La caravana del Palacio de la Oscuridad ingresó en el territorio del Palacio de la Naturaleza a primeras horas de la tarde, recorriendo caminos bordeados de plantas exuberantes y formaciones de raíces colosales que se entrelazaban sobre la tierra. Aelina apenas podía contener el asombro: todo a su alrededor rezumaba vida, desde las exóticas flores gigantes hasta las diminutas enredaderas que emitían un pulso mágico tan palpable que podía sentirlo atravesar su piel.
Las mariposas de colores vibrantes cruzaban el sendero en bandadas, creando un espectáculo de luces y tonos brillantes. El aire olía a tierra húmeda y hojas recién brotadas y la atmósfera parecía estar cargada de una energía vital que latía al ritmo del bosque mismo.
Mientras avanzaban por el pueblo principal, el contraste entre la belleza del lugar y las miradas de desagrado de algunos habitantes resultaba notorio. Se escuchaban murmullos cuando veían el estandarte del Fénix de la Oscuridad y Aelina no podía culparlos. Para muchos, el Palacio de la Oscuridad era el responsable de la maldición que amenazaba a Lumirion y su llegada representaba una sombra en el paraíso verde.
A pesar de los susurros y las miradas cargadas de juicio, Aelina no pudo evitar notar cómo algunos aldeanos observaban con curiosidad su vestido oscuro. Quizás sus ojos la miraban con una mezcla de recelo y fascinación, como si no pudieran decidir si temerle o admirarla. “No veo ningún otro palacio esforzándose por solucionar este desastre”, pensó con cierto resentimiento.
Cuando el séquito arribó a las enormes puertas de la fortaleza natural, distinguieron las banderas de los otros palacios ya ondeando en lo alto de las murallas. Solo faltaba la suya. Un gong resonó, anunciando la llegada del Palacio de la Oscuridad. Un guardia local izó la bandera oscura con dos fénix enfrentados, rodeados de fuego rojo y Aelina juraría que el estandarte destellaba con cada ráfaga de viento.
Vaelkar se puso en pie en su carroza y, con un gesto cortés, extendió su mano hacia Aelina para ayudarla a bajar. Ella aceptó el gesto, aunque aún sentía el hormigueo de la tensión en su estómago. Al tocar el suelo, él no soltó su mano, manteniéndola cerca mientras caminaban hacia la entrada. Las miradas seguían fijas en ellos, algunas con desdén, otras con cautela.
Cuando estuvieron frente a las enormes puertas talladas en madera viva —enredadas de raíces que parecían moverse bajo el influjo de la magia—, Vaelkar se inclinó hacia Aelina para susurrarle al oído:
—Durante las presentaciones, no te separes de mí. —Su tono era firme y serio. —La nobleza aquí puede ser... odiosa y no quiero complicaciones si algo te sucede.
Aelina levantó una ceja, tratando de aliviar la tensión con un toque de humor:
—¿Por qué no me lo dices mentalmente? —murmuró con sorna, aludiendo a la conexión telepática que mantenían.
Vaelkar esbozó una ligera sonrisa y sus ojos rojizos brillaron un instante con esa chispa que Aelina apenas comenzaba a reconocer.
—Si lo hubiese hecho, no podría haber disfrutado el perfume de tu cuerpo.
El calor subió a las mejillas de Aelina, pero antes de que pudiera replicar, las puertas se abrieron con un chasquido, dejando paso a la comitiva. Vaelkar no soltó su brazo, deslizando su mano hacia su antebrazo en un gesto protector mientras la guiaba hacia el interior.
El esplendor del Palacio de la Naturaleza
El salón era un espectáculo de vida y esplendor. Los muros, formados por raíces y troncos entrelazados, estaban cubiertos de flores vibrantes y enredaderas luminosas que parecían respirar al ritmo de la energía del lugar. Líneas de luz verde danzaban entre los pilares, emergiendo como ríos de vitalidad desde el suelo vivo. El aire tenía un dulzor fresco, con matices de savia y tierra húmeda, como si la naturaleza misma se manifestara en cada rincón.
Aelina no podía apartar la vista de aquel entorno majestuoso. Sabía que esa energía palpitante provenía del corazón mismo del Palacio de la Naturaleza, alimentando cada rincón con su poder ancestral. La atmósfera parecía viva, vibrante y en constante movimiento.
Al fondo del salón, un trono esculpido directamente en el suelo vivo se elevaba entre las raíces que lo sostenían. En él se sentaba el Rey del Palacio de la Naturaleza, con su esposa a su lado. Ambos lucían jóvenes, con una apariencia de apenas treinta años, aunque era sabido que rondaban los dos siglos de vida. A su lado estaban sus hijas, dos princesas que irradiaban elegancia natural y un joven príncipe cuyo porte desenfadado contrastaba con la solemnidad de sus hermanas.
Aelina reconoció de inmediato a Marieth, otra emisaria, que se encontraba al costado junto a su mago acompañante. La muchacha agitó la mano con entusiasmo y Aelina le devolvió el saludo, agradeciendo ver un rostro amigable en medio de tanto protocolo.
Siguiendo el protocolo, Vaelkar avanzó un paso al frente, inclinándose con respeto:
—Vaelkar, Señor de la Oscuridad, presentándose ante el Reino de la Naturaleza —dijo con voz firme y clara. Luego, añadió, haciendo una pausa que provocó un leve temblor en Aelina—: Conmigo traigo a Aelina, mi emisaria… —su mirada se endureció brevemente—y compañera.
Aelina no pudo evitar sentir curiosidad ante esa última aclaración, que no era estrictamente necesaria. ¿Por qué remarcarlo?, pensó, pero prefirió no cuestionarlo en ese momento. Siguiendo el protocolo, ella realizó una reverencia respetuosa, consciente de que cada gesto era observado atentamente.