Luna Azul Dos Vidas Una Misma Alma

CAPITULO 8: TRATO. ♡

DORIAN VON MUNTEAN
DUQUE DE BUCOVINA.
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El carruaje disminuye la velocidad, las ruedas crujen sobre la grava húmeda del camino que conduce a mi residencia, y siento cómo el aire frío se cuela por las rendijas del vehículo, trayendo consigo el olor a tierra mojada y pino quemado. La niebla se enrosca entre los árboles como una mano invisible, y fuera todo parece detenido, suspendido en el aliento de la noche. Dentro, el silencio es pesado, solo roto por el leve roce de mi capa al moverme y el latido lento, casi imperceptible, de mi corazón. No necesito respirar, pero lo hago. Por costumbre. Por placer. Por ella.

Sophia mi estrella. No me gusta dejarla sola, pero su estado es delicado, demasiado. No puedo arriesgarla, no ahora cuando cada latido suyo es un regalo que temo ver extinguirse.

—Sé que con él estarán bien —digo, sin mirar a Mihai, aunque sé que me escucha. Me refiero a Lucien, el más joven de mis humanos, el único en quien confío para cuidarla cuando no estoy. Tiene sangre fría y lealtad sin fisuras. No como otros.

—¿Habla del joven Lucien, mi señor Dorían? —pregunta Mihai desde el asiento frente al mío, su voz plana, medida, como siempre. Lleva el sombrero en el regazo, las manos quietas, los ojos fijos en mí. Nunca se excede. Nunca falla.

Asiento una sola vez. No necesito decir más. Él entiende Mihai siempre entiende.

—Tienes una tarea cuando lleguemos —le digo, y mi voz Es una orden desnuda, sin adornos—, necesito que investigues al vizconde Apafi a fondo.

—Sí, señor —responde sin dudar—, ya he buscado información. No veo nada sospechoso… al menos, no a simple vista, solo la desesperación de un padre. Su hija es voluntarios y él teme las habladurías. Quiere una alianza fuerte, rápida.

—Pero no cualquier alianza —interrumpo—, él insiste en que uno de mis hermanos sea el elegido. Demasiada insistencia, demasiado interés en una familia como la nuestra no es solo orgullo, hay algo más.

Mihai asiente, apenas sé que piensa lo mismo.
Los Von Muntean tenemos sangre imperial. Lazos con la corona y un oscuro secreto, si Apafi busca protección, no alianza, entonces juega un juego más oscuro de lo que aparenta.

—Está bien, lord Dorían —dice—, al llegar pondré manos a la obra. Tengo mi propia teoría, pero hasta no ver los libros contables de Apafi, prefiero no sacar conclusiones. No fue fácil conseguir acceso, pero tengo a alguien dentro de su círculo. Los documentos deberían llegar de Transilvania en los próximos días.

—Siempre tan diligente, Mihai —comento, y por un instante dejo que el rabillo de mis labios se alce, apenas. Es poco, pero para él, es un elogio.

Es mi mayordomo, mi sombra, mi voz cuando la mía no puede actuar sin levantar sospechas.

—Damon debe estar al tanto de la misiva que el Consejo me envió —continúo—, necesito que me confirmes si Victoria metió las narices en este asunto. Si ella está detrás de esto, todo cambia.

Mihai me mira con escepticismo, apenas perceptible, pero lo noto.
—Señor… ¿de ser así, cree que Damon se lo diría?

No respondo de inmediato. Observo el paisaje tras la ventana: los pinos negros recortados contra el cielo plomizo, la luna baja como un cuchillo colgado sobre el horizonte, el castillo que ya se alza al final del camino, sus torres coronadas por la niebla. Mi hogar. Mi prisión. Mi refugio.

—Es probable que no diga nada —admito—, pero Victoria no es solo un problema para mí. Su lengua afilada también puede envenenar a Damon. Al fin y al cabo, ambos somos miembros del clan Luna Azul y en cuando ella habla… todos pagamos el precio.

El carruaje se detiene.
Las puertas se abren.
El aire frío me recibe como un viejo amigo, como un recordatorio de quién soy, de lo que soy.

Salgo sin prisa. Mi capa ondea tras de mí, pesada, oscura. Mis botas golpean la grava con precisión. No necesito luz, pero la veo las ventanas del ala este encendidas. La habitación de Sophia.

Lucien debe estar cerca.
Ella debe estar despierta.

Mientras camino hacia la entrada, no pienso en el Consejo, ni en Apafi, ni en Victoria, solo pienso en ella.
En su piel pálida bajo la luz de la lámpara, en su respiración suave y en el modo en que murmura mi nombre cuando cree que no la escucho. Ya voy, estrella mía.

──𖥸──

LUCIEN VON MUNTEAN.
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Trato de esquivar la estocada de mi hermano, pero Aleph es un relámpago blanco. Cada movimiento suyo es preciso, letal, calculado como el de una serpiente antes del ataque.

En esgrima, nadie supera a Aleph. Solo Dorian ha podido hacerle frente y yo… yo apenas logro mantenerme en pie. Con cada golpe, el metal choca contra metal con un estruendo que resuena en los muros de piedra del salón, y cada impacto me empuja más hacia atrás, hacia la columna que ya siento fría contra mi espalda.

—¿Te rindes? —pregunta y su voz es un cuchillo envuelto en burla. Se acerca, la punta de su espada presionando mi pecho, su sonrisa afilada como el acero—, al menos haz que una gota de sudor salga de mí, Lucien. Eres patético.

Me tiene acorralado. La columna a mis espaldas, su cuerpo bloqueando cualquier salida. Puedo ver el desprecio en sus ojos plateados, fríos como el hielo del norte pero rendirme no es una opción, ni siquiera una maldita posibilidad. No voy a dejar que siga tratándome como basura.

—Pudrete —escupo, y con un giro brusco, uso su propio impulso contra él. Le golpeo el estómago con el hombro, sintiendo cómo el aire abandona sus pulmones retrocede, sorprendido, y yo me lanzo hacia adelante liberándome de su sombra—, pues yo apenas estoy calentando —digo, jadeando, aunque mantengo la espada en alto, la punta temblando apenas—. Eres un anciano y tengo consideración contigo.

Mi risa sale ladina, egocéntrica, pero mis músculos arden, mi visión se nubla por un segundo. Estoy al límite pero no caeré, no aquí y no delante de él.




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