LUCIEN BON MUNTEAN.
─── ∙ ~εïз~ ∙ ───
Las puertas del despacho de Dorian se cierran tras de mi.
—Lucien, esperaba verte. Se que tienes planes de irte, pero por ahora debes permanecer en el es castillo...
—¡¿Cómo que no puedo irme?! —exclamo, airado, abriendo los ojos al máximo. Miro al vizconde Apafi está sentado frente al escritorio de Dorian, con las manos quietas sobre las rodillas, la espalda recta. No dice nada. Su silencio pesa más que cualquier objeción.
—¿Usted está de acuerdo en esto? —pregunto, apretando los puños a mis costados.
—Yo estoy de acuerdo, muchacho —responde Michael, sin levantar la vista—, solo unos días, lord Lucien. Su excelencia dice que por ahora no es seguro para mi hija.
—¿Ah, sí? —mi mirada se clava en Dorian. Lo desafío sin moverme—. Entonces, ¿por qué no me dijiste antes lo que pensabas? —pregunto tratando de nantwner la calma.
Dorian camina hasta el sillón y se sienta. No con calma, sino meditando en lo que va a decir no es fácil. Sobre todo con el vizconde aquí. Este hombre entregó su única hija a nuestra familia y confía en Dorian con su vida.
—Habla de una maldita vez, Dorian —mi paciencia esta agotándose—, no tengo una razón válida para quedarme aquí.
Él me mira. Sus ojos azules están fríos, calculadores.
—Han filtrado la información de la señorita Apafi —dice, tranquilo—, si sacas a la chica de aquí, no puedo asegurar su protección. Menos en tu condición, hermano.
—¿Mi condición? —repito, frunciendo el ceño. La palabra me quema.
—He dicho que no te irás —responde, firme—, no hasta que decidas madurar para protegerla.
Me levanto de la silla de un movimiento brusco. La madera raspa contra el suelo. Sé exactamente a dónde quiere llegar y no pienso darle el gusto.
—Tú me pediste cuidar de ella —digo, mirando ahora al vizconde—, y eso haré, a ti no debe importarte cómo lo haga —hago una pausa. Dejo que las palabras caigan. Pesadas. Definitivas—, solo estaremos aquí un mes. Nada más.
Me doy la vuelta y salgo del despacho. La puerta se cierra tras de mí sin que la toque.
En el pasillo, el silencio es absoluto. Mis pasos resuenan contra la piedra. No miro atrás no necesito hacerlo. Detrás de esa puerta, escucho la voz del vizconde:
—¿Puedo confiar en el muchacho, su excelencia?
Y la respuesta de Dorian llega clara, firme —Sí —porque sabe que ya no soy el mismo hombre que dejó a Sophia bajo mi protección.
Ahora tengo algo más que perder. Y eso me hace peligroso. Pero también invencible.
──𖥸──
Esta de pie junto a mi escritorio, mirando a su alrededor como si buscara algo que no entiende. Amelie ya ha estado aquí antes, cuando todo era más simple. Pensaba que Sophia la llevaría a una de las alcobas de invitados. No a la mía.
La veo tocar el borde del pergamino sobre el escritorio. Sus mejillas se tiñen de rosa. No dice nada, pero su respiración se vuelve más rápida. Hay un temblor casi imperceptible en sus dedos. Veo cómo se muerde el labio inferior. Sabe que no debería estar aquí, pero también sabe que ya no hay un no debería.
—Amelie —llamo, entrando—pensé que estabas aún en el baile —ella se gira. El pergamino está entre sus manos. Me acerco. No quiero que lo abra, no ahora y no esta noche. Pensé que estaría eb otra alcoba—. ¿Llevas mucho aquí? ¿Pasa algo? —pregunto, deteniéndome frente a ella.
Niega con la cabeza, deja el pergamino en su lugar. Me mira y por un instante, veo algo raro en su expresión: sorpresa. Porque yo no estoy tranquilo. —Quería descansar un poco —dice—. Había muchas personas allí abajo. Comenzaba a hacer calor —hace una pausa. Baja la vista—, disculpa. No quise tomar tus cosas.
—No te preocupes —respondo—. Ahora también son tuyas, ¿sabias? —me acerco. Ella se queda quieta. Inusual. Levanto la mano y le paso un mechón de cabello detrás de la orela. Su piel está caliente y extremadamente tersa.
No pienso. Solo actúo, me inclino y la beso. Ella abre los ojos de golpe, me mira. Sus pupilas están dilatadas, más brillantes de lo habitual.
Se aparta. Cabizbaja. —Lo siento —musita—, solo pensé que era lo que se hacía en la luna de miel.
La tomo del mentón. Le alzo el rostro. No puedo evitar la sonrisa que se forma en mis labios. —Se hace eso… y mucho más, mi lady —mi voz sale más baja y ronca de lo que quiero—, pensé que no querías hacerlo. Quería esperar a que estuvieras lista. Amelie… no quiero presionarte.
—¿Lista? —pregunta, confundida —asiento. Ella no tiene ni idea de lo que viene después de un beso. Sus gestos lo delatan. Inocente. Frágil. Humana.
Me reprocho en silencio: «Sabes que no está bien lo que haces, maldito pervertido». Pero no es lujuria, es necesidad y aunque me contenga, sé que no saldrá ilesa. Nadie lo hace conmigo.
—Sí, estoy lista —dice, levantando la barbilla—, Molly me comentó que en la luna de miel es la primera vez que los esposos se harían uno. No entiendo a qué se refería… pero Lucien, sé que seremos uno —su inocencia me parte el pecho.
Me acerco. La tomo por la cintura. Beso su frente.
—Está bien, la levanto en brazos. Ella enreda los suyos en mi cuello sin dudar la deposito con cuidado sobre la cama. Vuelvo a besarla esta vez, mis labios bajan a su cuello. Ella suelta un gemido ahogado, ese sonido… ese maldito sonido me rompe el control.
Paso de su cuello a su boca, ella responde, me explora, aprende y eso me sorprende. —Tu vestido era precioso —digo, deslizando los dedos por la tela.
—¿Era? —pregunta.
—Sí, era —rasgo la prenda con un movimiento firme, pero sin brusquedad. Luego me deshago de mi propia ropa.
Ella se cubre, avergonzada, cierra los ojos. Me coloco encima de ella, apoyado en los antebrazos para no aplastarla. —Abre los ojos —susurro en su oído—, tus ojos deben estar abiertos para lo que sigue, pequeña. Dolerá un poco… pero prometo tener cuidado. Si quieres que me detenga, solo dímelo.
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vampiros amor entre humanos y vampiros, reencarnación pasado tragico, amorpredestibado
Editado: 08.03.2026