SOPHIA VON MUNTEAN.
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—La señorita Campbell ya lo sabe entonces —comento, pasando los dedos por la cubierta de cuero blanco del libro. Las letras doradas brillan tenuemente bajo la luz de la lámpara.
Mihai asiente mientras deja una charola sobre la mesa. El aroma del té y las galletas llena el aire, dulzón y reconfortante.
—Lucien espera que la chica despierte —dice el anciano. Su voz se siente cargada de una preocupación que compartimos.
Guardo silencio, pensativa. No puedo negar que me hace muy feliz saber que Lucien ha revelado aquella verdad a la muchacha. Me parece arriesgado, un tanto apresurado, pero ya todo está dicho solo queda esperar la reacción de Anny. El aire en la habitación se siente estático, esperando el siguiente movimiento.
—¿Qué le preocupa, ama Sophia? —arguye el anciano, ofreciéndome una taza de té. El vapor se eleva en espirales blancas.
Tomo la taza por educación, agradeciendo el gesto con un leve asentimiento. El calor de la porcelana no traspasa mi piel fría, pero lo aprecio. —No me gusta que me digas así, Mihai sabes que no me considero tu ama. Eres un viejo amigo, hasta podrías ser como mi abuelo sabio y consejero.
Aspiro la dulce fragancia de la infusión antes de tomar un poco. El líquido es caliente, un contraste con mi naturaleza. —Lucien debe llevar esto con calma. La señorita Campbell tiene mucho que procesar y no es bueno que él ejerza presión.
Mihai asiente está de acuerdo. Conozco la terquedad de los hombres de mi familia.
—Mi señora, pedirle calma a ese muchacho es como pedirle a una flor de amapola que florezca en invierno —agrega Mihai con una sonrisa cómplice estampada en su rostro arrugado.
Suelto una risilla suave. Sé que mi acompañante tiene toda la razón. Lucien es fuego y hielo, nunca tibieza.
—Anny aún duerme —murmuro, más para mí que para él.
—Él no se moverá de su lado hasta que la chica despierte...
—¡Mamá!
La puerta se abre de golpe. Una jovencita de largo cabello rubio miel entra como una tormenta. Los caireles caen sobre su espalda mientras se planta frente a mí. Sus ojos rubí me fulminan con una intensidad que solo la juventud posee.
—¿Es cierto que nos iremos de nuevo? —cuestiona, cruzándose de brazos. La defensividad tensea sus hombros.
—¿Qué te extraña, hija? —replico con mi habitual tono calmo, aunque por dentro siento un pinchazo de culpa.
Frena sus palabras. Es cierto. —Mi hogar no es este. Siempre hemos venido aquí para hacerle compañía al tío Lucien...
—Si me disculpan, yo me retiro —dice Mihai, tomando la charola. Sale de la estancia con un silencio discreto, dejándome a solas con mi hija. El clic de la puerta al cerrarse marca el inicio de la tensión real.
—¿Y bien, Setareh? —indago, devolviéndola a la realidad. Mi voz es suave, pero firme—. Aún espero tus razones para no volver a Roma. Ya no eres una niña y las últimas veces que hemos vuelto te quejas de lo aburrido que es Rumania ya no estás interesada en venir a ver a tu tío Lucien. ¿Realmente cuál es tu reclamo, pequeña?
Puedo ignorar muchas cosas, aún así eso no significa que no vea lo que ocurre a mi alrededor. Hace mucho noto ciertos cambios en ella. Un olor diferente en su ropa. Miradas furtivas.
Me pongo de pie. Este asunto debe resolverse cuanto antes. La sombra de mi cuerpo se alarga sobre la alfombra. —Setareh, te estoy dando la oportunidad de que tú misma hables, pequeña.
La chica da un par de pasos atrás. La valentía que minutos atrás le acompañaba se ha disipado en el aire, sustituida por el miedo a ser descubierta.
—¿Por qué siempre crees que escondo algo, madre? —gruñe la joven vampiresa, indignada. Sus colmillos asoman ligeramente, un reflejo de su estrés.
Camino a paso lento hasta llegar frente a frente con ella. El suelo no cruje bajo mis pies, le tomo del rostro acariciando sus mejillas. Están rosadas y cálidas, cualidades otorgadas por su lado humano que yo perdí hace siglos. El contraste de su temperatura contra mi palma fría es siempre un recordatorio de su vida.
—Te sugiero, hija mía ser más inteligente y no actuar solamente por impulso —comento, besando su frente. Su piel huele a rosas y peligro.
—¿De qué demonios hablas, madre? —dice la vampiresa, tratando de saber, o mejor dicho, de confirmar qué es aquello que sé. Su pulso se acelera bajo mis dedos.
—Setareh, no permitas que tus sentimientos llenen de neblina tu juicio hija mía. Si tu padre llega a saber lo que haces, créeme, esto no terminaría bien.
El silencio se vuelve pesado. Ella sabe que no hablo en vano. —¡Yo lo amo! —prorrumpé la altiva vampiresa. Al decir aquello, de inmediato descubre a qué me refería. Sus ojos se ensanchan—. Seré como papá y el tío Lucien a ellos no les importó enfrentarse al mundo con tal de defender su amor. ¿Por qué yo no puedo hacer lo mismo? —cuestiona Setareh con un dejo de altanería y reproche en su voz.
Quiero ayudar a mi hija es cierto, para mí y mi amado Dorian el ser diferentes no fue un obstáculo irrompible. Al contrario, fue una prueba más de amor, pero para Setareh la historia podría no terminar bien. El mundo ha cambiado, las reglas son más sangrientas ahora.
—Es un lobo, pequeña. Sabes lo que eso significa... —mi voz es un susurro grave.
—Sé perfectamente lo que eso significa, madre —refuta, dándome la espalda. Su cabello oscila con el movimiento brusco—. Su sangre es tibia como la mía, su tiempo al igual que el mío, aunque sea largo, tendrá un final y yo lo amo, madre. ¿Tan difícil es entender que amo a alguien sin importar lo que sea?
Sus palabras me golpean.
—Al tío Lucien no le hubiera importado de quién se había enamorado —susurra con voz rota—, lastimosamente, en nuestro clan rebosa la hipocresía y por cosas así reniega pertenecer a las Lunas Azules. Si para estar con quien amo debo dejar a mi familia atrás, entonces que así sea madre. Creí que me apoyarías, creí que al pasar por una situación parecida tendría tu ayuda.
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vampiros amor entre humanos y vampiros, reencarnación pasado tragico, amorpredestibado
Editado: 04.05.2026