Kim Namjoon observó a la mujer desde la penumbra de la sala de juramentos, sus dedos rozando el borde de mármol negro de la mesa central. La estancia era un círculo perfecto de treinta metros de diámetro, con paredes de obsidiana pulida que reflejaban la luz de las velas flotantes como un cielo nocturno invertido. Siete asientos de piedra, tallados con los emblemas de cada dragón, rodeaban la mesa. En el centro, un mapa de la ciudad de Seúl grabado en plata líquida brillaba con un pulso tenue, sincronizado con los latidos mágicos de la metrópoli.
Yuna estaba sentada en uno de los asientos, sus manos esposadas a los brazos del trono con grilletes de plata encantada. Había sido una precaución necesaria. Cuando despertó, su poder había estallado en un oleada de calor y luz que fundió dos de los paneles de contención y dejó a Hoseok con quemaduras de primer grado en los antebrazos. El piromante lo había tomado con una sonrisa, pero Namjoon no era tan optimista.
La Guardiana los miraba con ojos que ardían de furia y miedo. Su cabello, aún despeinado por el ataque, caía en ondas oscuras sobre sus hombros. Su rostro, pálido y cubierto de finas líneas de fatiga, estaba manchado de hollín y sangre seca. Pero incluso en su estado vulnerable, irradiaba una dignidad feroz que Namjoon no pudo evitar admirar.
— Sé quiénes son — dijo Yuna, su voz ronca pero firme.
— Los Siete Dragones de la Luna de Jade. Los dueños del submundo mágico de Seúl. Los que cobran favores con sangre y miedo —
— Te sorprendería saber lo equivocada que estás en algunos aspectos — respondió Namjoon, dando un paso hacia ella.
— Y terriblemente acertada en otros —
— No me interesan sus juegos de palabras. ¿Por qué me trajeron aquí? —
Una risa suave, como el tintineo de campanas de cristal, resonó desde la entrada. Kim Seokjin entró en la sala con pasos gráciles, sus ropas de seda negra y dorada fluyendo a su alrededor como una extensión de su propia elegancia. Sus ojos, cálidos y astutos, se posaron en Yuna con una mezcla de curiosidad y diversión.
— Porque nos llamaste, pequeña llama — dijo Jin, inclinándose en una reverencia teatral.
— El medallón que activaste es un vínculo de sangre. Lo posees porque tu linaje de Guardiana lo ha llevado durante mil años. Y cuando lo activas, nos convocas. No podemos ignorarlo —
— No sabía que funcionaba — admitió Yuna, su voz temblorosa.
— Era un último recurso. Un talismán de mi tutora. Ella me dijo que solo lo usara si mi vida estaba en peligro —
— Y lo estaba — intervino una voz desde la sombra de la columna más alejada.
Jungkook emergió de la oscuridad como una figura de pesadilla. Sus ojos, oscuros y penetrantes, escudriñaron a Yuna con una intensidad que hizo que la joven se tensara visiblemente. El híbrido se movía con una gracia felina, cada músculo de su cuerpo preparado para atacar o defenderse. Namjoon notó cómo las esposas de Yuna brillaban débilmente, reaccionando a la presencia del más peligroso de los hermanos.
— Si no nos hubieras llamado, ahora estarías muerta — continuó Jungkook, su voz un susurro áspero.
— O peor. El Círculo Negro no se detiene ante nada para conseguir lo que quiere. Y tú... tú eres lo que quieren —
— ¿Y ustedes? — preguntó Yuna, levantando la barbilla con un desafío que hizo que los labios de Jungkook se curvaran en una sonrisa peligrosa.
— ¿Qué quieren ustedes de mí? —
Namjoon dio un paso adelante, interponiéndose entre la mirada depredadora de Jungkook y la vulnerabilidad de la Guardiana. No era el momento para que el instinto de caza de su hermano menor tomara el control.
— Queremos protegerte — dijo, su voz calmada y autoritaria.
— Es nuestro juramento. Desde el momento en que activaste el medallón, te convertiste en nuestra responsabilidad. Pero la protección tiene un precio —
Yuna lo miró fijamente, sus ojos oscuros buscando cualquier señal de engaño en su rostro. Namjoon sostuvo su mirada sin parpadear. Había visto a muchos mentir y traicionar en sus años como estratega de los Siete Dragones. Pero él siempre había sido honesto con aquellos que merecían la verdad. Y Yuna, a pesar de todo, la merecía.
— Estoy escuchando — dijo finalmente.
— Hay un contrato — explicó Namjoon, moviendo su mano sobre la mesa central. La plata líquida del mapa se elevó, formando un pergamino de luz que flotó en el aire frente a Yuna. Letras antiguas, en el idioma de los primeros Guardianes, comenzaron a escribirse solas en la superficie brillante.
— Un acuerdo vinculante que hemos utilizado durante siglos con los Guardianes de la Llama Lunar. Tú nos ofreces tus servicios como restauradora de artefactos mágicos. Tu talento es único, Yuna. Solo alguien con tu linaje puede manipular ciertos objetos sin destruirlos. Nos ayudas a descifrar y controlar las armas y reliquias que el Círculo Negro intenta robar. A cambio, te ofrecemos protección. Techo, comida, seguridad. Te convertimos en una de los nuestros.
Yuna leyó las palabras que parpadeaban en el aire, sus ojos moviéndose rápidamente sobre el texto. Luego, su expresión se endureció.
— Esto dice que el acuerdo debe ser sellado con un ritual de sangre — dijo, su voz peligrosamente calmada.
Editado: 08.08.2026