Lumirion

Capítulo 8: Entre bosques y recuerdos renovados

Habían transcurrido siete lunas desde que Aelina se encerró en su cabaña, absorta en sus experimentos con la sangre de Vaelkar. La mezcla de la esencia oscura del Señor del Palacio, los cuarzos líquidos y las plantas de sanación no lograba producir el efecto esperado. Cada intento se traducía en muestras de tierra que apenas brillaban un instante antes de volver a marchitarse.

Durante ese tiempo, apenas salía para lo esencial. Su cabaña se había convertido en un caótico laboratorio alquímico: frascos dispersos, anotaciones cubriendo las paredes y pergaminos extendidos sobre la mesa. La penumbra de la habitación se hacía más densa con el paso de los días y el aire cargado de la mezcla de esencias dejaba un rastro agrio en el ambiente.

Cuando Karel acudía con comida o simplemente a asegurarse de que estuviera bien, ella lo despedía con pocas palabras. A veces ni siquiera permitía que cruzara el umbral de la puerta.

—Aelina, por favor —imploraba Karel casi a diario. —Come algo. No puedes trabajar sin descansar.

Ella apenas levantaba la mirada de los frascos y las muestras de tierra.

—Déjalo en la mesa —decía, casi en un susurro. —Lo comeré cuando termine este proceso.

Resignado, Karel dejaba la canasta con frutas, pan o caldo y se marchaba. Sin embargo, a fuerza de insistencia, se aseguraba de que la misionera no pasara demasiadas horas sin alimentarse.

Después de doce lunas de intentos fallidos, el agotamiento la venció. Miró la última muestra de tierra: completamente estéril. Un suspiro tembloroso escapó de sus labios mientras sentía que el peso del fracaso la oprimía.

—Necesito despejarme —murmuró, en un intento de recuperar la claridad mental.

Guardó el cuaderno de apuntes en su morral, junto con una botella de agua y se echó la capa por encima de los hombros. Karel no estaba cerca; probablemente se hallaba en el bosque con los voluntarios recolectando plantas. Aelina decidió salir sin avisar. Necesitaba un tiempo a solas, lejos de las miradas preocupadas o insistentes.

Al salir, el aire fresco de la tarde golpeó su rostro como una bofetada revitalizante. A lo lejos, el horizonte comenzaba a teñirse de un dorado suave, mientras el sol descendía entre las colinas desiertas.

—No puedo seguir atrapada aquí… —susurró, como convenciéndose a sí misma de que necesitaba el escape.

Camino a la Zona Neutral

El sendero que conducía a la Zona Neutral era una delgada línea de tierra endurecida que cruzaba las áridas tierras del Palacio de la Oscuridad. Conforme avanzaba, la textura del suelo cambiaba y la vegetación empezaba a hacerse presente en pequeños brotes verdes, como si la naturaleza intentara reclamar lo perdido.

Cada paso la hacía reflexionar sobre su soledad. Había aprendido a reconciliarse con ella mucho antes de llegar a Lumirion. Desde la muerte de sus padres y su infancia en el orfanato, la soledad había sido su única aliada. Incluso en la Tierra, ser una maga emergente la aisló aún más, pues pocos podían entender su conexión con la magia y la naturaleza.

—La naturaleza siempre me dio la calma que la gente no podía darme —susurró, recordando sus largas caminatas por los bosques de la Tierra, cuando el agua cristalina del lago se convertía en su refugio. Allí, flotando bajo el cielo abierto, encontraba la paz que la vida cotidiana le negaba.

Los recuerdos le devolvieron una calidez nostálgica y sin darse cuenta, sus pasos la llevaron al límite donde la Zona Neutral comenzaba. Allí, el aire era más fresco y los árboles mostraban signos de vida. Aelina se detuvo, cerrando los ojos y respirando profundamente el aroma húmedo de la tierra.

Por un instante, se permitió olvidar el caos de sus experimentos fallidos y las expectativas de los demás. Solo estaba ella, los árboles susurrando al viento y la energía latente del bosque.

El bosque mágico y el pequeño lago

La magia del bosque la envolvía como un abrazo sereno. Aunque ya había estado en la Zona Neutral buscando hierbas, rara vez se adentraba tanto entre los árboles. Conforme el sol se escondía tras las copas, pequeñas esferas de luz comenzaron a surgir entre las hojas y el musgo, flotando como luciérnagas gigantes con un halo iridiscente. Algunas brillaban en tonos morados, otras en azul turquesa o dorado, danzando en el aire con una gracia hipnótica.

—Es hermoso —musitó, sintiendo cómo su espíritu inquieto se apaciguaba poco a poco.

Continuó avanzando, dejando que el sonido de las hojas bajo sus pies la guiara hacia un claro en el que descubrió un pequeño lago rodeado de peñascos bajos. El espejo de agua reflejaba los tonos anaranjados del cielo que agonizaba en el ocaso. Aelina se arrodilló en la orilla y dejó escapar un suspiro, fascinada por la calma del entorno.

—Es tan parecido al bosque de la Tierra… y, sin embargo, tan distinto —pensó en voz baja.

Algunas esferas lumínicas se acercaron a ella, flotando con curiosidad juguetona. Aelina cerró los ojos y dejó que esa tranquilidad la acunara. El cansancio acumulado durante la semana la envolvió como una manta cálida. Quizás solo un instante de descanso... Sin darse cuenta, quedó profundamente dormida sobre la hierba fresca, rodeada de luces y susurros.




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