Vaelkar cerró la puerta de su despacho con un golpe seco y dejó escapar un suspiro tenso. Se dejó caer en el sillón de ébano, con la mirada fija en el pergamino de la Academia de la Tierra que descansaba sobre su escritorio. Aquel documento certificaba que Aelina, la joven recién llegada, era su pareja de alma.
Frunció el ceño. Sentía enojo y desconcierto en partes iguales.
“Demasiado joven.”
Era la única conclusión que resonaba en su mente una y otra vez.
Sus recuerdos aún retenían la imagen de la muchacha: delgada, con pocas curvas aún propias de su juventud y de una altura que rondaba el metro setenta. Su largo cabello negro enmarcaba un rostro de facciones suaves, casi delicadas. Sus ojos grandes y oscuros le conferían un aire inocente, una mirada que recordaba a la de un cervatillo, con la clase de ternura que solía despertar el instinto de protección en otros.
Pero lo que se ocultaba tras aquella fachada de estudiante de magia no era una criatura frágil ni asustadiza.
No.
Vaelkar lo había visto en su postura, en la forma en que sostuvo su mirada sin pestañear, en la manera en que no se encogió ante su presencia. Esa muchacha de apariencia juvenil y frágil no se había achicado ante él ni una sola vez.
Y eso, más que su edad o su humanidad, era lo que lo inquietaba.
Las humanas que habían llegado antes que ella, solían seguir un patrón. La mayoría se desvivía por intentar conquistarlo, seducirlo o, al menos, ganarse un puesto dentro del palacio. Algunas lo habían conseguido, al menos por un tiempo, disfrutando de los lujos y el estatus que implicaba formar parte de su harén. Otras habían sido más ambiciosas, creyendo que podrían ganarse su corazón. Pero ninguna había dejado una verdadera marca en él.
Aelina, en cambio, no encajaba en ese molde.
Vaelkar aún sentía el eco de la energía que ella desprendía al entrar en su despacho. Una vibración distinta, intensa… y lo peor de todo, incómodamente familiar. Cuando sus miradas se cruzaron, había experimentado un leve hormigueo en el pecho, una sensación que su instinto le gritó que ignorara de inmediato.
Tomó el pergamino con rudeza y lo empujó a un lado del escritorio.
—Al menos sabe bloquearme —murmuró.
Sí, la conexión entre parejas de alma les permitía leer pensamientos y emociones con facilidad. Pero con Aelina, la conexión se había formado por apenas un instante antes de romperse como si ella hubiera construido una barrera mental alrededor de su esencia.
Vaelkar sintió una punzada de inquietud. Nunca antes había experimentado eso con nadie.
Exhaló con pesadez y se obligó a enfocar su atención en la pila de informes sobre la mesa. Documentos que hablaban de enfermedades en aumento, cultivos marchitos, súbditos debilitados por la pérdida del árbol sagrado. La decadencia del Palacio de la Oscuridad avanzaba como una plaga imparable y él no encontraba la manera de revertirlo.
“Si la situación sigue así, perderemos todo.”
Apretó la mandíbula. No podía permitirse distracciones. Y Aelina era, sin duda, una distracción peligrosa.
Su relación con la princesa del Palacio de la Luz había sido, hasta ahora, su único lazo oficial con otra persona. Se conocían desde la infancia y aunque su unión era más una alianza política que una historia de amor, confiaba en ella más que en nadie. En teoría, esa relación consolidaba el equilibrio entre ambos palacios.
Pero había otro vínculo que pesaba sobre su conciencia.
Uno que llevaba el nombre de Zalther.
Vaelkar se frotó las sienes, sintiendo que el cansancio lo golpeaba con fuerza. El destierro de su hermano gemelo había marcado un punto de no retorno en su vida. Sabía que la maldición que amenazaba Lumirion se había originado en ese mismo evento y la única forma de arreglarlo era encontrar a Zalther antes de que el caos consumiera todo.
Pero ahora, en medio de ese desastre, aparecía ella.
La humana destinada a ser su pareja de alma.
Gruñó con frustración.
—Maldito destino…
Se puso de pie y caminó hacia la ventana, descorriendo apenas las pesadas cortinas de terciopelo negro. La oscuridad de la noche se extendía como un abismo sin fin, sin la lluvia de estrellas que alguna vez iluminó su reino. En la distancia, apenas distinguió las cabañas de los obreros, donde Galdrek habría dejado a Aelina.
El simple hecho de saber que ella ahora caminaba por su territorio lo inquietaba de una forma que no podía explicar.
¿Cuánto tiempo durará antes de que se dé por vencida?
Hasta ahora, ninguna de las enviadas había logrado lo que prometieron. Algunas huyeron, otras se acomodaron en los palacios rivales y las más ingenuas simplemente… desaparecieron.
—Pero tú pareces distinta, Aelina —musitó, cerrando la cortina con un movimiento brusco. —Tan distinta que… prefiero no averiguarlo.
Se repitió a sí mismo que la prioridad era salvar al Palacio de la Oscuridad. Que no debía perder tiempo pensando en una muchacha que, con toda probabilidad, seguiría el mismo camino que las anteriores.