Al abrir la puerta, Aelina se encontró con Galdrek acompañado de Lucian, uno de los magos sanadores del Palacio de la Luz. La expresión relajada de Galdrek contrastaba con la cautela que reflejaba la mirada de Lucian, quien hizo una ligera reverencia al verla.
Aelina frunció el ceño, observando a Galdrek con curiosidad:
—¿Por qué vienes acompañado de Lucian? —preguntó en voz baja, lanzando una rápida mirada al sanador.
Galdrek se encogió de hombros con naturalidad:
—Lo encontré rondando por el ala asignada al Palacio de la Oscuridad —explicó. —Dijo que buscaba hablar contigo.
Lucian inclinó la cabeza en un gesto cortés:
—Así es. Me han encomendado acompañarte al gran árbol. Al parecer, saben que desconoces la ubicación exacta.
Aelina recordó la nota que mencionaba la reunión clandestina en el árbol, sin dar más detalles sobre el camino. Debe de haber sido idea de Selene o Marieth, pensó, aliviada de no tener que recorrer el enorme palacio sin rumbo.
—Podemos ir en cuanto estés lista —añadió Lucian, con una sonrisa amable.
Aelina asintió, dirigiéndose a Galdrek con un aire de determinación:
—Ya tengo a Lucian como guía —explicó—, pero tú vendrás con nosotros. Te quedarás a distancia. No participarás en la reunión —recalcó—, pero supervisarás que nada me suceda.
Galdrek cruzó los brazos, asintiendo con aprobación:
—De acuerdo.
Vaelkar, que permanecía en la penumbra de la habitación, se comunicó mentalmente con Aelina:
—No me agrada ese Lucian tan cerca de ti —dijo, con un intento de tono medio en broma, aunque Aelina percibió el trasfondo de recelo.
—No te entrometas —respondió ella por el mismo canal, dejando escapar un suspiro. En parte bromea, en parte no… pensó, sin terminar de comprender del todo la naturaleza exacta de la queja de Vaelkar.
Lucian pareció percibir la breve tensión en el ambiente y decidió romper el silencio:
—El camino al gran árbol no es muy complicado, pero los senderos pueden ser confusos de noche —comentó. —Más vale que vayamos ahora antes de que los guardias aumenten la vigilancia por el festival.
Aelina asintió nuevamente y lanzó una última mirada a Vaelkar antes de salir. Él no dijo nada más, pero sus ojos seguían a Lucian con cierta frialdad que era difícil ignorar. Galdrek, siempre atento, le dio una palmada en el hombro al sanador:
—Cuida bien a la dama —advirtió en tono ligero, pero con un trasfondo serio.
Lucian sonrió, sin inmutarse:
—No tienes que preocuparte. Mi misión es asegurarme de que llegue sin contratiempos.
La comitiva improvisada partió en silencio, con Aelina intentando contener la mezcla de nerviosismo y expectación. La idea de la reunión clandestina le producía curiosidad y cierto temor. Sin embargo, con Galdrek vigilando de cerca y Lucian como guía, se sintió un poco más tranquila.
El aire fresco de la noche envolvía el palacio mientras cruzaban jardines y senderos iluminados por luciérnagas mágicas que brillaban en tonos dorados y verdes. Las raíces del árbol ancestral se vislumbraban a lo lejos, formando un entramado de troncos y ramas que parecía querer alcanzar el cielo.
Mientras caminaban, Aelina no pudo evitar pensar en las palabras de Vaelkar y en esa extraña incomodidad que sentía al ver a Lucian tan cerca de ella. ¿Era solo celos o había algo más profundo que no lograba comprender?
—¿Estás bien? —preguntó Lucian, interrumpiendo sus pensamientos.
—Sí, solo un poco nerviosa —admitió Aelina con una sonrisa fugaz.
—No tienes por qué estarlo —respondió él, con una tranquilidad que parecía contagiosa. —Los emisarios solo buscan compartir información sin presiones de los señores.
—Eso espero —musitó ella, aunque una parte de su mente se mantenía alerta.
Lucian y Aelina siguieron avanzando por el sendero serpenteante que atravesaba el corazón del bosque. La vegetación, densa y vibrante, parecía susurrar secretos a su paso, mientras la luna se asomaba tímidamente entre las ramas. Detrás de ellos, a una distancia prudente, Galdrek vigilaba como una sombra silenciosa.
—¿Sabes que esto es una reunión “privada” de emisarios, cierto? —comentó Lucian en voz baja, echando un vistazo por encima del hombro para asegurarse de que Galdrek mantenía la distancia.
—Sí —replicó Aelina, arqueando una ceja. —Pero no tengo dudas de que todos los Señores ya saben de esta reunión “secreta”.
Lucian soltó una risa leve, que se desvaneció en el aire nocturno.
—Te has vuelto muy perspicaz —admitió. —Recuerdo que, cuando te conocí, eras más... inocente. Me alegra ver tu madurez, aunque preferiría que no te hubieras visto forzada a adquirirla tan pronto.
Aelina recordó las sensaciones que antaño despertaba Lucian en ella: un cosquilleo nervioso que hacía que sus manos temblaran ligeramente. Sin embargo, ahora solo sentía un afecto tranquilo, como el de una vieja amistad que ya no despierta mariposas en el estómago. Entre Karel y Vaelkar, mis emociones han encontrado otros rumbos, reflexionó, sonriendo sin darse cuenta.
—La maestra Seraphine solía decirnos que cambiamos cada día según nuestras acciones —comentó—y que por eso nunca somos los mismos que el día anterior.