Lumirion

Capítulo 2: Tierras marchitas

El trayecto hacia el Palacio de la Oscuridad resultó ser más largo de lo que Aelina había previsto. La carroza avanzaba con un ritmo pausado y constante, arrastrando sus ruedas sobre un sendero de tierra endurecida y agrietada. El aire era pesado, cargado de una energía densa que parecía absorber cualquier rastro de vida.

A su alrededor, el paisaje se extendía en un páramo de árboles desnudos, con troncos retorcidos y sin hojas. Parecían esqueletos petrificados de un bosque que alguna vez debió ser majestuoso. El suelo, reseco y fragmentado, evidenciaba un largo abandono; no había indicios de humedad, ni siquiera el aroma a tierra viva que solía sentirse después de una lluvia. Aquí, el agua no tocaba el suelo desde hace mucho tiempo.

La oscuridad no provenía solo de la noche, sino de la misma esencia del lugar. Incluso con las dos lunas brillando sobre Lumirion, la luz apenas lograba abrirse paso entre el manto sombrío que lo cubría todo. La sensación era asfixiante. Aelina sentía como si cada respiro le costara más, como si la misma energía de aquel reino intentara drenarla.

Levantó la vista hacia la vastedad del cielo. En la Academia de Magia, había leído sobre la grandeza del Palacio de la Oscuridad en su época dorada. Recordaba con claridad una ilustración que había encontrado en la biblioteca: mostraba este mismo valle repleto de flores carmesí, cuyo fulgor solo se intensificaba bajo la penumbra y un cielo estrellado tan resplandeciente que rivalizaba con la aurora. Pero ahora, todo lo que veía era ceniza, muerte y abandono.

—No es lo que esperaba —murmuró para sí, asomándose un poco más por la ventanilla de la carroza.

Sabía que, tras la desaparición del Árbol Sagrado, la fuente de magia que había sostenido al Palacio de la Oscuridad se había extinguido. Con su caída, todo lo que dependía de él—la flora, la fauna y hasta el clima—había empezado a marchitarse. Sin la energía vital que solía brotar de sus raíces, el equilibrio se había roto.

El viento, apenas perceptible, soplaba con la suavidad de un susurro, arrastrando consigo el eco de un pasado olvidado. De vez en cuando, se escuchaba un crujido lejano, como si las ruinas de un bosque muerto se quejaran bajo su propio peso.

Aelina retiró la mirada del paisaje y recargó la cabeza contra el respaldo de su asiento. Sus pensamientos la abrumaban. No era ingenua: sabía que su llegada al Palacio de la Oscuridad no sería como la de las otras emisarias. No había banquetes de bienvenida, ni honores, ni una comitiva esperándola con entusiasmo. Ni siquiera habían enviado a un emisario para escoltarla.

Un vacío creció en su pecho.

Era inevitable preguntarse si, en el fondo, la consideraban una pérdida de tiempo.

O, peor aún...

Tal vez el Señor de la Oscuridad ni siquiera la esperaba.

Apretó los labios y cerró los ojos por un instante, obligándose a disipar esos pensamientos. No tenía caso preguntarse ahora si su viaje valía la pena. El Portal se había cerrado detrás de ella y no había vuelta atrás.

Por encima del sonido de los cascos de los corceles golpeando la tierra, Aelina percibió un cambio en la atmósfera. El aire se volvió más frío y la oscuridad más densa. La magia flotaba, apenas perceptible, pero con un peso casi tangible.

Aelina abrió los ojos y se incorporó ligeramente en su asiento.

A lo lejos, en la cima de una colina oscura y desolada, un conjunto de torres se alzaba, imponentes y solemnes.

Había llegado al Palacio de la Oscuridad.

La Entrada al Palacio

La carroza dio un último tumbo al cruzar un puente de piedra ennegrecida por el paso del tiempo. Bajo el puente, un río de aguas densas y turbias fluía con una lentitud espectral, sin reflejar la luz de las lunas. Aelina sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Al levantar la vista, el Palacio de la Oscuridad se alzó imponente ante ella. Para su sorpresa, la estructura no se veía en ruinas como imaginaba; de hecho, mantenía una elegancia sombría, con torres afiladas y muros de piedra negra. Sin embargo, faltaba ese brillo mágico que había sentido en otros lugares de Lumirion.

Parecía un cuadro al que le hubieran arrebatado los colores.

Los corceles negros se detuvieron de golpe, soltando un relincho seco frente a una gran puerta de hierro forjado. En lugar de ser recibida por un emisario o algún miembro de la corte, solo había un silencio denso, un aire frío que se filtraba entre los muros de la fortaleza y se adhería a la piel.

Aelina bajó de la carroza con calma, pero con una creciente inquietud en el pecho. Era la primera vez que llegaba a un destino y se encontraba sola.

—Así que esta es tu bienvenida, Aelina —susurró para sí, recordando el cálido recibimiento que las otras emisarias habían tenido en el Terreno Neutral. Representantes dispuestos a servirlas, a escoltarlas, a tratarlas como invitadas importantes. Aquí, en cambio, no había nadie.

Pero entonces, la puerta de hierro crujió lentamente y una figura emergió de las sombras.

Era un hombre alto, de hombros anchos y porte militar, vestido con una armadura de tonos grises oscuros. Su presencia imponía autoridad. Su cabello corto y su mirada fría revelaban una personalidad severa y curtida en la batalla. Sobre su espalda descansaba un espadón envainado, una señal de que era un guerrero y no un simple guardia.




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