Lumirion

Capítulo 5: Entre redes y susurros

Parte I: Perspectiva de Vaelkar

Las antorchas chisporroteaban contra el viento frío de la madrugada mientras Vaelkar caminaba por los límites del Palacio de la Oscuridad, acompañado de la princesa de la Luz. Ella vestía sus habituales ropajes claros y relucientes, un marcado contraste con su propia túnica negra.

—¿Crees que a la princesa del Aire le sienten bien esas faldas tan extravagantes? —preguntó ella con desdén, agitando un abanico decorado con cristales dorados. —Francamente, su sentido de la moda es espantoso.

Vaelkar apenas la escuchaba. Su mente estaba atrapada en una neblina extraña, como si su voluntad estuviera atrapada en hilos invisibles que lo empujaban a complacerla. Normalmente, no habría aceptado acompañarla a una caminata nocturna sin motivo aparente y sin embargo, ahí estaba.

Cada vez que intentaba encontrar la razón de su comportamiento, la bruma en su mente se espesaba. Algo dentro de él le susurraba que no era normal ceder tan fácilmente a los caprichos de la princesa de la Luz… ni a los de su dama de compañía.

—Vaelkar, ¿me estás escuchando? —inquirió ella con fastidio.

Él tardó un segundo en responder.

—Te escucho, pero no estoy de humor para hablar de la princesa del Aire.

Ella suspiró, fingiendo ofensa, pero no insistió. Él, en cambio, fijó la vista en el horizonte oscuro. Entonces, una imagen irrumpió en su mente:

Aelina, con el rostro pálido y exhausto, sostenida en brazos por un joven de cabello oscuro. Ambos sonreían.

Su sangre se encendió con una furia inexplicable. Un ardor recorrió sus venas, el mismo que solía sentir antes de que el árbol del Palacio de la Oscuridad muriera.

—Vaelkar… tus ojos —murmuró la princesa, mirándolo con asombro. —Están rojos.

Él se llevó una mano al rostro. Su reflejo en la hoja de su espada confirmó lo que ella decía. No le ocurría desde que perdió su conexión con la magia del fuego.

¿Qué demonios estaba pasando?

—No es nada —gruñó, apartando la vista.

—Pero—

—Regresemos al palacio —ordenó, cortante.

Ella quedó boquiabierta por su brusquedad, pero no discutió. Tal vez temía provocar la ira de alguien que, a pesar de haber perdido parte de su poder, seguía siendo el Señor de la Oscuridad.

Retorno y la Orden a su Guardia

Cuando llegaron al Palacio de la Oscuridad, Vaelkar se apresuró a despedir a la princesa de la Luz con un gesto frío. Se sentía sofocado, atrapado en una furia que no comprendía.

Galdrek, su guardia personal, lo esperaba en la entrada.

—¿Necesitas algo, mi señor? —preguntó, notando la tensión en su semblante.

Vaelkar vaciló. La imagen de Aelina y el joven seguía repitiéndose en su mente, irritándolo. ¿Por qué le importaba tanto? Ella solo era una misionera más, destinada a fracasar como las anteriores.

Y, sin embargo, su instinto le decía lo contrario.

—Ve a la cabaña de Aelina y entérate de su estado —ordenó.

Galdrek arqueó una ceja, sorprendido de que mencionara a la misionera. Pero no cuestionó la orden.

Justo en ese momento, otra visión sacudió la mente de Vaelkar:

Aelina cayendo al suelo.

Oscuridad.

Un latido helado atravesó su pecho.

—¡No! —exclamó, sobresaltando a Galdrek.

El guardia se tensó.

—Cancelo la orden —añadió Vaelkar, con urgencia. —Yo mismo iré.

Sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y emprendió el camino hacia la zona obrera. Sus pasos resonaban en el suelo como latidos de su propia inquietud.

¿Por qué sentía esta urgencia? ¿Era solo la responsabilidad de proteger a las emisarias… o era algo más?

El Tumulto en la Cabaña

Vaelkar apenas había dado un paso dentro de la zona obrera cuando la inquietud lo golpeó como una ola helada. La brisa nocturna traía murmullos de preocupación y la tenue iluminación de las farolas apenas disipaba la penumbra en la que se movían los habitantes. Desde lo lejos, distinguió la cabaña de Aelina… y la multitud reunida frente a ella.

El malestar en su pecho se intensificó.

Sin detenerse, avanzó con determinación, apartando a la gente con la sola presencia de su autoridad. Algunos obreros retrocedieron al verlo, bajando la cabeza en un intento de evitar su mirada. Otros, más osados, se quedaron en su sitio, sus expresiones mezclando incertidumbre y expectativa.

Cuando cruzó el umbral de la cabaña, su vista se enfocó de inmediato en la figura inconsciente de Aelina, tendida sobre la cama angosta.

Su piel, normalmente pálida, parecía aún más cenicienta bajo la tenue luz del candil. Tenía el cabello desordenado sobre la almohada, mechones oscuros pegados a su frente perlada de sudor. Su respiración era irregular, sus labios ligeramente entreabiertos, como si su cuerpo estuviera luchando por mantenerla consciente.




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