Luminel: El Chico Neón

Ciclo eterno: despertar sin tiempo

••••••••••• Capítulo 38 •••••••••••

En Némora, el tiempo no fluye: se escucha. Es un murmullo constante detrás de la existencia, un susurro que emana del centro del alma para recordarnos quiénes fuimos antes de que el olvido nos cubriera con su manto. Lumi y Auric caminaban sobre una llanura de luz blanda; el suelo pulsaba bajo sus pies, reconociendo su presencia con destellos de bienvenida.

En medio de aquel vacío sereno, se manifestó una figura femenina de rostro cambiante. No poseía edad ni nombre, pero su sola presencia exhalaba el aroma del hogar.

—El Latido Unificado fue solo el preludio —dijo la figura con una voz que resonaba en sus conciencias—. Ahora deben recordar el Hilo.

De sus manos extendidas surgió una hebra dorada, delgada como un filamento de sol, vibrando con una música inaudible que solo se percibía en el pecho.

—Este hilo no se crea ni se destruye —sentenció la aparición—. Solo se revela cuando dos presencias alcanzan el punto exacto de la honestidad emocional. No los une; los refleja.

El hilo se dividió, enredándose en sus muñecas con la suavidad de un suspiro. Al contacto, Lumi fue embestido por memorias ajenas: el Auric niño cautivado por las estrellas, el Auric que lloraba en el silencio de su ausencia, y el Auric que afinaba su arpa por pura devoción. Auric, a su vez, vio la luz de Lumi en praderas olvidadas y sintió el peso de las cartas que nunca envió. No eran recuerdos de sucesos; eran recuerdos de la esencia.

A medida que avanzaban por la niebla sensorial, el Hilo comenzó a bifurcarse. Otras hebras, cargadas con el peso de relaciones pasadas, emergieron de la bruma. Frente a ellos, el Hilo de Ithil mostró las cicatrices:

Lumi se vio a sí mismo en los brazos de otro, traicionando el vínculo por no saber sostener su propio valor. Auric no sintió odio, sino el eco de un dolor antiguo que finalmente encontraba voz. —No te pido que no mires —susurró Lumi—. Solo que entiendas que esa versión de mí no sabía cómo sostener lo que tenía.

Luego fue el turno de Auric. Lumi vio a un joven de rostro sereno alejarse de él sin mediar palabra, dejando a Auric roto y cuestionando su propia suficiencia. Al enfrentar estas verdades, los hilos secundarios no se rompieron: se integraron. El Hilo de Ithil dejó de ser una línea recta para convertirse en un tejido complejo, un mapa donde cada error y cada herida eran parte del diseño sagrado. Amar no era olvidar; era mirar las cicatrices sin huir, y aun así, elegir quedarse.

El entorno ya no era niebla ni luz; se había transformado en memoria líquida. Cada partícula en suspensión vibraba con el eco de lo vivido, destilando la sabiduría de todas las almas que, a través de los eones, comprendieron finalmente que amar no era un acto de retención, sino una expansión infinita del ser.

Lumi y Auric avanzaban en un silencio sagrado, pero sus pasos no tocaban el suelo; creaban diminutas constelaciones al contacto con el éter. No dejaban huellas, sino resonancia. El universo mismo, como un instrumento afinado tras una larga disonancia, agradecía su presencia cantando a través de sus formas.

—¿Lo sientes? —susurró Lumi, con la voz cargada de un asombro reverencial—. Es como si el espacio mismo nos escuchara latir.

Auric sonrió, una expresión de paz que parecía haber tardado vidas en alcanzar.

—No solo nos escucha, Lumi. Nos recuerda. No como los individuos que fuimos, sino como la frecuencia pura que hemos llegado a ser.

En ese instante de epifanía, los hilos que los anclaban al pasado —aquellas hebras de dolor, deuda y nostalgia— comenzaron a volverse translúcidos. No se desvanecieron por el vacío del olvido, sino porque habían cumplido su propósito: ya no eran necesarios para definir el presente. En su lugar, el vacío fue reclamado por senderos flotantes, espirales de pensamiento puro que se curvaban hacia un horizonte de infinitas posibilidades.

—Esto es lo que aguarda más allá del amor con apego —comprendió Auric, observando cómo las espirales vibraban con su intención—. Es el territorio de la conciencia plena, donde el "nosotros" no nace de la necesidad de completarse, sino del júbilo de compartirse.

Convertidos en guías silenciosos, Lumi y Auric avanzaron por este nuevo paisaje. A su paso, otras almas que permanecían atrapadas en bucles de repetición emocional y nudos de antiguos agravios sintieron el pulso de su libertad. Inspiradas por su ejemplo, comenzaron a soltar sus propios hilos, permitiendo que el universo respirara de nuevo, abriendo un espacio virgen para amar sin el peso de la historia, crear sin las cadenas del pasado y vivir, por fin, sin un guion preestablecido.

Entonces, sin mediación de puertas ni umbrales físicos, una mirada sostenida actuó como un vórtice. Se reconocieron de tal forma que el mundo exterior se disolvió, absorbiéndolos hacia las profundidades del subconsciente compartido.

Allí, la última barrera cayó: no había cuerpos, ni piel, ni refugio; solo una vulnerabilidad absoluta y expuesta. Navegaron entre lagos de abandono, cuyas aguas eran densas y frías, y ríos de ternura que fluían con la calidez del primer sol. Finalmente, emergieron en una cámara bañada por una luz roja tenue, una estancia donde los pensamientos jamás expresados flotaban como esferas de cristal suspendidas, cada una guardando una verdad que el miedo había mantenido cautiva hasta ese momento.

Auric extendió la mano hacia una de las esferas más brillantes. Al quebrarse entre sus dedos, el cristal liberó una visión que inundó los sentidos de Lumi: era el Auric de hacía años, envuelto en la penumbra de una habitación olvidada, acariciando con infinita delicadeza el cabello de un Lumi que dormía profundamente. En ese silencio antiguo, lo escuchó jurar, con una voz cargada de una devoción desgarradora, que lo amaría en secreto hasta que el tiempo dejara de existir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.