Luminel: El Chico Neón

Taaffeite

••••••••••• Capítulo 11 •••••••••••

Auric se movía como un espectro entre los vivos, impulsado por una mezcla de miedo y determinación que lo mantenía en pie cuando el cansancio amenazaba con derribarlo. Se aferró a cada pista que encontraba, como si fueran migas de pan en medio de un bosque oscuro, una senda de migajas doradas que lo separaban de la locura. Las instrucciones, misteriosas y crípticas, parecían dibujar el mapa hacia la creación de un cubo idéntico al que se había llevado a Lumi. No comprendía del todo por qué las seguía, ni bajo qué leyes físicas operaba aquel artefacto, pero una certeza ardía en su pecho como un carbón encendido: esa era la única senda que podía devolverle a su amado, el único puente sobre el abismo que Júpiter había abierto.

Guiado por aquella lista escrita en un idioma que no podía leer, pero que su corazón parecía entender por pura resonancia, Auric inició una búsqueda que lo llevó por rincones del mundo extraños y olvidados, lugares donde la lógica se adelgazaba.

Cada objeto recolectado no era solo materia; era un fragmento de su propia historia reflejado en el mundo exterior:

El Cristal de la Claridad, en una tienda polvorienta de minerales, oculta tras estantes cargados de tiempo, halló un cristal tan puro que le recordó a la primera vez que vio los ojos de Lumi. Al sostenerlo, el mineral devolvió un reflejo que no tenía fin, una promesa de que la luz de Lumi seguía encendida en alguna parte del vacío.

La Esencia del Tacto, en un mercado de antigüedades, entre reliquias de imperios caídos, descubrió un trozo de tela iridiscente. Era tan suave y delicada como las caricias que se daban al amanecer, un tejido que parecía atrapar los colores del aire y que vibraba bajo sus dedos con la calidez de una piel ausente. Y el abismo líquido, en lo profundo de un laboratorio abandonado, donde el silencio era solo interrumpido por el goteo del óxido, encontró un frasco con un líquido espeso y oscuro. Era una sustancia ondulante, tan impredecible y misteriosa como los secretos que aún guardaban el uno del otro, una oscuridad necesaria para que la luz del cubo tuviera un lugar donde nacer.

Auric observó los tres objetos dispuestos sobre su mesa de trabajo. Parecían inertes, pero él sabía que, al unirse, despertarían la misma energía que los había arrancado de la atmósfera del gigante gaseoso. La Sombra ya no estaba allí para susurrarle dudas, pero el peso de la responsabilidad era igual de aplastante. Estaba a punto de intentar lo imposible: replicar un milagro divino con las manos de un hombre desesperado.

La habitación, saturada por el aroma a papel viejo y ozono, parecía estrecharse alrededor de Auric. Los estantes, cargados de libros cuyas páginas susurraban al menor movimiento y cristales que atrapaban la luz para devolverla en ángulos imposibles, custodiaban secretos que la humanidad había preferido olvidar. Símbolos esotéricos, grabados en las paredes con una precisión matemática y mística, vibraban en una frecuencia que Auric sentía en la boca del estómago.

De pronto, el aire se espesó. Las sombras en un rincón de la estancia dejaron de ser ausencia de luz para cobrar peso y volumen. Una figura se materializó con la naturalidad de un recuerdo que regresa: era un anciano de mirada profunda, cuyos ojos eran pozos de una sabiduría tan antigua que parecían contener siglos de historias inéditas. En sus labios, una sonrisa enigmática bailaba como una llama pequeña ante una tormenta.

—¿Qué es lo que buscas? —preguntó el anciano. Su voz no solo rompió el silencio; lo llenó con un eco antiguo, como si sus cuerdas vocales estuvieran hechas de la misma piedra que los cimientos del mundo.

Auric dio un paso atrás, el instinto de guerrero tensándose en sus músculos ante la súbita aparición, aunque su voluntad pronto le devolvió la compostura.

—Busco una Taaffeite —respondió con firmeza, aunque en su voz la urgencia palpitaba como una herida abierta—. Necesito encontrarla… para algo que lo cambia todo. No es un capricho, es una necesidad que trasciende mi propia vida.

El anciano dejó escapar una breve sonrisa, un gesto que parecía compadecer la prisa de los mortales, pero sus ojos se tornaron serios, volviéndose tan gélidos y brillantes como el mineral mencionado.

—La Taaffeite no es una piedra ordinaria, viajero. No solo refleja la luz… refleja la esencia —sentenció el anciano, dando un paso hacia la luz de los cristales—. Puede mostrar lo que eres con una honestidad brutal… y lo que más temes llegar a ser. Es un espejo del alma y una brújula del destino. También abre caminos que no existen en este mundo, senderos de luz líquida que esperan ser recorridos en otro. Pero ten cuidado: para cruzar esos puentes, uno debe estar dispuesto a dejar atrás el peso de sus propias mentiras.

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Auric se encontraba en una habitación llena de objetos extraños y misteriosos, todos ellos relacionados con la Taaffeite. Había libros antiguos, cristales raros y símbolos esotéricos que parecían contener secretos y misterios.

De pronto, una figura se materializó entre las sombras de la habitación. Era un anciano de mirada profunda, cuyos ojos parecían contener siglos de historias, y en sus labios danzaba una sonrisa enigmática.

—¿Qué es lo que buscas? —preguntó con una voz suave, pero cargada de un eco antiguo, como si proviniera de otro tiempo.

Auric dio un paso atrás, sorprendido por la aparición, aunque pronto recuperó la compostura.
—Busco una Taaffeite —respondió con firmeza, aunque en su voz se filtraba un matiz de urgencia—. Necesito encontrarla… para algo que lo cambia todo.

El anciano dejó escapar una breve sonrisa, pero sus ojos se tornaron serios.
—La Taaffeite no solo refleja la luz… refleja la esencia. Puede mostrar lo que eres… y lo que temes ser. También abre caminos que no existen en este mundo, pero que esperan ser recorridos en otro.




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