Luna de Hierro

Capitulo 6

CAPÍTULO 6

La Marca que Despierta

El Norte no dormía.

Solo esperaba.

En las montañas nevadas del territorio Vargr, el viento golpeaba las murallas de piedra como si intentara advertir algo que aún no tenía nombre.

En el centro de la fortaleza, bajo la cúpula abierta al cielo, el Trono de Huesos permanecía inmóvil.

Y sobre él…

Varkon Draven

El Alfa Supremo mantenía los ojos cerrados.

El Pulso Lunar fluía a través de los canales rituales grabados en la piedra. Las vetas rojizas en su piel brillaban con intensidad controlada. Durante años, aquella energía había respondido solo a su voluntad.

Era dominio absoluto.

Era orden.

Era sangre.

Pero esa noche…

Algo falló.

Una vibración irregular recorrió el suelo.

Leve.

Pero imposible de ignorar.

Sus ojos ámbar se abrieron de golpe.

El brillo rojizo en su pecho titiló como una llama azotada por viento invisible.

—Imposible… —murmuró.

Extendió la mano y canalizó el Pulso con mayor fuerza. La energía respondió… pero con resistencia.

Como si otro latido estuviera interfiriendo.

No era ataque directo.

Era resonancia.

Y solo existía una sangre capaz de provocar eso.

Kaela Dravik.

La hija de la Luna Negra.

El error que había subestimado.

La cicatriz en su hombro izquierdo ardió al otro extremo del territorio.

Bosque del Este — Territorio Kael’Thar

Kaela cayó de rodillas.

No por debilidad.

Por impacto.

La Marca Lunar en su hombro izquierdo comenzó a brillar con un resplandor rojizo intenso, atravesando la tela de su ropa como si fuera fuego bajo la piel.

Aren fue el primero en acercarse.

—Kaela.

Ella levantó la mano, indicándole que no la tocara.

El Pulso no era dolor.

Era expansión.

La energía no solo fluía desde la tierra.

Fluía desde ella.

Su cabello negro reflejó destellos plateados bajo la luna. Sus ojos, normalmente gris acerado, comenzaron a teñirse de rojo.

No por ira.

Por despertar.

Los miembros de la Alianza de las Sombras sintieron el cambio como una ola silenciosa que los atravesaba.

Empatía de manada.

Kaela no solo canalizaba poder.

Lo compartía.

El bosque respondió.

Las hojas vibraron.

El agua del arroyo cercano onduló sin viento.

—Él lo siente —susurró Kaela, con la voz más grave, más profunda.

Aren entendió de inmediato a quién se refería.

—¿Varkon?

Ella asintió.

—Intentó reforzar el control.

Respiró con dificultad un segundo… y luego sonrió.

—Pero el Pulso no le pertenece.

En las montañas del Norte, Varkon apretó los dientes.

Porque por primera vez en décadas…

No pudo imponer Dominio Alfa sobre la energía.

La Marca Lunar era antigua.

Más antigua que su linaje.

Y estaba despertando.

Fortaleza del Norte — Vargr

El consejo interno de Varkon se reunió con urgencia.

—El flujo del Pulso disminuyó en dos nodos —informó uno de los ancianos ritualistas—. Especialmente en el Este.

Varkon se levantó del Trono de Huesos lentamente.

Cada movimiento suyo imponía silencio.

—No disminuyó —corrigió con voz fría—. Fue desviado.

El nombre no necesitaba ser pronunciado.

Todos sabían.

Kaela.

La heredera que debía haber muerto en el exilio.

—¿Ordena eliminación directa? —preguntó un comandante Vargr.

Los ojos ámbar del Alfa Supremo brillaron con intensidad peligrosa.

—No.

Se giró hacia la ventana abierta donde la Luna Creciente comenzaba a elevarse.

—Si la matamos ahora… la convertimos en profecía cumplida.

Eso los inquietó más que cualquier grito.

—Entonces…

—La quebramos.

Su voz descendió a un tono casi íntimo.

—Rompan sus alianzas. Siémbrenles dudas. Ataquen a los más débiles. Que su empatía se convierta en carga.

Esa era la diferencia entre Kaela y Varkon.

Ella sentía el dolor de los suyos.

Él lo utilizaba.

Bosque del Este — Más tarde

La energía finalmente se estabilizó.

Kaela se puso de pie lentamente.

Su respiración volvió a la normalidad, pero sus ojos aún conservaban un tenue rojo en el iris.

—Ya no es solo político —dijo.

Aren la miró con gravedad.

—Lo sé.

—Es espiritual.

Y eso cambiaba todo.

Si el Pulso comenzaba a dividirse en lealtad, las manadas tendrían que elegir no solo liderazgo… sino resonancia.

Kaela caminó hacia el claro.

La Luna Creciente iluminó la franja plateada que recorría su lomo cuando permitió que la forma lupina emergiera parcialmente.

Control total.

Transformación sin pérdida de conciencia.

Sus garras tocaron la tierra.

El Pulso respondió.

No como arma.

Como eco.

En algún punto del Paso Gris…

El Heredero Gris levantó la cabeza.

También lo sintió.

No como Varkon.

No como ritual.

Sino como llamada.

Y comprendió algo que el Consejo aún no veía:

Si Kaela lograba que el Pulso respondiera a elección y no a imposición…

El viejo orden no tendría cómo sostenerse.

Kaela volvió a su forma humana lentamente.

Miró hacia el Norte.

Su voz fue firme.

Clara.

La frase que la había definido desde el exilio.

—De la oscuridad nace la fuerza. De la herida, el poder.

El viento se elevó.

La Marca brilló una vez más.

Y en las montañas nevadas, el Alfa Supremo comprendió algo que jamás creyó posible:

No estaba enfrentando solo una rebelde.

Estaba enfrentando a una heredera legítima.

La guerra por territorio había terminado.

Ahora comenzaba la guerra por el Trono de Luna.




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