El cerro Uritorco respiraba despacio esa noche.
Lumira estaba sentada sobre una manta, frente a su carpa, con las rodillas recogidas y la mirada perdida en el cielo. Le gustaba pensar que, si se quedaba lo suficiente en silencio, las estrellas terminarían por decirle algo. No palabras —nunca palabras—, sino esa sensación suave en el pecho, como si algo invisible la reconociera.
Había viajado sola.
No porque no tuviera con quién ir, sino porque necesitaba ese silencio solo para ella.
Lola, su madre, no quería que viniera. Se lo había dicho mil veces. Que era peligroso, que el cerro no era un lugar para una chica sola, que había historias raras, que la gente desaparecía. Lumira había asentido, había prometido pensarlo… y había venido igual.
Ahora estaba ahí, con el aire frío de la noche rozándole la piel y una paz extraña recorriéndole el cuerpo.
No escuchó ningún sonido distinto.
Ni pasos.
Ni motores.
Ni viento.
Simplemente… él estaba ahí.
—Hola —dijo una voz a su lado.
Lumira dio un pequeño salto, llevándose la mano al pecho.
—¡Uy! —soltó, sorprendida—. Perdón, no te escuché llegar.
El chico estaba a unos pasos de distancia. Era alto, rubio, con el pelo sobre los hombros, sujeto en una media cola desprolija. Tenía una forma de pararse tranquila, demasiado tranquila para alguien que aparecía de la nada en medio del cerro.
—Disculpá —dijo él—. ¿Viste el auto del que bajé?
Ella frunció el ceño.
—¿El auto? —repitió—. No… estaba mirando el cielo. ¿Por qué? ¿Pasó algo? ¿Tengo que ver la patente o…?
El chico la observó unos segundos más de la cuenta. Sus ojos parecían buscar algo en ella, como si esperara una reacción distinta.
—No, no —dijo al fin—. No te preocupes. Era solo una pregunta.
Lumira lo miró con curiosidad. Algo en él era raro, pero no inquietante. Más bien… descolocado. Como si no terminara de encajar del todo en ese paisaje.
—Si querés, podés sentarte —le dijo, señalando el pasto a su lado.
Él dudó apenas un segundo, como si esa invitación tuviera un peso mayor del que parecía, y luego se sentó.
Hablaron.
De cosas simples.
Del viaje.
Del cerro.
De lo lindo que estaba el cielo esa noche.
A Max —porque así se presentó— le fascinaba cómo Lumira hablaba. No solo lo que decía, sino la manera: como si siempre estuviera conectada a algo más grande, aunque no supiera exactamente a qué.
Las primeras gotas de lluvia cayeron sin aviso.
—Uh… —murmuró ella, mirando el cielo—. Se larga.
La lluvia se volvió más intensa en segundos.
—Podés quedarte acá —dijo Lumira, ya de pie—. No da dejarte ahí afuera.
—No quiero incomodarte —respondió él.
—Tranquilo. Está bien.
Y así, sin saberlo, Lumira abrió la puerta no solo de su carpa…
sino de todo lo que estaba a punto de cambiar.
Editado: 29.01.2026