La ciudad de Seúl respiraba bajo un manto de neón y antigua magia. Para la mayoría, era el bullicio de los coches, el resplandor de las pantallas y el aroma a café y kimchi. Para Kim Yuna, era una sinfonía de energías superpuestas. Desde su pequeño taller en el distrito de Hongdae, podía sentir el pulso de los viejos santuarios, la estática de los hechizos de los estudiantes y, siempre, la profunda y aterradora vibración de algo más antiguo, encerrado bajo las calles de la ciudad.
Esa noche, el aroma a madera de sándalo y tinta de dragón que impregnaba su taller era su único consuelo. Con manos temblorosas pero firmes, sostenía un disco de jade agrietado. Sus dedos, manchados de polvo de siglos, trazaban los surcos de un hechizo de protección olvidado, susurrando las palabras en un coreano antiguo que apenas recordaba. El artefacto zumbó, una calidez reconfortante que se extendió por su brazo. Era su trabajo, su pasión y su maldición.
«Tranquila, Yuna… solo unos minutos más», se reprendió a sí misma. Su cuerpo estaba rígido, el sudor perlaba su frente no solo por la concentración, sino por el esfuerzo constante por contener el fuego que llevaba dentro. El poder de la Llama Lunar era una prisión de calor y luz dentro de su pecho, un recordatorio constante de que no era una simple restauradora. Era un arma sin seguro.
De repente, un crujido metálico en la puerta de la calle la sobresaltó. Su instinto, forjado en años de soledad y peligro, se disparó. El calor en su pecho se intensificó. Dejó el disco de jade y se giró lentamente, su vista escudriñando la oscuridad más allá de la luz de su lámpara de trabajo.
No fue un cliente. La puerta se desintegró en una lluvia de astillas incandescentes, y una figura encapuchada irrumpió con una velocidad antinatural. Tras él, dos más.
«¡La Guardiana!», gruñó una voz distorsionada. «El Círculo Negro la reclamará».
No hubo tiempo para preguntas. Solo para la acción. Yuna giró sobre sus talones, pero no para huir. Extendió su mano y la madera de su escritorio voló hacia los atacantes en una onda de energía telequinética. Una cortina de fuego verde y aceitoso, un hechizo prohibido, brotó de la mano del primer intruso, incendiando las estanterías. Los pergaminos antiguos y los libros de conjuros estallaron en llamas.
El calor de la hoguera se mezcló con el infierno interior. Un dolor agudo, como un puñal de energía, se retorció en su pecho. No podía liberar el poder, no sin riesgo de arrasar toda la manzana. Pero no podía contenerlo para siempre.
Luchó con ferocidad, usando su conocimiento del taller como un arma. Liberó un frasco de veneno de gorgona que hizo caer a uno de los atacantes. Pero eran tres, y eran poderosos. El olor a carne quemada (la suya) llenó el aire cuando uno de sus brazos fue alcanzado por una ráfaga de energía oscura.
«¡Ríndete, perra!», siseó el líder, alzando una daga que parecía absorber la luz.
Atrapada, acorralada, con su taller en llamas y su vida escapándose entre sus dedos, Yuna tomó la única decisión posible. La desesperación superó al miedo. Su mano libre buscó bajo el mostrador, rozando el frío metal de un medallón de oro grabado con siete dragones entrelazados. Era un símbolo, un nombre en el submundo mágico. Un último recurso.
Con el aliento entrecortado, apretó el medallón hasta que el borde le cortó la palma de la mano. La sangre caliente, cargada de su magia de Guardiana, empapó el metal. Mientras el atacante se abalanzaba sobre ella, Yuna se obligó a pronunciar la palabra de poder, un nombre prohibido que era a la vez una súplica y un conjuro.
«¡Siete Dragones! ¡Moonlight! ¡Protejanme!»
Un estallido de luz plateada y dorada la envolvió, tan cegador que los atacantes retrocedieron cegados. Las llamas verdes se apagaron en su presencia, y el viento, un viento que no venía de la calle, arremolinó las cenizas. Cuando la luz se desvaneció, Yuna había desaparecido, dejando solo un charco de sangre humeante en el suelo de su taller destruido. La última visión que tuvo, antes de que el dolor y el cansancio la vencieran, fue de siete imponentes siluetas recortadas contra un cielo nocturno artificial, y de un par de ojos que brillaban con la luz de la luna y el hambre de la caza.
Había invocado a los monstruos. Y ahora, tendría que aprender a vivir con ellos.
Editado: 08.08.2026