El tiempo de reposo forzado se extendió más de lo que Aelina habría deseado. Lucien, Selene y Karel se aseguraron de que descansara lo suficiente antes de permitirle retomar cualquier tipo de trabajo. Para alguien como ella, habituada a la acción y el estudio constante, aquello era casi un castigo. Durante la primera semana, se conformó con leer sobre la situación de las tierras de cultivo y los métodos de regeneración mágica, tratando de encontrar una solución para los suelos estériles del Palacio de la Oscuridad.
Sin embargo, conforme avanzaban los días, sentía que algo se le escapaba. Había repasado casi todos los textos sobre la magia de la tierra que tenía en su poder, pero aún no hallaba una respuesta clara para restaurar por completo el equilibrio natural de estas tierras marchitas.
La mañana del octavo día, Aelina se encontraba revisando un viejo pergamino sobre cultivos resistentes en su escritorio improvisado cuando un golpe firme en la puerta la sacó de su concentración.
—Aelina, el Señor de la Oscuridad desea verte en su despacho.
Era la voz de Galdrek.
Ella suspiró, cerrando el pergamino con un chasquido seco.
—Era cuestión de tiempo.
Se puso de pie con calma, pero su mente ya comenzaba a prepararse para el encuentro. Sabía que tarde o temprano Vaelkar querría hablar con ella sobre la cura para la fiebre mágica… o quizás sobre algo más. Tomó su capa negra del perchero y se la echó sobre los hombros.
—¿Voy ahora mismo? —preguntó, ajustando el broche.
—Sí, si estás lista. —respondió Galdrek con su habitual tono severo, aunque había algo más relajado en su postura que las veces anteriores.
Aelina lo siguió en silencio mientras cruzaban los caminos polvorientos de la zona obrera. A su paso, observó que muchas personas ya se veían en mejor estado. Algunas casas habían vuelto a encender sus lámparas con normalidad, los niños jugaban en las calles sin miedo a que sus padres los llamaran de inmediato por alguna recaída. No hacía falta preguntar: la cura estaba funcionando.
Por primera vez desde que había llegado a estas tierras, sintió una pequeña brisa de satisfacción.
Al llegar a los altos portones del Palacio de la Oscuridad, oscuros y labrados con antiguas runas, Galdrek se detuvo de pronto y se giró hacia ella.
—Antes de entrar, quiero agradecerte.
Su tono era bajo, casi incómodo, como si le costara admitir aquellas palabras.
Aelina lo miró con atención. Nunca antes lo había escuchado dirigirse a ella con algo que no fuera recelo o escepticismo.
—¿Por qué? —preguntó, ladeando la cabeza.
El guardia se tomó un momento antes de responder, manteniendo la vista fija al frente.
—Mi madre estaba al borde de la muerte cuando la fiebre mágica la atacó… y tú la salvaste. —Su mandíbula se tensó levemente. —No pensé que alguien como tú—una humana y además una enviada de la Tierra—realmente haría algo por nosotros. Pero me equivoqué. Has hecho más por este lugar que muchos de los nuestros.
Aelina sintió que el aire se volvía más ligero entre ambos.
—Solo hice lo que debía hacer, —respondió con suavidad.
Galdrek no dijo nada más, pero sus ojos reflejaban un reconocimiento sincero. Se giró y empujó las pesadas puertas, dejándola pasar.
Mientras cruzaba la entrada, Aelina sintió que aquel simple agradecimiento marcaba un cambio en su estadía en el Palacio de la Oscuridad. Tal vez, después de todo, no estaba tan sola como había pensado.
Una conversación tensa en el despacho de Vaelkar
Las antorchas de fuego violeta parpadeaban en las paredes de piedra oscura del despacho. Una brisa fría se filtraba por las cortinas pesadas de terciopelo negro, llenando la estancia con un leve susurro. El escritorio de madera maciza estaba cubierto de pergaminos y en un rincón, una estantería repleta de libros antiguos parecía devorar la poca luz del lugar.
Aelina cruzó la puerta sin vacilar, sintiendo de inmediato el peso de la mirada de Vaelkar sobre ella. Sus ojos oscuros, apenas reflejando el brillo carmesí característico de su linaje, la analizaron con intensidad. La muchacha notó algo diferente en él esta vez, una especie de incomodidad latente bajo su postura rígida, pero no pudo precisar el motivo.
Sin esperar una invitación, tomó asiento en una de las butacas de cuero frente al escritorio. Posó las manos sobre su regazo y lo miró con serenidad, transmitiendo una calma que contrastaba con la tensión en el aire.
Vaelkar pareció sorprendido por su audacia, pero no hizo ningún comentario al respecto. En su lugar, entrelazó los dedos sobre la mesa y habló con su voz grave y calculada:
—Quiero saber en detalle qué ingredientes usaste en la poción.
Aelina se enderezó ya esperando esa pregunta.
—Hojas de serpith molidas, raíces de zarzacrílica y un musgo plateado que solo crece en la Zona Neutral —enumeró con precisión. —Karel me ayudó a recolectarlas.
Vaelkar entrecerró los ojos, observándola con más atención.
—¿Cómo adquiriste un conocimiento tan específico sobre plantas que no existen en la Tierra?