La luz dorada del atardecer se filtraba a través de las vidrieras de la Academia de Magia, tiñendo de ámbar las paredes de piedra y los estandartes que colgaban en el gran salón. El aire olía a incienso y hierbas secas, una fragancia que, para Aelina, siempre había representado el hogar. Sin embargo, en ese momento, el ambiente tenía un matiz distinto. Uno que anunciaba despedidas.
La profesora Seraphine, de pie frente a las cuatro jóvenes reunidas, dejó escapar un suspiro antes de hablar.
—La regla es clara: las elegidas deben tener, al menos, dieciocho años —su voz era firme, pero en su mirada había una mezcla de orgullo y tristeza. —Sin embargo, esta vez hemos hecho una excepción contigo, Aelina, porque... —su mirada recorrió los rostros de las otras tres chicas antes de volver a fijarse en ella. —El tiempo se agota y necesitamos enviar a la mejor maga disponible.
Aelina asintió en silencio. Desde hacía un año sabía que su partida era inminente, pero no imaginó que llegaría tan pronto. Oficialmente, aún le faltaban dos años para completar su formación y convertirse en hechicera de pleno derecho. Sin embargo, la situación en Lumirion era crítica y la profecía indicaba que, si no encontraban pronto una solución, tanto ese mundo como la Tierra quedarían destruidos.
A su lado, Selene, una joven de diecinueve años con un talento excepcional para la magia de hielo, cruzó los brazos con evidente desconfianza.
—¿Y por qué tenemos que viajar juntas? —preguntó con un tono impaciente. —¿No se supone que cada señor elige a su pareja de alma y nosotras deberíamos ir directamente al palacio que nos corresponde?
Seraphine respiró hondo. Estaba acostumbrada al carácter impetuoso de Selene.
—En tiempos normales, así sería —respondió con paciencia. —Pero las cosas han cambiado. Necesitamos que viajen juntas al Terreno Neutral. Allí, cada representante de los cuatro palacios las llevará a su destino.
—Eso me parece una pérdida de tiempo —murmuró Selene, sin molestarse en ocultar su molestia.
Detrás de ella, un joven mago posó una mano tranquilizadora sobre su hombro. Lucian, el mago acompañante de Selene tenía una mirada serena y un aire protector que no pasaba desapercibido. Aelina observó cómo él intercambiaba una breve mirada con Selene, una mirada cargada de complicidad.
Desvió la vista, sintiendo un leve nudo en el pecho. No tenía nada en contra de Selene, pero no podía evitar un pequeño malestar al ver lo bien acompañada que estaba. Aelina siempre había sido independiente, pero en momentos como ese, cuando se avecinaba lo desconocido, notaba la ausencia de alguien que la esperara con una sonrisa, alguien que le ofreciera apoyo sin necesidad de palabras.
Seraphine golpeó suavemente la mesa con los nudillos para llamar la atención.
—No discutas, Selene. Sabes lo importante que es este viaje. Tu destino es el Palacio de Luz y pronto lo comprenderás.
Selene rodó los ojos, pero no replicó. A su lado, las otras dos chicas, Marieth y Elyra, se mantuvieron en silencio.
Marieth, con dieciocho años, era una maga experta en conjuros de viento y dominio de magia de tierra. Elyra, de veintiuno, poseía un talento excepcional para la arquería mágica. Ambas llevaban consigo un pequeño morral con lo esencial para el viaje y estaban acompañadas por sus respectivos magos tutores.
Aelina, en cambio, no tenía a nadie. Se había negado a ser escoltada.
Seraphine cambió de tema.
—Todas llevan su pulsera de cristal, ¿verdad?
Las jóvenes alzaron las muñecas, mostrando una fina pulsera con cuentas brillantes. Eran más que un adorno: si rompían una de las cuentas, activarían una señal de emergencia que alertaría a los magos acompañantes.
Elyra observó la suya, de un color rojo intenso.
—El maestro Eidan me dijo que el color nos ayuda a diferenciarnos en caso de emergencia —comentó, señalando la pulsera azul de Marieth.
Selene tenía una con cristales blancos, mientras que Lucian guardaba la suya en el bolsillo de su túnica.
Aelina, sin embargo, se limitó a sujetar con delicadeza la pulsera que colgaba de su muñeca. A diferencia de las demás, la suya no tenía un color definido, lo que la hacía parecer... vacía.
No le dio importancia. Nunca había dependido de nadie y no tenía intención de empezar ahora.
—No creo que la necesite —murmuró, más para sí misma que para el grupo y deslizó la pulsera dentro de su bolsa.
Seraphine la observó con detenimiento y, por un instante, su expresión reflejó preocupación.
—Espero que no te arrepientas de tu confianza —dijo con suavidad.
Aelina no respondió.
El viaje estaba a punto de comenzar y ella tenía la certeza de que su destino ya estaba marcado.
El Portal y la Partida
Al anochecer, la Academia de Magia habilitó la Sala del Portal, un inmenso salón circular con runas antiguas talladas en el suelo. El aire se sentía espeso, eléctrico, cargado de magia. En el centro, el portal esperaba, inactivo pero vibrante con la promesa del viaje.