TAYLOR LOCKWOOD.
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La voz de Noah martilla mi cabeza. Sus palabras son incesantes, un zumbido irritante que no me deja pensar. Estamos de vuelta en la casa, pero el olor a vampiro todavía se aferra a mi ropa, una mancha invisible que me eriza la piel. Noah aparece ahí por un motivo, y estoy casi seguro de cuál es.
—No dejaré de hablar con esa rubia por capricho de aquel chupa sangre —gruñe mi hermano, encarándome. Sus ojos esmeralda brillan con una terquedad peligrosa en la penumbra del salón—,
Así que Sett no se enterará. ¿Entendido?
Aprieto la mandíbula. La tensión me recorre los hombros. —¿Puedes callarte un minuto? —espeto, exasperado.
Noah me lanza una mirada asesina. Sus dientes se marcan bajo la piel pálida.
—No diré nada, Noah... —cedo, aunque sé que es una batalla perdida.
—El lobo beta va a desobedecer a su alfa. ¿Qué sigue, Taylor? ¿Retar a Sett y patear su correcto y estricto trasero? Hermano, te admiro...
Su tono es burlesco, pero hay una advertencia real debajo. Antes de que pueda responder, una voz interrumpe desde el umbral.
—¿Quién pateará a quién?
Helia está allí. Cabellos platinados con reflejos dorados, piel de melocotón y ojos dorados que nos evalúan con desdén.
—¿Dónde estabas, enano? —pregunta Noah, evadiendo la cuestión.
—Oye, yo pregunté primero —replica Helia, desafiante.
—Dile eso a quién le interese, cachorro —dice el albino, mostrando los colmillos en una sonrisa que no llega a los ojos.
Helia bufa, molesto. El aire se densifica con su frustración. —Eres insoportable. Tú y todos aquí. No veo la hora de poder largarme de esta jodida pocilga.
Odia que Noah se crea más solo por ser mayor. Lo veo en la forma en que aprieta los puños. Sube las escaleras con rapidez.
El silencio vuelve cuando sus pasos dejan de sonar.
—No diré nada —digo una vez que Helia se retira. Prefiero no añadir más leña al fuego—. Solo sé discreto. Nadie puede saberlo. Y sé más tolerante con Helia —riño a Noah, pero mi voz es baja. No quiero que Sett nos escuche desde su estudio.
—Genial, hermano. Me alegra cuando comienzas a ser divertido y no el lobo beta obediente a su alfa...
—Sí, sí solo sé discreto, Noah. Nada escapa a Sett y si ese chupa sangre estaba ahí, era por algo.
Entrecierra sus ojos verdes hasta hacerlos un par de rendijas. —Sé que no se te escapa nunca una, pero esta vez la respuesta es más que obvia. El olor a lavanda de la chica humana se mezcla con el del vampiro.
—¿Qué quieres decir? —pregunto—, ella no tiene nada que ver con ese montado.
—Es posible —suelta Noah, soltando lo que tiene rato pensando—, pero el interés de ese muerto viviente no era Nicole —Noah sube las escaleras, dejándome solo en la sala. La luz tenue de la lámpara proyecta sombras largas sobre el suelo. Lo dicho por mi hermano me deja muchas más incógnitas y unas cuantas respuestas.
No es la primera vez que me cruzo con ese vampiro. Ya no hay cabida a la casualidad. La respuesta salta a la vista, clara como el agua. Recuerdo la mirada del vampiro no se posó en la rubia escandalosa, se quedó fija en la otra, en la chica tímida de ojos celestes.
—Anny —ese sujeto estaba tras esa chica.
El instinto en mi pecho se despierta, posesivo y alerta. No es solo curiosidad, es territorio y no pienso dejar que un vampiro se acerque a lo que considero mío.
──𖥸──
ANNY CAMPBELL.
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No puedo dormir. Doy vueltas en la cama, las sábanas se enredan en mis piernas como una red fría y húmeda. El techo está oscuro, apenas iluminado por la luz gris que se filtra entre las cortinas.
—¿Ocurre algo, Anny? —la voz de Nicky surge desde la otra cama, adormilada, rasposa por el sueño. Suelto un bostezo que no puedo contener—, llevas mucho tiempo dando vueltas.
Me detengo. La culpa me aprieta el pecho. —Lo siento, Nicky, seguramente no has descansado por mi causa...
—No te preocupes por eso, Anny. Sé que no estás pasando un buen momento y lo más importante, como tu amiga, es ayudarte y no reprocharte porque no me dejes dormir, tontita.
La oigo estirar los brazos sobre las sábanas. Hay una calidez en sus palabras que me desarma. —Gracias, Nicky —digo con sinceridad. Me incorporo ligeramente y la abrazo. Es una de las pocas personas que realmente puedo llamar amiga.
Se deja abrazar un momento, luego se separa suavemente. —Ahora dime algo —su tono cambia, se vuelve cómplice, despierto—, ese rubio que vino hoy no quitaba sus llamativos ojos verdes de ti, Anny.
Lo dicho por Nicole hace que mi corazón comience a latir más rápido, un tambor desbocado contra mis costillas. *Lucien*. Su nombre es apenas conocido para mí, pero su rostro lleva más de un mes habitando mis sueños, y su voz... esa voz que resuena en mi mente llamándome por otro nombre. *Amelie*. El eco de ese nombre me estremece, frío y familiar a la vez.
—¿Anny, sigues ahí? —inquire Nicole, tomando mi mano.
—Sí, sí —digo, volviendo a la realidad. Parpadeo expulsando la niebla de mis pensamientos.
—Me asustaste. Te quedaste ahí congelada y muda, amiga —agrega Nicole de manera dramática, soltando mi mano—, tu ex se perdió de una chica hermosa, inteligente y de buenos sentimientos. Pero ahora la vida te da para escoger a dos chicos apuestos. Me gusta Taylor para ti, pero ese otro chico... también se ve que lo traes loco.
—¡Nicole! —el calor sube a mis mejillas. Sé que están rojas, ardientes bajo la piel.
—No digo nada que no sea verdad —replica Nicky, guiñando un ojo en la penumbra.
Cubro mi rostro con la almohada. Nicky va a matarme de un ataque fulminante de vergüenza. Siento el calor acumulado en mi cara, intenso como una fiebre. Nicky me quita la almohada de un tirón.
—No digo mentiras. Traes a ese par tras de ti y quiero que dejes de sufrir por aquel imbécil de tu ex —sentencia la rubia, poniendo un dedo en mi frente. Su tacto es firme, real.
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Editado: 04.05.2026