Las siguientes dos semanas resultaron un torbellino en la vida de Aelina. Tal como Galdrek había prometido, los entrenamientos comenzaron al amanecer del día siguiente. Ni siquiera había salido el sol cuando él tocó la puerta de su cabaña, cargando un juego de prendas de combate.
—¡Arriba, Aelina! —exclamó, golpeando suavemente antes de abrir la puerta.
Aelina se incorporó con esfuerzo, aún adormilada, el cabello desordenado cayendo en mechones rebeldes sobre su rostro.
—¿Qué…? —musitó con voz ronca. —¿Todavía no amanece?
—Justo a tiempo para tu nueva rutina —respondió Galdrek, mostrando una sonrisa que parecía demasiado enérgica para esa hora.
Extendió hacia ella un conjunto de ropa de combate: un pantalón negro y una túnica oscura, de tela ligera pero resistente, con el símbolo del Palacio de la Oscuridad bordado en la manga.
Aelina entrecerró los ojos, tomando el pantalón con gesto dubitativo.
—¿Estabas preparado para esto? —preguntó con un deje de ironía. —¿No tienen algo más… femenino?
Galdrek soltó una carcajada baja, negando con la cabeza.
—Las mujeres en Lumirion prefieren llevar vestidos vaporosos y ser mimadas. A la mayoría no les interesa el combate. Además —se detuvo, eligiendo sus palabras con cuidado—, no pensé que nuestro señor aprobara que “dances” con una falda frente a un grupo de soldados ansiosos.
Aelina arqueó una ceja, cruzando los brazos con una sonrisa socarrona.
—¿Soldados ansiosos? —repitió, alzando una ceja.
Galdrek se encogió de hombros, sin ocultar su expresión de incomodidad.
—Sí ya hablé con ellos y les recordé que “perteneces” al Señor Oscuro —dijo con cierta rigidez. —Pero… todos saben que en realidad no son pareja y la princesa de la Luz se encargó de difundir esa información en cada rincón del palacio y al final son lumirianos solteros curiosos por una mujer de la tierra.
Las palabras de Galdrek hicieron que una punzada de molestia atravesara el pecho de Aelina. No le gustaba en absoluto esa idea de "pertenencia", pero optó por no discutir el asunto. Al fin y al cabo, sabía que Galdrek solo intentaba protegerla.
—Vale—dijo con resignación.
Tomando la ropa en sus manos, se dirigió tras el pequeño biombo que tenía en la cabaña para cambiarse. El conjunto le quedaba sorprendentemente bien, cómodo y ajustado, destacando su figura sin ser revelador. Alguien se había tomado el tiempo de tomar sus medidas con precisión. Amarró su cabello en una coleta alta y se acercó al espejo improvisado que tenía junto a la cama, observando su reflejo.
El atuendo le confería un aire más decidido y algo en su postura parecía haber cambiado, como si al ponerse la ropa también se enfundara en una actitud más firme y resuelta.
Al salir del biombo, Galdrek la miró de arriba abajo, con expresión crítica pero respetuosa.
—Te ves muy joven así —comentó, como si lo pensara en voz alta. —Pero también demuestras determinación. Eso es lo importante.
Aelina le lanzó una sonrisa leve, medio divertida.
—¿Joven? No me halagues tanto —replicó con sarcasmo.
Galdrek soltó una risa baja y negó con la cabeza.
—Vamos, la pista de entrenamiento ya está lista. Espero que tu espíritu combativo esté tan dispuesto como tu atuendo.
Aelina hizo una mueca de fingida valentía, pero en el fondo sentía una mezcla de nervios y emoción. Con un ligero encogimiento de hombros, ambos partieron hacia el campo de entrenamiento, listos para enfrentar el amanecer y las nuevas pruebas que les aguardaban.
El aire fresco de la mañana les dio la bienvenida al salir de la zona obrera. La pista de entrenamiento estaba aún en penumbra, pero algunos soldados ya se encontraban practicando movimientos básicos con espadas de madera. Al notar la llegada de Galdrek y Aelina, los murmullos empezaron a correr entre los guardias. La curiosidad se mezclaba con la expectativa de ver a la "emisaria" enfrentándose al rigor del combate.
—Ignóralos —susurró Galdrek. —Te van a observar hasta que demuestres que eres capaz.
Aelina asintió, apretando los puños para evitar que su incomodidad se notara. Galdrek se colocó frente a ella, adoptando una postura firme y profesional.
—Lo primero que vamos a trabajar es tu postura y equilibrio —indicó. —Si no tienes una base estable, cualquier ataque te derribará.
Aelina imitó su posición, sintiendo cómo sus piernas temblaban al intentar mantener el peso equilibrado.
—Me siento como un árbol al que intentan arrancar de raíz —murmuró con frustración.
Galdrek soltó una risita suave.
—Eso es bueno. Significa que entiendes la importancia de enraizarte. El poder de un guerrero viene desde el suelo hacia el cuerpo, no al revés.
Ella asintió, intentando afianzar los pies en la tierra mientras Galdrek le daba instrucciones sobre cómo distribuir su peso y mantener la flexibilidad sin perder estabilidad. Después de varios intentos y correcciones, finalmente logró una postura decente.