Lumirion

Capítulo 9: Un nuevo renacer

El primer rayo de luz acarició el rostro de Aelina, despertándola antes de lo acostumbrado. Sus ojos parpadearon lentamente mientras la claridad se filtraba por las rendijas de la ventana. Sentía el corazón acelerado, como si en su sueño hubiera descubierto una idea crucial que ahora se aferraba a su mente con la urgencia de un susurro persistente.

Se incorporó de golpe, con el cabello revuelto y la respiración agitada. Un destello de intuición brillaba en su mirada. Se frotó los ojos, intentando conectar las piezas que su mente había desentrañado durante el descanso.

—¿Qué fue lo que soñé...? —musitó, como si al pronunciarlo pudiera evocar el recuerdo perdido. Sin embargo, la sensación seguía ahí, envolviéndola con la certeza de que algo importante había pasado desapercibido.

Tomó aire profundamente, tratando de calmar la inquietud en su pecho y entonces algo en su mente hizo clic. Los frascos, la sangre, los cuarzos... No había logrado que la tierra renaciera de manera duradera y eso significaba que algo estaba interfiriendo en el proceso.

Se acercó a la mesa de trabajo con paso rápido, sus dedos temblaban ligeramente al buscar en el estante un frasco específico: el suero revelador de venenos. Era un líquido lechoso diseñado para detectar toxinas o energías corruptas en la sangre, un recurso que había aprendido a fabricar durante sus primeros años de aprendizaje en la Academia. Su mentora, Seraphine, le había enseñado a utilizarlo para identificar enfermedades de origen mágico y detectar rastros de maldiciones ocultas.

—¿Por qué pienso en esto? —se preguntó en voz baja, recordando la mezcla de sangre que había usado para intentar restaurar las tierras.

Su intuición le decía que la sangre de Vaelkar podía estar alterada. Tal vez la razón por la cual su conjuro inicial no había funcionado del todo residía en una contaminación oculta, una corrupción que él mismo desconocía.

—Si la sangre está maldita o contaminada, no importa cuántas veces la mezcle con cuarzos y plantas... la tierra seguirá rechazándola —reflexionó, sintiendo cómo la claridad la invadía.

Con manos ágiles, preparó la jeringa de cristal y tomó una pequeña muestra de la sangre de Vaelkar que aún conservaba en un frasco sellado. El líquido oscuro brillaba bajo la luz tenue de la lámpara y una leve punzada de aprensión recorrió a Aelina. Era la sangre de un señor oscuro, poderosa pero posiblemente contaminada por el antiguo poder del árbol caído o incluso por la maldición misma.

Destapó el frasco del suero revelador y dejó caer una sola gota en la sangre. Inmediatamente, el líquido rojo se tornó oscuro, casi negruzco y un olor nauseabundo llenó la cabaña. Aelina retrocedió un paso, cubriéndose la nariz con la manga mientras contenía una arcada. La sangre burbujeó un instante antes de solidificarse en una masa oscura y quebradiza, como si el mismo aire la hubiese cristalizado.

—Lo sabía… —susurró, horrorizada. —Está contaminada... pero ¿con qué?

Se mordió el labio inferior, intentando racionalizarlo. ¿Podría ser una corrupción proveniente de la maldición que se esparció al caer el árbol? ¿O quizá algún rastro de la traición que envolvió el pasado de Vaelkar y su gemelo?

Aelina tomó aire con fuerza, obligándose a calmarse. No podía perder el control justo ahora. Sabía que necesitaba respuestas, pero más importante aún era encontrar una solución. No podía confrontar a Vaelkar directamente. No podía decirle que su propia sangre era la causante del problema, no cuando él ya cargaba el peso de tantas culpas y secretos.

—No puedo decirle... —murmuró para sí misma, apretando el frasco con fuerza. —Si sabe que su propia sangre está corrompida, podría interpretarlo como una prueba de que él mismo es el causante de la maldición.

Las palabras resonaron en su mente como una sentencia pesada. ¿Cuánto más podría soportar Vaelkar si descubría que su esencia misma estaba infectada por la oscuridad que había destruido el árbol? No podía cargarlo con esa verdad sin pruebas concretas ni una solución a mano.

—Lo mejor es ayudarlo sin revelárselo —concluyó en voz baja. —Prepararé un suero que vaya purificando su sangre poco a poco.

Un paso exitoso: sanando la tierra a pequeña escala

Después de este hallazgo, Aelina decidió aplicar un pequeño hechizo de sanación a una nueva porción de la sangre contaminada. Se sentó en el suelo, cruzando las piernas y colocando el frasco frente a ella. Cerró los ojos, tomando aire lentamente y extendió las manos hacia el frasco, dejando que la energía fluyera desde su pecho hasta la punta de sus dedos.

—Purifica la esencia... limpia el dolor... armoniza lo oscuro con lo vital —murmuró, invocando una magia antigua de equilibrio.

Una cálida luz dorada comenzó a brotar de sus manos, envolviendo el frasco con destellos suaves. Aelina sintió cómo la energía corrupta dentro del líquido luchaba contra la purificación, como si intentara resistirse a ser liberada de su carga oscura. Concentrándose aún más, aumentó el flujo de su poder sanador, sintiendo el agotamiento comenzando a filtrarse en su cuerpo. No podía permitir que el intento fallara.

—Va a funcionar... —susurró, con la voz cargada de determinación.

Durante varios minutos, la sangre burbujeó dentro del recipiente, cambiando de color de un negro espeso a un rojo más claro, casi carmesí. Al notar el cambio, Aelina aflojó un poco la tensión en su cuerpo, pero mantuvo el flujo energético hasta que el líquido adquirió un tono limpio y vibrante, similar a la sangre fresca y saludable.




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