya no buscaba sombras ni amenazas en el horizonte; ahora se permitía observar el baile de las motas de polvo en la luz y el suave movimiento de los árboles.

Sin embargo, ser el compañero en una ciudad que apenas despertaba de su letargo no era tarea sencilla. Lumi sabía que el trabajo de Auric era parte de lo que él era: un protector. Y aunque la soledad de la mañana era un eco de sus antiguos miedos, la palabra "Amor" escrita con la caligrafía firme de Auric actuaba como un escudo.

Decidió que no pasaría el día esperando. Si Auric estaba fuera ayudando a reconstruir el orden en la ciudad, él se encargaría de reconstruir la calidez en su refugio.

Ese beso, breve y cargado de una dulzura cotidiana, fue el ancla que Auric necesitaba para dejar atrás los ruidos de la ciudad. Al sentir el cuerpo de Lumi contra el suyo, los hombros de Auric se relajaron y el aire que exhaló llevaba consigo todo el cansancio acumulado en apenas unas horas.

Auric profundizó el abrazo, hundiendo el rostro en el hueco del cuello de Lumi e inhalando ese aroma a hogar y café que ahora era su fragancia favorita en el mundo. Sus manos, todavía un poco frías por el aire del exterior, se entibiaron rápidamente al contacto con la bata de Lumi.

—Yo también te extrañé —respondió Auric contra su piel, con la voz un poco más grave de lo habitual—. El trabajo parece diferente ahora. Cada vez que cerraba los ojos en la oficina, solo podía pensar en este sofá, en este café y, sobre todo, en ti.

Se separaron solo lo suficiente para mirarse a los ojos. Auric traía el cabello algo desordenado por el viento y el nudo de su corbata estaba flojo, dándole un aire vulnerable que solo Lumi tenía el privilegio de ver.

—Dime que la mañana ha sido tan tranquila como parece —dijo Auric, acariciando la mejilla de Lumi con el pulgar—. Necesito saber que la paz que dejamos anoche sigue intacta en esta casa.

El aire, que hasta hace un segundo era cálido y ligero, pareció volverse denso de repente. El tiempo en Némora se ralentizó, como si el destino estuviera pausando la cinta para que Lumi pudiera procesar el impacto.

Auric, cuyos instintos nunca dormían, sintió el cambio instantáneo en la tensión del brazo de Lumi. Siguió la dirección de su mirada y sus ojos se posaron en aquel extraño. Marcus no los había visto aún; estaba distraído, observando un escaparate con una calma que contrastaba violentamente con el torbellino que acababa de desatarse en el pecho de Lumi.

Lumi sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Marcus representaba una era anterior a la biblioteca, anterior a la "estrella", una época en la que el amor no era una fuerza redentora, sino una herida abierta que el Olvidador casi logra borrar por completo.

Verlo allí, tan real, tan maduro, era como ver un fantasma que ha aprendido a caminar bajo el sol.

Auric no preguntó quién era. No hacía falta. La forma en que Lumi contenía la respiración y la palidez repentina de su rostro hablaban por sí solas. El detective apretó suavemente la mano de Lumi, no para reclamar propiedad, sino para recordarle que seguía allí, anclándolo al presente.

—Lumi... —susurró Auric suavemente—, ¿estás bien? Tus manos están frías.

En ese momento, Marcus giró la cabeza. Sus ojos recorrieron la multitud hasta que, inevitablemente, chocaron con los de Lumi. La expresión de Marcus pasó de la indiferencia a un asombro absoluto; sus labios se entreabrieron y dio un paso involuntario hacia ellos.

La atmósfera, que antes era pura luz de atardecer, se cargó de una estática invisible. Auric no retrocedió; al contrario, se irguió con esa elegancia natural de quien sabe leer las intenciones antes de que se conviertan en palabras. Su mano no soltó la de Lumi, pero su agarre se volvió un mensaje de apoyo incondicional.

Marcus irradiaba una seguridad que resultaba casi magnética, pero para Lumi, esa seguridad era como una canción que ya no recordaba cómo bailar. El brillo de los ojos de Marcus era el de alguien que ha recuperado sus recuerdos, pero que quizás aún no ha aprendido la humildad de la pérdida.

—Soy Auric —dijo, adelantándose con una voz que era como el terciopelo sobre el acero—. Compañero de Lumi.

La palabra "compañero" resonó en la calle con un peso definitivo. No era solo un título; era una declaración de territorio emocional.

Marcus mantuvo la media sonrisa, pero sus ojos se entrecerraron ligeramente. —Auric. El detective —dijo Marcus, revelando que él también había estado escuchando los susurros que recorrían Némora sobre la pareja que desafió al Olvidador—. He oído que habéis estado muy ocupados... salvando el mundo. O algo parecido.

Lumi sintió el pinchazo de la ironía en la voz de Marcus. Era el mismo Marcus de siempre: encantador, pero con ese filo que siempre lograba hacerlo sentir a uno fuera de lugar. Sin embargo, Lumi ya no era el chico frágil que Marcus recordaba.

—No estábamos salvando el mundo, Marcus —intervino Lumi, recobrando la firmeza en su voz—. Estábamos salvándonos a nosotros mismos. Y lo logramos.

El apretón de manos fue breve, pero cargado de una tensión que solo ellos tres podían percibir. Fue como el choque de dos corrientes: la solidez tranquila de Auric frente a la energía eléctrica y ambiciosa de Marcus. Lumi sintió que el aire recuperaba cierta neutralidad, aunque la presencia de Marcus seguía distorsionando el paisaje de su tarde perfecta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.