Los primeros días en el Palacio de la Naturaleza resultaron agotadores para Aelina. Los eventos parecían interminables: banquetes opulentos, ceremonias cargadas de pompa y encuentros sociales donde las miradas curiosas o malintencionadas la perseguían a cada paso. Desde el anuncio de Vaelkar proclamándola como su compañera, no tuvo un solo momento de respiro.
Cada vez que se presentaban ante otros señores y nobles, Aelina no tenía más remedio que exhibir una cordialidad forzada, sonriendo y asintiendo mientras Vaelkar se encargaba de las formalidades. La etiqueta dictaba que no se separara de su lado, así que terminó pegada a su brazo mucho más de lo que le habría gustado. A pesar de su incomodidad, pronto descubrió que esa cercanía servía de escudo contra los comentarios malintencionados. No obstante, la presión constante comenzaba a desgastarla.
Lo que más la irritaba eran las miradas furtivas de las princesas de la Naturaleza. Una de ellas, particularmente insistente, parecía tener una fijación con Vaelkar. Aelina podía sentir su desdén y aunque intentaba ignorarlo, los susurros detrás de las cortinas y las sonrisas falsas le dejaban claro que muchos en ese lugar la veían como una intrusa indigna del Señor Oscuro.
Durante una de las cenas, la princesa Myrwen —la más joven de las dos hermanas—decidió acercarse a la mesa principal. Su vestido de hojas y flores se movía como si estuviera vivo y sus ojos verdes, brillantes como esmeraldas, estaban fijos en Vaelkar.
—Señor de la Oscuridad, —dijo con voz melodiosa—, es todo un placer tenerlo aquí. No imaginé que aceptaría asistir al festival, dadas las tensiones recientes.
Vaelkar apenas esbozó una sonrisa cordial:
—El Palacio de la Naturaleza siempre ha demostrado ser un anfitrión impecable —respondió con cortesía. —No podía desaprovechar la oportunidad de presenciar el Festival del Brote.
Myrwen parecía satisfecha con la respuesta, pero luego desvió la mirada hacia Aelina, analizándola con aire de superioridad:
—Y tú, Aelina... —dijo con un falso interés. —¿Te resulta difícil acostumbrarte a nuestros protocolos?
Aelina mantuvo su tono sereno:
—Es un desafío interesante —admitió. —Pero cada lugar tiene su propio ritmo y esencia, ¿no es así?
La princesa alzó una ceja, sorprendida por la respuesta tranquila. Antes de que pudiera replicar, Vaelkar colocó una mano sobre la de Aelina en la mesa, como si el gesto fuera lo más natural del mundo.
—Ella se adapta rápido —comentó, dejando claro que no toleraría comentarios hirientes hacia su compañera. —Siempre lo ha hecho.
Myrwen apretó los labios, pero rápidamente cambió de táctica, volviendo a centrar su atención en Vaelkar, intentando mantener la conversación en torno a las alianzas políticas y el futuro de Lumirion. Aelina sentía cómo la mano de Vaelkar permanecía sobre la suya, cálida y protectora, lo que, de alguna manera, le brindaba una inesperada sensación de calma.
Cuando por fin pudieron retirarse a la habitación, Aelina soltó un suspiro agotado, dejando caer su cuerpo sobre la cama. Vaelkar se quitó la capa y se apoyó contra el umbral de la puerta, observándola con curiosidad.
—Lo hiciste bien —dijo al cabo de un rato. —Mantener la compostura frente a Myrwen no es tarea sencilla.
Aelina se giró para mirarlo, aun tumbada:
—¿Acaso está obsesionada contigo? —preguntó, sin poder ocultar la molestia en su voz.
Vaelkar soltó un bufido divertido:
—No lo diría así —respondió. —Pero su familia siempre ha sido ambiciosa. Imaginan que, si lograran vincularse con el Palacio de la Oscuridad, tendrían una influencia importante sobre el poder oscuro.
—¿Y por eso no se siente amenazada por mí? —Aelina resopló, rodando los ojos. —Creo que está convencida de que soy una distracción temporal.
Vaelkar se acercó y se sentó al borde de la cama, bajando el tono de voz:
—Que lo crea si quiere. Pero no hay nada temporal en lo nuestro —susurró, sus ojos brillando con una intensidad que dejó a Aelina momentáneamente muda.
El silencio se alargó y Aelina sintió que el corazón se le aceleraba. Se mordió el labio, evitando pensar demasiado en el significado de esas palabras. Pero Vaelkar ya se había levantado, dejando la conversación flotando en el aire como un enigma.
—Descansa —dijo antes de dirigirse a la ventana, su tono de voz volviendo a ser más neutral. —Mañana habrá otra ceremonia en el jardín principal.
Aelina asintió, acomodándose bajo las mantas. Mientras cerraba los ojos, no pudo evitar repasar las palabras de Vaelkar una y otra vez, preguntándose si acaso había algo más oculto bajo esa aparente indiferencia.
Las comidas con los otros señores
—¿Lista para otra cena diplomática? —preguntó Vaelkar, ofreciéndole el brazo. Estaban en el pasillo que conducía a una gran sala llena de flores entrelazadas y música suave. Aelina observó el movimiento de las hojas colgantes, como si incluso la vegetación estuviera expectante ante la inminente reunión.
Aelina dejó escapar un suspiro, ajustándose el vestido oscuro que caía en suaves ondas sobre sus piernas.
—¿Crees que algún día pueda ausentarme? —preguntó con desaliento, alzando una ceja mientras acomodaba la capa negra que contrastaba con el verdor del palacio.