Luna Azul Dos Vidas Una Misma Alma

CAPITULO 9: SECRETOS. ♡

VICTORIA VON MUNTEAN.
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El aire en la habitación huele a hierbas secas. Las cortinas gruesas apenas dejan pasar la luz del atardecer, y lo que entra se deshace en sombras largas sobre el suelo de madera. Estoy sentada junto a la ventana, con la espalda recta pero no rígida, los dedos apoyados en el alféizar frío. En la mano derecha, la botella negra —pequeña, lisa, hermética— pesa más de lo que aparenta.

—Mi ama Victoria… ¿qué hará en el territorio del señor Dorian? —la voz de Sarah me llega desde la puerta. No me giro, sigo mirando afuera, donde los árboles del jardín trasero se mecen con una brisa que no alcanza a entrar.

—Eso a ti qué te importa, Sarah —respondo, sin alzar la voz. Solo un leve movimiento de muñeca, como si ajustara el peso de la botella entre mis dedos.

Ella da un paso adelante. Oigo el crujido del suelo bajo sus zapatos.
—Mi señora, esa es…

—¡Calla! —ahora sí me vuelvo. Rápido, pero sin brusquedad.

Mis ojos la encuentran antes de que termine la frase. Veo cómo se detiene en seco, cómo sus manos se aprietan contra el delantal. La habitación parece encogerse un poco más.

—Lo siento, ama… no volverá a…

—Más te vale —me levanto. La tela de mi vestido roza el respaldo de la silla al separarme. Camino hacia ella, no para imponerme, sino para obligarla a mantener la mirada. No quiero sumisión ciega; necesito que entienda el riesgo.

—Nadie puede saber que esto está en mis manos —digo, mostrándole la botella por un instante antes de guardarla de nuevo. El vidrio oscuro refleja apenas un destello rojizo de la luz que se cuela entre las cortinas.

Hago una pausa. Dejo que el silencio se asiente, como el polvo en los estantes vacíos de la biblioteca al otro lado del pasillo.

—Ahora quiero que hagas algo para mí.

—Lo que sea, mi señora.

Asiento. Mis hombros se relajan, aunque por dentro todo sigue alerta. —Sé que tienes trato con Freya y Claire. Consígueme un poco de su ámbar de ninfa.

Sarah parpadea. Sus ojos, cansados y claros, se abren un poco más. No dice nada, pero su respiración se vuelve más superficial.

—No es negociable —aclaro antes de que hable—, ellas no se negarán, y tú sabes por qué.

Baja la cabeza. Asiente. Pero hay una tensión nueva en su postura —Pero hay un precio, mi ama… su madre…

—No nombres a esa mujer —mi voz se vuelve más baja, más fría.

Sarah cierra la boca al instante.

Respiro hondo. Me acerco a la mesa baja junto a la ventana, donde descansa una taza de té ya frío. Paso los dedos por el borde, sin tocarlo realmente.

—Estoy segura de que me lo darán.

Ella duda. Luego, con cuidado: —¿Usted fue quien habló con el consejo… sobre Lucien?

Asiento. No me molesto en disimularlo. —Dorian es un obstáculo y Lucien… era el modo más limpio de hacerlo tambalear.

Sarah no responde. Pero veo en sus ojos que entiende más de lo que dice. Siempre ha sido así, demasiado perceptiva para su propio bien.

Me doy la vuelta, guardo la botella en el bolsillo interior de mi vestido y ajusto la manga. Afuera, el viento mueve las ramas con más fuerza. Dentro, el silencio se vuelve denso, casi tangible.

Ya no hay vuelta atrás.

──𖥸──

AMELIE APAFI.
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Caminamos en silencio hasta que Lucien se detiene en medio del puente. El arroyo corre bajo nosotros, lento y oscuro, reflejando el cielo matinal como un espejo tembloroso. Yo me quedo a su lado, con las manos quietas y el pecho apretado. Él mira hacia abajo puede ver mi rostro en el agua, yo también lo veo pensativa distraída.

—Ya casi se acerca el momento Amelie —dice descansando sus brazos en el barandal de madera del puente—, en lo que esperamos quisiera verte más seguido —no respondo de inmediato. Mi garganta se cierra. Quiero creerlo, quiero tanto creerlo que duele.

—¿Lo dices de verdad? —ya no sé qué creer, me confunden sus palabras. Quisiera creer que todo lo que de su boca sale es cierto—. Lucien, sé que ya te lo pregunté repetidas veces y, sé que ya me lo has dicho en repetidas ocasiones también, pero yo quiero la verdad. ¿Por qué aceptaste esto?

Él alza la mirada al cielo los rayos del sol matinal hacen que sus ojos se vean más verdes, dándole un brillo por la luz que se notaba. Luego me regala una sonrisa de boca cerrada, mi estómago se contrae esa sonrisa no es burla, es algo más peligroso, algo que me hace querer acercarme y huir al mismo tiempo. Mis mejillas se calientan, no por vergüenza, sino por la forma en que me mira, como si supiera exactamente lo que estoy sintiendo… y le gustara.

—Pensé que mi lady era una mujer más inteligente —dice con una burlesca sonrisa ladina—. Amelie, será aburrido verte y que siempre hagas la misma pregunta. Disfruta el día, muy rara vez tenemos días así aquí —se da la vuelta y se va.

Y yo corro, no pienso solo sigo el impulso, como si dejarlo ir fuera perder algo que ya no podré recuperar. El vestido pesa, me arrastra, pero no me detengo, hasta que tropiezo. Caigo hacia adelante, cierro los ojos y espero el golpe contra la tierra pero no llega. Abro los ojos. Él está debajo de mí, me sostiene, sus brazos me envuelven sin apretar. Nos miramos.

Su rostro está cerca, demasiado cerca, su aliento roza mi piel. Mi corazón late tan fuerte que temo que lo oiga. —¿Estás bien? —pregunta con amabilidad.

—Sí —digo inconscientemente—, gracias...

—¿Estás cómoda? —pregunta Lucien nuevamente.

—¿Ah? —no entiendo a qué se refiere con eso en este momento—. ¿Cómoda?

—Sí, es que estás encima de mí y aún no te mueves...

Quiero levantarme, debería pero no puedo moverme, no porque no quiera porque mi cuerpo se niega y porque cada parte de mí está pendiente de la suya, del calor, de la forma en que me mira.

—¡L-lo siento! —digo avergonzada con intención de quitarme, Intento levantarme pero ahora soy yo quien está bajo la hierba y él encima de mí.




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