Luna Carmesí

Capítulo 1: Una Noche Carmesí

Un frío glacial comenzó a entumecerme las extremidades, propagándose desde las yemas de mis dedos como una marea invisible.

Apenas podía sostenerme, pero me aferré con desesperación a ella, abrazando el cuerpo de quien no solo había sido mi compañera de aventuras, sino el verdadero amor de mi vida. Deseaba con todas mis fuerzas refugiarme en su presencia, pero ni siquiera su aroma dulce y familiar lograba llegar a mí; todo rastro de ella había sido sofocado por el sofocante y metálico olor a sudor y sangre que inundaba el aire.

Fue en ese instante de agonía cuando lo sentí.

Desde el centro de mi pecho, un fulgor helado me atravesó la carne. Miré hacia abajo con la visión borrosa y descubrí el metal frío de una daga clavada hasta el mango. De la herida no solo brotaba dolor: un hilo rojizo y denso descendía por el filo, goteando implacable hasta el suelo.

Un charco oscuro comenzó a extenderse sobre la piedra, creciendo segundo a segundo, devorando la poca vida que me quedaba bajo la sombra de la noche.

El Adios bajo la Luna de Sangre

El cielo no era negro, sino del color de la sangre seca. En lo alto, la luna carmesí bañaba con un resplandor macabro una ciudad reducida a ruinas, donde las llamas aún devoraban los esqueletos de madera y piedra. Aquel paisaje de desolación era el testigo mudo de una brutal contienda; una lucha encarnizada entre dos jóvenes amantes a quienes el capricho cruel del destino obligaba a separar sus caminos.

En el suelo, él yacía tendido sobre un lago sangriento que no dejaba de extenderse. A su lado, la muchacha —poseedora de una hermosura casi angelical— sentía cómo en ese preciso instante se le arrancaba la humanidad del pecho.

Aquel enfrentamiento la había dejado al borde del colapso. Con el cuerpo cubierto de laceraciones, la ropa rasgada y apenas capaz de mantenerse en pie, giró el rostro para dirigirle una última mirada dolorosa. Con el corazón hecho pedazos, dio sus primeros pasos lejos de él.

Sin embargo, apenas avanzó un par de metros antes de tropezar y caer torpemente sobre los adoquines. La mezcla espesa de lágrimas y sangre nublaba por completo su visión.

Apretando los puños contra la tierra helada, alzó el rostro hacia la luna carmesí y lanzó un grito ensordecedor. Era un alarido cargado de ira, agonía y desesperación; el lamento desgarrador de alguien que sabía que acababa de perder lo más importante de su vida.

Sosteniendo la respiración entre sollozos, usó las pocas fuerzas que le quedaban para rasgar un trozo de tela de su vestimenta desgastada. Se limpió toscamente la sangre y las lágrimas del rostro y, con gesto tembloroso pero decidido, se ató el fragmento de tela como un cubreboca improvisado.

A partir de ese instante, la calidez había muerto en ella. Apoyándose tambaleante contra las paredes agrietadas y humeantes, se internó en la penumbra, desapareciendo en la noche.

Las Sombras del Gremio

Apenas el eco de sus pasos se extinguió en la distancia, la pesadez del aire fue rota por el crujido de botas de hierro sobre los escombros.

De entre la humareda emergió una figura imponente: el Maestro del Gremio. A sus 35 años, sus 1.80 metros de estatura y su complexión atlética dominaban el paisaje desolado. Su armadura de paladín —una deslumbrante combinación de placas blancas, acentos azules y finos bordados dorados— resplandecía impoluta entre las cenizas. Su largo cabello rubio caía con elegancia sobre sus hombros, mientras sus fríos ojos verdes examinaban el cuerpo caído en el suelo.

Detrás de él, con un andar pausado y distante, aguardaba la joven alquimista. Con 23 años, su silueta delgada y su postura rozaban una altanería natural. Vestía un atuendo impecable en tonos café, blanco y dorado, con un cinturón repleto de viales de vidrio que resonaban suavemente con cada paso. Su cabello castaño claro, peinado en un delicado semi-recogido ondulado, no tenía un solo hilo fuera de lugar.

Sus intensos ojos verdes observaron el reguero de sangre con desdén.

—Llegas tarde, Maestro —dijo ella con voz dulce pero teñida de frialdad, acomodándose un mechón de cabello con absoluta compostura—. La tragedia ya ha consumado su primer acto.

El Maestro del Gremio apoyó la mano en el pomo de su enorme espadón y contempló al muchacho inerte. Una sonrisa tenue y enigmática se dibujó en sus labios.

—No llegamos tarde, querida mía —respondió con voz grave—. Llegamos exactamente cuando el destino exigía nuestra presencia.




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