LUCIEN VON MUNTEAN.
─── ∙ ~εïз~ ∙ ───
El cielo de noviembre pesa sobre el bosque como una bóveda de plomo. No hay sol, solo un resplandor pálido que se filtra a duras penas entre las nubes grises, muriendo sin drama antes de las cinco de la tarde. La niebla se arrastra entre los troncos, húmeda y fría. Para cualquier humano, este lugar sería inhóspito a esta hora. Para mí, es el único silencio que consigo.
Solo quería caminar algunos minutos sin los consejos de Mihai, sin fantasmas del pasado y sin el peso de mi propia existencia. Me apoyo contra el tronco rugoso de un roble, cruzando los brazos sobre el pecho, dejando que la niebla me trague. No siento el frío, pero veo cómo se condensa en mi ropa, un detalle estético más para pasar desapercibido.
El crujido de una rama rompe mi paz. No me muevo, solo inclino ligeramente la cabeza. Dos figuras emergen entre los árboles. Se mueven con la delicadeza de un elefante en una tienda de cristal. Lobos.
Uno es castaño, el otro lleva el cabello negro atado en una coleta baja. Caminan con la arrogancia de quien cree ser el dueño del bosque, pisando fuerte, sin intentar ocultar su presencia. Contengo una sonrisa irónica. Si esto es sigilo, me pregunto cómo han sobrevivido tanto tiempo. Me desplazo ligeramente, acomodando el peso en una pierna. La corteza del árbol se clava en mi espalda, un recordatorio físico de que estoy aquí, escondido, escuchando sus problemas de hermanos.
—Taylor, aquí estás —habla el de la coleta. Su voz es tensa, los músculos del cuello rígidos como cuerdas de violín—. Sabes que no es bueno que estemos solos. Los chupa sangre son unos traicioneros y si ven a uno de nosotros solos no perderán la oportunidad.
El castaño se detiene. Arquea una ceja, cruzándose de brazos con una confianza que me irrita y me divierte a partes iguales. Se miran entre ellos como si fueran gallos en un corral, midiendo territorios que no les pertenecen.
—¿No crees que me estás subestimando un poco?
Su tono es tranquilo, demasiado tranquilo. Hay una rivalidad silenciosa entre ellos, una competencia constante. Yo sigo inmóvil, fundido con la sombra del roble, observando cómo su aliento se convierte en vapor blanco frente a sus bocas.
—No te subestimo, pero sabes que esos vampiros no pelean limpio. Usan sus extrañas habilidades y se valen de eso.
El castaño suspira. El sonido se pierde en la brisa húmeda. Sabe que su hermano tiene razón, aunque su orgullo le impida admitirlo. Escaneo el perímetro con la mirada. Instinto de presa que se cree cazador.
—No sé por qué de tantos lugares teníamos que llegar a uno plagado de vampiros —murmura. Para ellos, Rumania es una imposición. Lo huelo en su frustración, en la tensión de sus hombros—. Nunca estoy de acuerdo con Noah, pero esta vez debo aceptar que su propuesta de tregua sería lo mejor.
—Yo no quiero tener trato alguno con esas sanguijuelas. Ya sabes, es todo o nada hasta no acabar con los malditos de Luz Eterna...
La hostilidad en la voz del hermano negro hace que mis colmillos respondan con un picor familiar, odio antiguo y sangre derramada. Me canso de escucharlos. Decido que han tenido suficiente tiempo en mi tierra. Mi paciencia, ya de por sí limitada, se ha agotado junto con la luz del día.
Me separo del árbol sin hacer ruido, pero el cambio en la presión del aire delata mi presencia. La niebla parece apartarse a mi alrededor. Salgo de las sombras con con lentitud, dejando que mis botas crunchen las hojas secas a propósito.
—Me temo que no pueden estar aquí, señores —se giran al unísono. El de la coleta entrecierra los ojos, desafiante. Su cuerpo se inclina hacia adelante, listo para saltar. No hay miedo en sus ojos, solo adrenalina mal gestionada.
—¿O si no qué? —refuta.
Lo miro con la calma de quien ha visto imperios caer. No parpadeo, dejo que el silencio se alargue y que la incomodidad crezca entre nosotros como una enredadera venenosa. Me llevo una mano al bolsillo, metódico, buscando una moneda que no pienso usar. Solo para ver si siguen el movimiento con la mirada.
—No querrás saberlo.
—Bueno, ya estamos por irnos de todas maneras —dice el castaño de coleta. Es el más inteligente de los dos. Se interpone entre su hermano y yo, levanta las manos, moviéndolas despacio. Un gesto de paz, pero sus ojos no me quitan la vista—. ¿Hay algún problema?
Doy un paso adelante. Invado su espacio personal. Quiero ver si retroceden. El castaño mantiene la posición, pero siento cómo su pulso se acelera. Un ritmo galopante que resuena en mis oídos. La paciencia es un músculo que tengo atrofiado y esos dos la están agotando.
Entonces, el viento cambia.
Una fragancia proveniente de las manos del lobo frente a mí llama mi atención. Es dulce, floral, única. Contrasta violentamente con el olor a tierra mojada y perro húmedo. El mundo se reduce a ese olor, el ruido del bosque desaparece. En mi mente una pregunta hace eco, violenta y posesiva: «¿Qué hacía ese sarnoso con el aroma de Anny impregnado en sus manos?»
La posesividad me golpea como un mazo. Mi visión se tiñe de rojo por un instante y dejo de verlos como intrusos molestos y empiezo a verlos como una amenaza directa. Como algo que ha tocado lo que es mío. Mis manos se cierran en puños, los nudillos blancos bajo la piel pálida. La temperatura a mi alrededor desciende varios grados.
—Solo retírense ahora —repito la orden. Mi voz es un gruñido bajo, inhumano. Ya no hay amabilidad, ni ironía.
El de la coleta siente el cambio en la atmósfera. La violencia cuelga de mis hombros, da un paso atrás, pero mantiene la barbilla en alto. No se someterá fácilmente. —Me largo —espeta señalándome—, pero no porque un pálido chupa sangre me lo ordene, lo hago porque no soporto la pestilencia a muerte que emanas.
El metamorfo de coleta azabache se encoge. Huesos crujiendo, piel estirándose y el sonido es visceral, húmedo toma una forma cuadrúpeda; su pelaje es negro como la noche sin luna y sus ojos azules brillan como zafiros en la penumbra. El castaño no dice nada, solo se transforma. Un lobo marrón sigue al negro hacia la oscuridad del bosque, desapareciendo entre la niebla.
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Editado: 29.03.2026