El sol de media mañana proyectaba sombras irregulares sobre el suelo agrietado que, en tiempos remotos, había albergado el majestuoso Árbol de la Oscuridad. Aelina avanzaba con paso reflexivo por la zona de cultivos, examinando las parcelas estériles mientras el crujido de la tierra reseca resonaba bajo sus botas. Llevaba su morral repleto de pergaminos, un cuaderno de apuntes y un par de frascos vacíos por si encontraba algún rastro de vegetación útil.
Más adelante, se alzaba la imponente silueta de aquel tronco muerto, un vestigio de lo que una vez había sido el pilar de la vida en el Palacio de la Oscuridad. No quedaba ni un rastro de la energía que solía emanar de sus raíces, solo una cáscara hueca de lo que alguna vez sostuvo a todo un reino.
—Tal vez, si logro examinar la corteza de cerca… —murmuró para sí misma, con la vaga esperanza de encontrar una pista sobre cómo restaurar la tierra.
Sin embargo, al acercarse, notó que no estaba sola.
A unos pasos del Árbol, una figura femenina se erguía con porte regio. Su silueta esbelta y la forma en que la brisa agitaba sus ropas delataban su origen noble. Vestía un vestido blanco con hilos dorados, bordados finos y una capa ligera que le otorgaba un aire casi celestial. No hacía falta más para reconocer a alguien de la realeza.
Aelina titubeó. Tal vez no sea buena idea entrometerme.
Pero antes de que pudiera decidirse a dar media vuelta, la mujer habló sin voltear la mirada, su voz cargada de frialdad:
—¿Seguirás ahí espiando o te atreverás a acercarte?
Aelina sintió cómo el ambiente se tensaba. Al final, avanzó con cautela hasta quedar a su costado. Al verla de cerca, confirmó lo que sospechaba: tenía la belleza propia de una princesa, pero su aura emanaba un frío inquietante, algo impropio de alguien del Palacio de la Luz.
—Tú debes ser la nueva humana —comentó la princesa con desdén, su tono impregnado de una clara falta de interés.
—Así es —respondió Aelina, forzando una sonrisa cargada de ironía. —Te tocó la “dicha” de conocerme.
El gesto de la princesa se crispó apenas un segundo, pero se recuperó con rapidez. Dio un paso adelante, ladeando la cabeza con una expresión que oscilaba entre la condescendencia y el desprecio.
—¿Sabes con quién estás hablando, humana?
Aelina comprendió de inmediato quién era. No necesitaba presentaciones. La princesa del Palacio de la Luz. La prometida oficial de Vaelkar.
Pero en lugar de mostrar reconocimiento, alzó levemente las cejas y respondió con aparente indiferencia:
—No tengo idea.
La princesa chasqueó la lengua, evidentemente irritada.
—Soy la princesa del Palacio de la Luz y la legítima pareja de Vaelkar.
Aelina sostuvo su mirada sin inmutarse.
—Ya veo.
Ese simple comentario, carente de la sorpresa o el respeto que la princesa esperaba, pareció alterarla más de lo previsto. Su rostro se endureció y, con un tono más tajante, disparó la frase que había venido a decir:
—No me interesa que seas su pareja de alma. Muchas como tú han intentado acercarse a él y todas han fracasado.
El fuego en sus ojos denotaba algo más que simple hostilidad. Había ira. Un resentimiento que superaba la lógica.
—Yo tengo su corazón desde hace años —continuó, su voz cargada de veneno. —Eres solo una niña. Ni sueñes con quitarme lo que es mío.
Aelina no pudo evitar arquear una ceja. Sabía que la relación entre la princesa y Vaelkar tenía un trasfondo político más que sentimental. Vaelkar no parecía el tipo de hombre que entregara su corazón a nadie con facilidad.
Sin embargo, lo que realmente le sorprendió fue la intensidad con la que la princesa hablaba, como si su vida dependiera de que nadie cuestionara su posición junto a él.
Aelina inspiró hondo y, con la misma calma que siempre la caracterizaba, respondió:
—No estoy interesada en Vaelkar de forma amorosa. Vine a ayudar al palacio, no a robar corazones. No voy a “alejarme” solo para calmar tu inseguridad.
Fue como arrojar gasolina al fuego. La mandíbula de la princesa se tensó y su respiración se volvió irregular. Antes de que Aelina pudiera reaccionar, la noble alzó la mano y le propinó una bofetada que resonó con fuerza en el aire inmóvil.
El impacto fue lo suficientemente fuerte para hacerle girar el rostro. Un ardor intenso se extendió por su mejilla y un sabor metálico inundó su boca. Se llevó los dedos a los labios y, al ver la mancha carmesí en su piel, sus ojos se entrecerraron con incredulidad.
—Tú… —balbuceó, sin poder creer lo que acababa de pasar.
La princesa la miró con absoluto desdén. Ni una disculpa, ni una palabra más. Solo se giró con aire altivo y se alejó con pasos elegantes, como si no hubiera hecho absolutamente nada fuera de lugar.
Aelina la observó partir, su mente debatiéndose entre la rabia y la confusión. ¿Por qué tanto odio? Respiró hondo, conteniéndose de devolver el golpe. No vale la pena.
Pero algo llamó su atención. Bajó la vista hacia el suelo y notó que, allí donde su sangre había goteado, una ligera neblina grisácea se alzaba. El suelo reaccionó a su sangre.