Luna Azul Dos Vidas Una Misma Alma

CAPITULO 15: REINICIO DE ALMAS SEPARADAS. ♡

AURORA-COLORADO: PRESENTE/ANNY. CAMPBELL.

─── ∙ ~εïз~ ∙ ───

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El lago respira bajo la luna. Su superficie no es agua, sino mercurio vivo que sostiene la luz como un espejo. Me arrodillo en la orilla, las rodillas hundiéndose suavemente en el musgo. El vestido que llevo no es mío terciopelo azul que susurra contra mis piernas, hilos de oro que dibujan constelaciones en la tela pero se siente como si siempre hubiera pertenecido a mi piel.

He dejado de creer que este sea un simple sueño. Mis dedos rozan la superficie del lago, no hay frío, solo una calidez sedosa que sube por mis brazos como si el agua reconociera mi tacto. Cierro los ojos un instante y cuando los abro, él está ahí.

No llegó caminando. No escuché pasos, simplemente es, como si el bosque lo hubiera tejido con sombras y luz de luna. Su rostro emerge del reflejo antes que su cuerpo, sus ojos verdes que contienen todo el fulgor del bosque en primavera, cabello rubio desordenado por una brisa que yo no siento.

—Eres preciosa mi lady.

Su voz se desliza por mi columna antes de llegar a mis oídos, y mi piel responde antes que mi mente.

—¿Hoy me dirás quién eres? —pregunto, como he preguntado en otras noches que ya se desdibujan en mi memoria.

No responde con palabras. Se mueve, sus pasos no alteran el musgo bajo sus botas; sus manos no rompen el aire al deslizarse hacia mí. Se arrodilla a mi espalda, su frente casi rozando mi nuca. Su aliento es cálido contra mi cuello, pero no me quema. Es como el primer rayo de sol tras una noche larga.

—Pero ya tú sabes quién soy yo princesa —susurra.

Y lo sé. No con el conocimiento de los nombres o los títulos, lo sé en los huesos, en el latido que se acelera sin miedo, en la forma en que mi cuerpo se inclina hacia el suyo sin que yo lo ordene. Es como recordar algo que nunca olvidé del todo una melodía escuchada en otra vida, el peso familiar de una mano que sostuve hace siglos.

Sus dedos rozan los míos sobre el agua. Donde nuestras pieles se unen, el lago se ilumina con un destello plateado que se expande en círculos perfectos. Cada onda lleva un recuerdo: sus labios en mi frente, sus brazos rodeándome mientras el mundo ardía a nuestro alrededor, su voz murmurando «resiste» cuando todo se volvía negro.

—Amelie —dice mi nombre como una promesa.

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Despierto con el corazón golpeando contra las costillas. El sueño aún me envuelve, pegajoso y cálido. Él estuvo ahí otra vez. el hombre de ojos verdes junto al lago y por primera vez no desapareció antes de hablar. Su voz, *Amelie*, me acompaña mientras apago el despertador de un manotazo.

Me quedo quieta un momento, la frente contra la almohada, intentando retener los detalles: el vestido azul, el agua quieta, sus dedos rozando mi muñeca. Pero las imágenes ya se deshacen, dejando solo una sensación de calma y expectativa.

Me levanto y camino al baño. El espejo me devuelve una cara ajena: ojeras marcadas, pelo revuelto, labios secos. Parece que el sueño me haya vaciado en lugar de descansarme.

—Anny, al menos esfuérzate —me digo frente al cristal, acomodándome el cabello con los dedos—. Aunque hoy eso no importa.

El agua fría en la cara me despeja. Me cepillo los dientes sin mirarme de nuevo.

En la cocina, el aroma a café recién hecho llena el aire. Mi madre sirve huevos revueltos en el plato bueno, el de los bordes dorados.

—Todo se ve muy rico.

—Todo lo hice para que tengas un buen viaje mi niña y que no olvides la comida de tu madre, Anny, ¿estás segura de esto? —Su voz suena tensa, los ojos clavados en los míos como buscando una señal de duda.

—Sí madre. Además solo será un corto tiempo, para navidad estaré aquí —me siento y como en silencio. El cereal cruje entre mis dientes. Mi madre observa cada bocado sin tocar su propio plato.

—Está bien cariño, dame unos momentos y te llevo al aeropuerto...

—Está bien mamá, aunque no tengo problemas en ir sola, después de todo ya estoy lista.

—Aún así te acompañaré —responde, quitándose el delantal con un movimiento firme.

El trayecto al aeropuerto transcurre en silencio. Mi madre conduce con las manos apretadas al volante; yo miro por la ventanilla cómo la ciudad se desdibuja en autopista. En el control de seguridad entrego mi equipaje de mano, paso bajo el escáner, muestro mi pasaporte. Todo sucede en automático, como si mi cuerpo se moviera mientras mi mente sigue anclada al lago de la noche anterior.

Encuentro mi asiento junto a la ventanilla. El avión vibra suavemente al arrancar los motores. Me acomodo, abro el libro de lomo gastado y páginas amarillentas, leo el primer párrafo y luego el segundo. Las letras empiezan a perder nitidez.

Parpadeo despacio. El zumbido del motor se funde con el murmullo del agua en mis oídos. Cierro el libro sobre mis piernas y me quito los anteojos. Apoyo la cabeza en el respaldo, los párpados.

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Abro los ojos. El dolor me atraviesa el costado como un cuchillo de hielo. Gimo. El sonido apenas sale de mi garganta, seco y quebrado.

—Resiste Amelie.

La voz llega desde lejos, como si atravesara agua profunda. Reconozco el timbre, el acento, el miedo escondido bajo la orden. Pero no logro unirlo a un rostro. Mis párpados pesan y la visión es un mosaico de sombras y destellos plateados.

Algo tibio cae sobre mi frente. Otra gota resbala por mi sien. Me cuesta entender. Parpadeo despacio, la silueta sobre mí se define: cabello rubio desordenado, mandíbula tensa, ojos verdes clavados en los míos. Sus brazos me sostienen con una fuerza que delata pánico.

Bajo sus ojos, dos senderos rojos marcan su piel pálida. Sangre, lágrimas de sangre su cuerpo vibra contra el mío, un temblor sordo que viaja de sus brazos a los míos.

Intento hablar, mis labios se mueven, pero no hay aire para formar palabras. Solo siento el frío expandiéndose desde la herida, reptando por mis venas como raíces de invierno.




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