Luna Azul Dos Vidas Una Misma Alma

CAPITULO 16: EL CASTIGO. ♡

ANNY CAMPBELL.
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La luz grisácea de la mañana se filtra por la ventana de la cocina, iluminando el vapor que se eleva de las tazas. El aire huele a café y pan tostado, pero mi mente está en otro lugar, atrapada en una neblina densa.

—¿Anny hija estás bien? —pregunta mi padre. Su voz rompe el silencio, trayéndome de vuelta.

—¿Ah? —musito, parpadeando mientras la realidad se reacomoda en mis ojos—. Dime papá, ¿qué me estabas diciendo? Lo siento no te preste atención —confieso apenada. Siento un nudo en el estómago. No quiero que mi padre crea que no le presto atención, que su presencia no es suficiente. Pero mi mente aún sigue en esa fiesta y en esa persona; su imagen se aferra a mis pensamientos como una sombra, por más que quiero sacudirla, no puedo dejar de pensar en eso.

—Lo noté linda —dice, dando una mordida a su pan tostado—. Eres tan inteligente como tu madre, pero lo distraída viene sin duda de mi —ríe papá, un sonido cálido que me hace sonrojar, devolviendo un poco de color a mis mejillas pálidas.

Bajo la mirada, trazando las vetas de la madera con la yema de los dedos. —Lo siento papá es solo que estoy algo agotada —miento, pero no del todo. El cansancio es más profundo que el sueño; es un peso en los huesos—. Iré a descansar un poco y...

—Anny no tomes este descanso tan literal hija, yo debo salir hoy me gustaría mostrarte Bucarest y estar en casa no te haría bien y...

Tiene razón. Si me quedo sola, encerrada entre estas cuatro paredes, la imagen de mi pasado junto a él, todo... el dolor que lentamente he ido disminuyendo regresaría a mí, inundando mis pulmones y haciéndome recaer en esos recuerdos falsos como una marea fría.

—Esta bien papá iré contigo si —acepto. Aunque no quiera admitirlo, necesito el movimiento, necesito escapar de la estática de mis propios pensamientos.

—Bueno ve y alístate te espero.

Asiento como respuesta, un movimiento lento de cabeza. Me levanto del comedor, sintiendo cómo la silla raspa el suelo, con intención de ir a mi habitación y arreglarme para salir. Papá está en lo cierto; yo no me quedaría sufriendo por alguien que me engañó sin importarle mis sentimientos. No le daré ese poder.

—No tardaré si, vuelvo en un momento.

Salgo de la cocina. El pasillo está más frío. Subo las escaleras, el sonido de mis pasos amortiguado por la alfombra. Al llegar a mi habitación, cierro la puerta detrás de mí, aislando el mundo. El silencio aquí es absoluto.

De mi maleta, abierta en la cama, saco unos jeans gastados y un suéter azul celeste junto a una blusa blanca. La tela se siente suave bajo mis dedos. Por último, unas botas cafés de caña alta que prometen protegerme del frio. Me cambio frente al armario y, al mirarme al espejo, el reflejo me devuelve una imagen que apenas reconozco; me siento contenta con el resultado de mi combinación.

Cepillo mi cabello, tirando de los nudos, indecisa en si usar maquillaje. La luz natural marca las ojeras bajo mis ojos. Opto por ir al natural; no hay necesidad de máscaras hoy. Tomo el broche de cabello que me dio aquel peculiar señor en el avión. El metal está frío contra mi palma. Lo dejo en mi cabello, asegurando los mechones sueltos. Al ver que luce bien, me encojo de hombros, un gesto pequeño, y lo dejo. Por último, tomo una bufanda. Enrollo la lana alrededor de mi cuello; es mi favorita, fue un regalo de mi madre y aún conserva su aroma.

—Anny hija ¿Ya estás lista? —pregunta papá. Su voz llega desde el otro lado de la madera, haciendo que me estremezca ligeramente.

Abro la puerta. Él está allí, llenando el marco con su presencia.

—Si, lo siento, vamos.

Papá se queda mirándome un momento. El aire entre nosotros se espesa. Me siento algo extrañada al ver que su atención no está en mis ojos, sino que va directo al broche de mi cabello. El metal brilla tenuemente en la penumbra del pasillo.

«¿Acaso no me quedaría bien?» Cuestiono en mi cabeza, dejando un poco la seguridad que hace poco sentía. Una duda fría se instala en mi pecho.

—Vamos papá —digo, tratando de aminorar la incomodidad que ahora me envuelve como una niebla repentina.

—Si hija —responde él, volviendo a la realidad como si despertara de un trance. Sale detrás de mí, y sus pasos pesados resuenan mientras bajamos hacia lo desconocido.

──𖥸──

LUCÍEN VON MUBTEAN.
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La puerta se abre sin permiso, rompiendo la quietud de mi estudio. No alzo la vista del lienzo. A ella poco o nada le importa lo que yo le diga; al contrario, ve interesante molestarme. Si así consigue mi atención a ratos, no deja de hacerlo.

Avanza hasta mí, sintiéndose dueña de todo. El taconeo es agresivo sobre la madera. Su sonrisa se evapora en cuanto ve el lienzo a medias junto al ventanal. La luz gris del dia golpea el rostro pintado.

—Una vez más, aquella humana que ni siquiera después de muerta te deja en paz Lucien.

Aprieto el pincel. La madera cruje bajo mis dedos.

—Hola —ignoro sus palabras—. ¿Qué haces aquí? —se escucha mi voz en un tono poco agradable y quiero que ella lo note, que sienta el filo.

Anka se da la vuelta regalandome una sonrisa. No llega a sus ojos.
—Pasan los años y aún vives atado a una muerta —sabe que aquel comentario despertaría mi ira. La mandíbula se me tensa—. ¿Pretendes volver a fijarte en otra incipiente humana?, ¿quieres volver a hundir todo el clan como hace tantos siglos? —dijo Anka haciéndome enfurecer.

El aire se densifica. Dejo el pincel sobre la mesa. —No te metas Anka...

—Pues me meto porque me importas, en el momento que esa murió tú te convertiste en un monstruo, un asesino que se llevó a muchos de nosotros y todo por culpa de la sangre de...

—¡Basta! —grito furioso con la albina impertinencia de la que una vez considere mi amiga. El grito rebota en las paredes.

Anka no retrocede. Me sostiene la mirada. —Callarme no borrará lo que hiciste Lucien —espeta—, solo te haces daño al no dejar el pasado atrás. Además, no creo que al resto del clan le haga gracia saber que de nuevo pretendes liarte con otra chica, no creas que no te vi animado con esa chica de la gala, quién sabe de dónde salio.




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