•••••••••• Capítulo 10 ••••••••••
Lumi y Auric se precipitaban sin control hacia la inmensa atmósfera de Júpiter, como dos hojas arrastradas por un océano invisible. La gravedad del gigante gaseoso los reclamaba con una fuerza brutal, una atracción implacable que parecía arrancarles el aliento, la esperanza y la propia esencia de su ser. Ya no eran dueños de su rumbo; eran motas de polvo en el epicentro de una voluntad cósmica que no entendía de clemencia.
La turbulencia aumentaba con cada segundo, transformando el descenso en una danza violenta y desesperada. Las capas de nubes, inmensas y vivas, se cerraban sobre ellos como fauces colosales de un depredador estelar. Colosos de amoníaco y vapor de agua se arremolinaban en tormentas eléctricas tan vastas que podrían tragarse mundos enteros sin dejar rastro. Cada relámpago, una lanza de luz azulada y letal, iluminaba por un instante sus rostros tensos, dibujando en ellos el miedo que ya no podían, ni querían, ocultar.
El rugido de la atmósfera se convirtió en un trueno constante, una sinfonía de destrucción que devoraba sus pensamientos y silenciaba sus gritos. El aire, cada vez más denso y ardiente, presionaba contra sus cuerpos con la pesadez de mil océanos, como si Júpiter quisiera aplastarlos para asimilar sus átomos en su núcleo eterno. Y mientras descendían hacia el corazón de la tormenta, la certeza de que el gigante no perdona se instalaba en lo más profundo de sus almas, fundiéndose con el calor del impacto inminente.
Pero justo antes de atravesar la furia definitiva de la atmósfera, justo cuando el fuego de la fricción empezaba a lamer sus manos entrelazadas, algo imposible ocurrió.
Un tirón invisible, surgido del vacío absoluto, los arrancó de la realidad. Fue una fractura en el tejido del tiempo, un parpadeo de silencio absoluto que detuvo el trueno y congeló el fuego. En un latido, el peso de un planeta se convirtió en la levedad del olvido, y la caída infinita se transformó en un suspiro que los arrancó de las garras de Júpiter para arrojarlos al misterio de lo desconocido.
La conciencia de Lumi y Auric se desprendió de sus cuerpos como humo escapando de una llama, una sutil evaporación del ser que dejó atrás la carne para convertirse en puro espíritu. En un parpadeo, la brutalidad de Júpiter se desvaneció: ya no había calor abrasador, ni presión aplastante, ni el rugido ensordecedor de las tormentas... solo un silencio inmenso, profundo y pulsante, como el latido de un corazón universal.
Flotaban en un océano sin horizonte, un espacio onírico y liminal donde el tiempo parecía haberse olvidado de existir, o quizá donde todas las eras ocurrían en un mismo e infinito suspiro.
Los sueños de ambos, libres de las ataduras de la razón, comenzaron a fundirse en el vacío, retorciéndose y entrelazándose como raíces antiguas que buscaban la misma fuente de vida. La frontera entre lo que era de Lumi y lo que pertenecía a Auric se volvió borrosa, creando una marea de visiones compartidas:
Montañas que respiraban, expandiendo y contrayendo sus laderas de roca al ritmo de un sueño geológico. Ciudades suspendidas en el aire, cuyas torres de cristal líquido desafiaban la gravedad y reflejaban cielos que nunca habían visto el sol. Criaturas mitológicas de alas irisadas y escamas de plata, que los observaban desde la penumbra con ojos llenos de siglos, guardianes de secretos que la humanidad aún no estaba lista para escuchar.
Todo a su alrededor era un mar de símbolos y metáforas vivas, un territorio sagrado donde la lógica no tenía poder y donde el sentimiento era la única brújula válida. Sin embargo, mientras navegaban por esa marea imposible, una sensación inquietante comenzó a cristalizar en sus almas, enfriando el calor de su asombro:
No estaban solos en ese lugar.
Entre los pliegues de sus sueños entrelazados, algo más se movía. Una presencia que no era luz ni era sombra, un eco que no emitía sonido pero que hacía vibrar sus conciencias con una advertencia ancestral. Alguien, o algo, los estaba esperando en el epicentro de su propia unión.
El río de luz líquida y el árbol infinito no eran meros espejismos; eran la arquitectura de su destino manifestada en aquel no-lugar. Lumi veía en el río la fluidez de su propia identidad, una pureza que temía perder en el abismo del olvido. Auric, en cambio, veía en el árbol la estructura de su protección, una fortaleza que, aunque ancestral, buscaba desesperadamente alcanzar el infinito para no dejar caer a Lumi.
Sus miradas se encontraron, y el impacto fue más ensordecedor que el rugido de Júpiter. En ese instante, supieron que lo que los unía iba más allá de la carne y el tiempo; era un vínculo que respiraba en lo más hondo de sus almas, un hilo de luz que ni la gravedad del gigante gaseoso ni la oscuridad del abismo podían quebrar.
La visión era tan intensa que sentían cada latido amplificado, como si sus pechos fueran tambores resonando en una catedral de cristal. Recorrían pasadizos secretos dentro de sus propias mentes y corazones, descubriendo que donde uno terminaba, el otro comenzaba.
El Peso de lo Desconocido: Pero también había un peso invisible… una pregunta que flotaba en ese aire irreal, densa como el amoníaco que los rodeaba en el mundo físico:
¿Qué significaban esos símbolos? ¿Era el río la vida que se escapa o la purificación necesaria? ¿Era el árbol el ancla que los salvaría o la prisión que los mantendría atados a un ciclo eterno? ¿Advertencias o promesas? Quizá el mapa no era para escapar de Júpiter, sino para entender por qué el planeta los había reclamado.
Y, sobre todo… la pregunta más aterradora palpitaba en el silencio: ¿Qué les aguardaba más allá, en las entrañas de aquel planeta gaseoso que parecía observarlos con una inteligencia fría y antigua?
Júpiter no era solo un planeta; en ese estado de conciencia, lo sentían como un observador. La Gran Mancha Roja no era una tormenta, sino un ojo colosal que los escudriñaba, juzgando si su vínculo era lo suficientemente fuerte para sobrevivir a la presión del núcleo.
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Editado: 29.01.2026