Lumirion

Capítulo 11: Palabras al Despertar

El amanecer del segundo día de viaje se filtraba por las cortinas de la carroza, proyectando haces de luz en la tapicería interior. Aelina se había acomodado contra uno de los cojines para dormir la noche anterior, mientras Vaelkar se mantenía en el extremo opuesto, en silencio. Durante el primer día, apenas habían intercambiado palabras más allá de lo estrictamente necesario. Las horas pasaron con el traqueteo de los Treik y las conversaciones esporádicas de los guardias afuera.

Sin embargo, esa madrugada, un susurro ronco interrumpió el silencio:

—¿No pensabas desayunar? —preguntó Vaelkar, inclinándose un poco hacia Aelina, quien no se había dado cuenta de que él ya estaba despierto.

Aelina se incorporó con sorpresa. En los últimos días, la costumbre había sido que cada uno tomara sus alimentos sin cruzar miradas ni comentarios, casi como si viajaran en carruajes distintos. Que él fuera quien iniciara la conversación rompía por completo la rutina silenciosa.

—¿Disculpa? —respondió ella, parpadeando para despejar el sueño.

—He dicho —repitió Vaelkar con paciencia—, ¿no pensabas desayunar?

Lo miró, algo desconcertada:

—¿Por qué te preocupa lo que yo haga?

Él soltó un suspiro casi imperceptible:

—Porque sé que ayer saltaste el almuerzo y, por la noche, tampoco comiste. Pensaba que, tal vez, hoy querrías alimentarte antes de continuar el viaje.

Aelina quedó un momento muda, extrañada de que él hubiese notado esos detalles. Se aclaró la garganta y apartó un mechón de cabello que le caía sobre el rostro:

—Supongo que tengo hambre —admitió con cierta timidez. —Pero creía que no deseabas hablar conmigo.

Vaelkar desvió la mirada hacia la ventanilla:

—Nunca dije eso —contestó, con un tono que sonaba entre indiferente y contrariado. —Simplemente no tenía mucho que comentar… Hasta ahora.

Ella ladeó la cabeza, intrigada:

—¿“Hasta ahora”? ¿Acaso querías preguntarme algo?

Vaelkar dudó un segundo, clavando sus ojos ámbar en los de Aelina:

—Sí —dijo al fin. —Quería saber cómo te encuentras con tu entrenamiento. Galdrek me comentó que avanzas bien, pero que todavía te fatigas en los combates cuerpo a cuerpo.

Aelina sintió un leve rubor al reconocer sus debilidades ante él:

—Sí, es cierto —respondió, esbozando una sonrisa cansada. —Lo único que me ayuda es saber que, cuando regrese al palacio, tendré mejores reflejos y más fuerza.

Vaelkar asintió con un gesto de aprobación:

—Bien —murmuró. —Necesitarás toda la fortaleza posible.

Durante unos segundos, el silencio volvió a reinar, pero esta vez no resultaba tan incómodo. Aelina sacó un pequeño saquito con frutos secos de su bolso y comenzó a comer. Vaelkar la observó un momento y ella notó que tenía entre las manos un mapa enrollado.

—¿Qué es eso? —inquirió Aelina, rompiendo la tensión.

—El itinerario —dijo Vaelkar. —Planeo las rutas y los lugares donde pernoctaremos.

—¿Te encargas tú mismo de esos detalles?

Él se encogió de hombros:

—Los nobles no saben realmente dónde es más seguro acampar. Prefiero supervisarlo yo. No quiero que el Palacio de la Oscuridad parezca vulnerable ante nadie. Ya somos repudiados por casi todos, acusados de causar la maldición. No necesito darles pretextos para atacarnos mientras estamos lejos de nuestro territorio. Aunque sería poco probable ya que no queda nada que dominar, no pienso arriesgarme.

Aelina comprendió la lógica detrás de aquella precaución. Aunque había una parte de ella que deseaba poder confiar en los otros palacios, sabía que la realidad de Lumirion era distinta. Vaelkar tenía razón en no querer mostrar debilidad, incluso en medio de un festival.

—¿Alguna parada especial? —bromeó Aelina con una pizca de ironía. —¿O todo será monotonía hasta llegar al Palacio de la Naturaleza?

Vaelkar soltó un sonido entre una risa ahogada y un bufido:

—Te sorprendería lo arriesgado que puede volverse este camino —replicó. —Entre bandidos, bestias salvajes y… —se calló de pronto, frunciendo el ceño. —… lo que la maldición deje a su paso.

—Imagino que la maldición no se detiene —murmuró ella, pensativa. —He oído rumores de que algunos nobles quieren huir de Lumirion.

Vaelkar la miró con seriedad:

—Lo sé —admitió. —Y no los culpo, aunque desprecio su cobardía.

El tema de la maldición era un terreno espinoso: ambos sabían que seguía latente y que sus esfuerzos eran solo una contención temporal. Aun así, Aelina se animó a continuar la conversación:

—Te agradeceré que me avises si se complica el viaje.

—Lo haré —dijo él. —Galdrek está al tanto de todo. Por cierto —añadió, desviando la mirada al equipaje de Aelina—, ¿traes suficientes pociones para emergencias?

—Sí, un par para la fiebre mágica y otras para sanación rápida —enumeró, revisando mentalmente su maleta. —Las llevo en caso de problemas menores. Para algo más fuerte, contaría con Lucien y Selene si ellos aparecen.




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