Lumirion

Capítulo 4: Bajo la luz de la curación

Aelina llevaba ya tres días con la misma rutina: despertaba al amanecer, preparaba un desayuno ligero, recogía sus frascos vacíos y sus libros de alquimia y se dirigía a los límites de las tierras del Palacio de la Oscuridad. Allí, como cada mañana, la esperaba Karel junto a un Treik de pelaje castaño oscuro, un animal grande y robusto, con ojos profundos e inteligentes. A pesar de su fortaleza, su postura reflejaba el mismo agotamiento que pesaba sobre el paisaje marchito de estas tierras.

—Buenos días, Aelina —saludó Karel con una sonrisa amable, acariciando el cuello del Treik.

—Buenos días, Karel —respondió ella, devolviéndole el gesto antes de subir con cuidado al animal. —Hoy espero que tengamos más suerte. La fiebre mágica sigue extendiéndose demasiado rápido.

Karel bajó la mirada, sus dedos jugueteando con las riendas de cuero.

—Mi hermana ha tenido recaídas —confesó en voz baja, la preocupación reflejada en cada una de sus facciones. —Sé que estás probando nuevas fórmulas, pero…

Aelina lo observó con empatía. Sabía lo que significaba ver a un ser querido deteriorarse sin poder hacer nada. Ella misma había estado al borde de la muerte cuando era niña y si no hubiera sido por la intervención de Seraphine, probablemente no estaría aquí.

—Créeme, Karel, lo lograré —aseguró con firmeza.

Él asintió, algo más aliviado y con un suave toque de su mano, instó al Treik a moverse en dirección al Terreno Neutral. Cruzaron la frontera invisible que separaba las tierras del Palacio de la Oscuridad del resto de Lumirion, adentrándose en un territorio donde la magia aún resistía.

La Búsqueda de Plantas y el Extraño Joven

El viaje fue relativamente corto gracias al Treik, pero atravesar la frontera requería permisos oficiales. Karel jamás abandonaba los dominios de Vaelkar sin uno, pues la ley de Lumirion prohibía a los súbditos viajar entre palacios sin autorización. Sin embargo, Aelina, convencida de que su rol como emisaria la eximía de ese requisito, nunca se preocupó por esos trámites.

—¿No te preocupa que un guardia de otro palacio te detenga? —preguntó Karel, lanzándole una mirada recelosa.

Aelina negó con la cabeza, sin inmutarse.

—Cuando llegué, me informaron que, como emisaria, tengo derecho a transitar libremente para cumplir mi misión. Además —añadió con una leve sonrisa—, no tengo tiempo para burocracias.

Karel no pareció del todo convencido, pero no insistió más. Sabía que cada minuto contaba.

Cuando llegaron a la zona de recolección, Aelina desmontó con agilidad y comenzó a inspeccionar la vegetación. El Terreno Neutral aún conservaba rastros de la magia que, antaño, fluía por todo Lumirion. Las enredaderas brillaban con un resplandor tenue, los hongos luminosos crecían entre las raíces de los árboles y los arbustos medicinales aún luchaban por sobrevivir.

Se arrodilló junto a un tronco caído donde crecía una planta de hojas carmesí. Justo cuando alargaba la mano para arrancarla, una voz masculina la sobresaltó.

—Esa planta no te servirá si buscas reducir la fiebre mágica.

Aelina giró de inmediato. Frente a ella, un joven de cabello rubio largo, vestido con una túnica blanca y dorada, la observaba con una sonrisa serena. Su presencia emanaba una tranquilidad desconcertante, como si no perteneciera realmente a este lugar.

—¿Disculpa? —preguntó ella, incorporándose con cautela. —¿Quién eres… y cómo sabes lo que busco?

El desconocido recorrió con la mirada las hojas que Aelina sostenía y luego señaló las copas de los árboles cercanos.

—Las hojas carmesí contienen un componente que estimula la circulación interna, lo que podría agravar la fiebre en lugar de calmarla. En cambio, si subes a las ramas más altas, encontrarás un musgo plateado que ayuda a enfriar el flujo de energía.

Aelina entrecerró los ojos, evaluando sus palabras. Lo que decía tenía sentido. Había leído sobre el musgo plateado en antiguos textos de alquimia, pero no esperaba encontrarlo en esta zona. Su mente comenzó a trabajar con rapidez, maquinando combinaciones posibles con los ingredientes que ya poseía.

Karel, que había estado observando en silencio, frunció el ceño.

—¿De qué palacio vienes? —preguntó con cautela. —Tu ropa no se parece a la de ningún estandarte de Lumirion.

El joven ladeó la cabeza y sonrió con un destello en la mirada.

—Pertenezco a ninguno… y a todos —respondió enigmáticamente. —Me muevo por distintos territorios.

Aelina sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había algo en él que le resultaba extraño, pero no amenazante. Aun así, su intuición le decía que este encuentro no era una simple coincidencia.

—No entiendo —insistió ella. —¿Eres un viajero, un mercader? ¿Por qué me ayudas?

El muchacho dejó escapar una risa ligera, como si encontrara gracia en la pregunta. Luego, su expresión se tornó más suave.

—Te ayudo porque tu alma me agrada —dijo. —Hacía décadas que no veía una luz tan constante…

Aelina sintió que el aire a su alrededor se volvía más denso. La forma en que él la miraba era distinta a cualquier otra que hubiese experimentado. No era atracción, ni simple curiosidad. Era como si realmente pudiera ver dentro de ella.




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