El segundo amanecer tras el secuestro llegó con un sol tímido que apenas se colaba entre las nubes. Aelina se despertó sobresaltada en la carroza, con el corazón galopándole en el pecho. Había soñado que, esta vez, no lograba escapar de los bandidos que la habían atacado. Lo peor era que no era la primera noche con esas pesadillas: la imagen de sus captores la perseguía cada vez que cerraba los ojos.
Vaelkar, desde el extremo opuesto de la carroza, se incorporó al oírla jadear. Llevaban días durmiendo así, sin atreverse a demasiadas palabras, pero a él no le pasaba desapercibido el terror nocturno que la aquejaba. Ya había consultado a Galdrek, su amigo y capitán de la guardia y este le había sugerido sencillamente escucharla. Hacía tiempo que Vaelkar había dejado de ser empático con nadie, pero las indicaciones de Galdrek eran claras: Permítele expresar sus miedos.
Con la comunicación mental activa entre ellos —acordada tras el secuestro para mayor seguridad—, Vaelkar no podía evitar percibir las emociones desbordadas de Aelina: miedo, cansancio y una tristeza latente. No quiso indagar más allá, pues deseaba respetar su intimidad, pero sentía que debía, al menos, preguntarle.
—¿Estás bien? —inquirió, en un susurro audible y, al mismo tiempo, enviándole la pregunta mental para asegurarse de que ella captara su genuina preocupación.
Aelina se quedó en silencio un instante. Parecía debatirse entre contestar o callar. Al final, murmuró:
—No… no lo sé.
Vaelkar tragó saliva, sintiendo una presión incómoda en el pecho. Se obligó a insistir:
—¿Quieres… hablar de lo sucedido? —ofreció en voz baja, procurando no sonar autoritario.
Ella volvió a callar, apretando los labios mientras se estrujaba las manos. Le resultaba difícil abrirse con él y Vaelkar lo entendía; su relación estaba llena de roces y obligaciones. Tal vez sea mejor enviar a su dama, consideró, pero tampoco estaba seguro de que Aelina confiara en Taerin lo suficiente ya que apenas se conocían.
El silencio se hizo largo. En un momento dado, Aelina dejó escapar una lágrima que rodó por su mejilla. Su voz se quebró:
—Durante el secuestro… en un instante… me bloqueé —confesó, con un hilo de voz. —No dejo de pensar qué habría pasado si… no… si no lograba defenderme.
Vaelkar liberó el aire que contenía en los pulmones. —Gracias por decírmelo —respondió con suavidad. Era la primera vez que ella mostraba esa vulnerabilidad ante él y lo agradecía. Con cuidado, se acercó lo suficiente para tomarla de la mano y, sin pensarlo demasiado, la atrajo hacia sí.
Aelina, inusualmente, no se resistió. Accedió a sentarse en las piernas de Vaelkar, quedando su rostro a la altura de su pecho. Allí, con su mejilla apoyada sobre el torso de él, comenzó a llorar en silencio, hasta que el llanto se tornó desconsolado. Vaelkar la rodeó con los brazos, sintiendo cómo un nudo de compasión y rabia al mismo tiempo se enredaba en su interior: rabia contra los bandidos, rabia contra la situación que la ponía en peligro, rabia contra sí mismo por no haberla protegido antes.
—Desahógate —murmuró, cerrando los ojos y apoyando la barbilla sobre su cabeza. Sabía que había algo más que Aelina se guardaba y que no se atrevía a decir. Al menos podía ofrecerle un respaldo emocional.
Aelina lloró largo rato, aliviando parte de la tensión acumulada. En algún momento, su cuerpo se relajó y, sin poder resistir el cansancio, se quedó dormida en los brazos de Vaelkar. Él la contempló con una extraña mezcla de ternura y culpa. No es justo, pensó, nada de esto es justo para ella.
Recordó la importancia que la emisaria tenía en la misión contra la maldición, las enormes cargas que llevaba y el hecho de que él mismo había contribuido a sumarle responsabilidades. Se preguntó cómo habría sido su relación si se hubiesen conocido en otro contexto, sin el peso de la maldición y en otro momento donde su edad no fuera un impedimento ya que era consiente que su magia aún no maduraba. Por un instante, reconoció lo mucho que Aelina le atraía… mas no sabía si eso podía prosperar. ¿Y ella?, se preguntó, ¿Qué siente por mí? Con su conexión mental fluyendo, percibía algo de curiosidad y recelo por parte de ella, pero no había rastro de amor. Somos un desastre, murmuró Vaelkar para sí.
Antes de que Aelina despertara, Vaelkar la recostó con cuidado en su asiento y la tapó con una manta. Pensó que, tras ese desahogo, no querría encontrarse en una postura tan íntima al abrir los ojos. Así que salió de la carroza con sigilo.
Afuera, tomó un Treik y se reunió con Galdrek, quien lo recibió con una mirada inquisitiva.
—¿Cómo está ella? —preguntó el capitán, preocupado por la noche agitada.
—No lo sé… —admitió Vaelkar, frotándose la frente. —Durmiendo, al menos. Siento que hay algo más que no me cuenta. Desde que bajó sus barreras, percibo una angustia más profunda.
Galdrek mantuvo un rostro pensativo:
—Dale tiempo —sugirió. —Lo importante es que confíe en que estás de su lado. Ella ha pasado por mucho y aún está procesando lo ocurrido.
Vaelkar asintió, sabiendo que su capitán tenía razón. Confianza, pensó, eso es lo que debemos construir.
—Vamos a avanzar pronto —anunció Vaelkar. —Quiero llegar al siguiente campamento antes del anochecer.