AMELIE APAFI.
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Abro los ojos y sigo en el bosque. El ocaso muere lentamente, dando paso al anochecer me pongo de pie. La cabeza me da vueltas y recuerdo lo ocurrido.
—¿Lo que vi es real?
Mis ojos no me engañan. Lo sucedido momentos atrás no es posible, esto debe tener una explicación, lo que vi no es posible.
—Despertaste.
—¡Lucien! —su voz me hace dar un respingo, llevo mi mano izquierda al pecho, intentando calmar el golpe sordo de mi corazón. Está frente a mí, inmóvil, con Nebra a su lado, me acerco
—. ¿Está lastimado?
Niega con la cabeza. No habla de inmediato. —Este chico está bien, solo un poco ansioso y asustado por la caída pero nada más —acuna el hocico del caballo con una calma que no encaja con la rigidez de sus hombros.
Suspiro de alivero el aire no me llena del todo. Luego recuerdo. —Lucien, lo que vi…
—Olvida lo que viste, Amelie —dice, y su voz es dura, cortante. No me mira da un paso al costado, como si ya hubiera terminado.
—Está bien si no quieres hablar —digo—, pero sé lo que vi. También sé que una persona común no podría hacer lo que tú hiciste por mí.
—¿Ah si? —se acerca un paso, dos me obliga a retroceder—. Y según tú, ¿qué fue lo que viste? —pregunta y ahora sí me mira sus ojos verdes me taladran.
Siento el tronco del roble contra mi espalda, no bajo la mirada. —Sé lo que vi, Lucien y aunque intentes negarlo no puedes ocultarlo —mi voz tiembla, pero no cedo. Su silencio es respuesta suficiente.
Toma mi mano con brusquedad y me entrega la brida del caballo. —Escucha bien, esto solo lo repetiré una vez, cree lo que te plazca niña. Es momento de irme.
—Tus manos.
Se detiene y gira lentamente. Su mirada esmeralda se clava en mí, el ceño se le frunce. —¿Qué has dicho? —pregunta con voz afilada.
—Aquella noche —mi voz baja, pero no tiembla—, tus manos estaban heladas. De nada sirve ocultarlo, Lucien
no sé lo que eres pero puedo intuirlo, mi madre solía contarme acerca de unas enigmáticas criaturas de grandes habilidades —
«Amélie, lo que dices no tiene sentido». Nunca habría pensado que sus relatos fueran una realidad, pero ahora Lucien me hace dudar.
—Ve a casa, Amelie —dice, sin alzar la voz. Parece cansado o tal vez solo quiere que me vaya—, y solo olvida lo que ha pasado.
—Gracias, Lucien —respondo, me mira con extrañeza. Por un instante, su gesto cambia, la dureza se desvanece parece… sorprendido. Agradecido, tal vez.
—Quita esa cara. Tú me salvaste y yo sé agradecer.
Lo mejor es dejar el tema por la paz.
—Lo siento. Todo es mi culpa. No debí citarte aquí y pedirte semejante cosa, Lucien.
Subo a Nebra. El caballo camina inquieto. Echo una última mirada atrás.
Lucien sigue allí, inmóvil, envuelto en sombras.
Lo mejor es irme, hacer lo que me pidió olvidar lo ocurrido eso es lo menos que puedo hacer.
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LUCIEN VON MUNTEAN.
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Algunas semanas han pasado desde el encuentro en el bosque Băneasa. La petición de aquella muchachita aún me parece absurda. Estoy sentado en la biblioteca, el libro abierto sobre mis piernas, aunque hace rato dejé de leer. El fuego en la chimenea chisporrotea, pero yo no siento el calor.
—¿Qué te tiene tan distraído?
Levanto la vista. Juliette está frente a mí, con sus ojos verdes brillantes y el cabello castaño claro cayéndole sobre los hombros. No la escuché entrar y menos la sentí acercarse.
—Juliette —digo, cerrando el libro con una mano.
—Lamento interrumpir, Lucien, pero bueno…
—No te preocupes. Dime.
—Para nadie es un secreto que aquí solo soy la huérfana incómoda —dice, y su voz tiembla apenas—, en cuanto tu hermano regrese… yo me iré.
Guardo silencio. Juliette llegó siendo una niña. Dorian la acogió después de que cazadores de vampiros mataran a su familia. No es sangre de mi sangre, pero la he tratado como hermana.
—Yo no quiero que te marches —respondo—, pero sé que te duele seguir aquí. Lo entiendo. Lo respeto. Eso no quita que te extrañaré.
Sonrío. Es un gesto forzado. Termina como una mueca.
—También te extrañaré mucho —dice, tomando mis manos—, no se puede hablar de libros con mucha gente. Y mucho menos de herbolaria, pero no te preocupes iré a Italia. Serviré como doncella a un miembro importante del consejo.
—Entiendo —respondo, poniéndome de pie.
Ella también se levanta.
—Por cierto… hay alguien que quiere verte.
—¿A mí? —pregunto, dejando el libro en el estante—. Jul, ¿estás segura de que es a mí?
Asiente.
—Una muchacha y un joven. Dicen venir de Austria.
Sale de la biblioteca sin esperar. La sigo por los pasillos de piedra, donde las antorchas parpadean con el viento que se cuela entre las grietas. El aire es frío, denso. No recuerdo a nadie de Austria.
Llegamos a la estancia. Dos figuras esperan con Anka: una pelirroja de mirada decidida y una doncella a su lado. En cuanto entro, Anka me mira con ironía.
—Parece que Dorian no es el único al que le gusta andar con humanos. Pero de ti, ya nada podría esperar.
La albina se gira y sale sin decir palabra, fría, rápida Juliette la sigue con la mirada, luego me observa. Yo asiento una vez ella va tras ella.
Me acerco a las recién llegadas. Las conozco las vi con Sophia, en casa del vizconde Apafí.
—Buenas tardes, señoritas —saludo, inclinando ligeramente la cabeza—. Me dijeron que me buscaban. ¿Para qué?
—Así es, lord Lucien —dice la pelirroja. Mira a su doncella—, Juleka, retírate.
—Señorita Mignonette, no puedo dejarla sola…
—Ya te dije que me digas Molly. Mignonette es muy largo. Ahora retírate solo será un momento.
La doncella obedece. Cierra la puerta al salir.
—Vine porque tenía algo que devolver —dice la joven—, mi prima me pidió entregarte esto.
Extiende un paquete envuelto en tela blanca. Lo tomo, lo abro es la capa que llevaba ese día, la que usé cuando la vi por primera vez.
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Editado: 28.12.2025