Los días siguientes en la fortaleza fueron de una calma extraña, como la que sigue a una tormenta perfecta. La batalla contra la sombra había dejado cicatrices visibles e invisibles en todos ellos, pero también había forjado lazos que ninguno de los Siete Dragones había experimentado antes. Yuna, en particular, se movía entre ellos como un hilo de luz que tejía sus corazones en una red de confianza y afecto.
Una tarde, mientras el sol se ponía sobre Seúl, Yuna encontró a Kaelen en el jardín de cristal. El antiguo guardián estaba sentado junto a la fuente, sus dedos rozando la superficie del agua con una expresión pensativa.
— ¿Puedo sentarme? — preguntó Yuna, su voz suave.
Kaelen levantó la mirada y asintió, un gesto apenas perceptible.
— Este lugar es hermoso — dijo Yuna, sentándose a su lado.
— Me recuerda a los jardines de los templos antiguos que mi tutora me llevaba a ver cuando era niña —
— Es el único lugar de la fortaleza donde la luz y la sombra coexisten en armonía — respondió Kaelen.
— Tal vez por eso me atrae tanto. He pasado tanto tiempo en la oscuridad que necesito recordar lo que es la luz —
Yuna lo miró fijamente, sus ojos brillando con una mezcla de curiosidad y compasión.
— ¿Cómo es estar atado a la Entidad durante siglos? —
Kaelen se quedó en silencio por un momento, sus dedos aún trazando círculos en el agua.
— Es como estar atrapado en un sueño que no termina — dijo finalmente.
— Ves el mundo a tu alrededor, pero no puedes tocarlo. Sientes el dolor y el miedo de los demás, pero no puedes hacer nada para aliviarlo. Y en el centro de todo, hay una voz que te susurra que todo es inútil. Que la oscuridad siempre ganará —
— Pero no ganó — dijo Yuna, su voz firme.
— Estás aquí. Libre —
Kaelen sonrió, y por primera vez, Yuna vio en sus ojos un destello de esperanza.
— Sí — respondió.
— Estoy aquí. Gracias a todos ustedes —
— Y siempre estarás aquí — dijo una voz desde la entrada.
Ambos se giraron para ver a Jungkook, apoyado contra el marco de la puerta con una sonrisa cálida. Detrás de él, los otros dragones comenzaban a llegar, trayendo consigo el aroma de la cena preparada por Hoseok y el sonido de las risas de Jimin.
— Hemos decidido que esta noche es una noche de celebración — dijo Jin, entrando con una botella de vino luminiscente.
— La primera de muchas —
— ¿Celebración? — preguntó Kaelen, su voz teñida de incredulidad.
— ¿De qué? —
— De la vida — respondió Hoseok, sonriendo.
— De la victoria. De tenerte aquí, con nosotros. De tener a Yuna aquí, con nosotros. De ser una familia —
Kaelen los miró a todos, sus ojos recorriendo los rostros de los dragones. Y luego, lentamente, una sonrisa genuina curvó sus labios.
— No sé si merezco esto — dijo.
— No sé si merezco ser parte de una familia —
— No se trata de merecer — respondió Namjoon, acercándose.
— Se trata de elegir. Y nosotros te hemos elegido, Kaelen. Como elegimos a Yuna. Como nos elegimos unos a otros —
— Y elegimos estar juntos — añadió Yoongi, su voz plana pero con un destello de emoción.
— Siempre —
Kaelen sintió cómo las lágrimas comenzaban a brotar de sus ojos. No había llorado en siglos, pero las palabras de los dragones habían derribado las barreras que había construido.
— Gracias — susurró.
— No sé qué decir —
— No tienes que decir nada — respondió Jimin, poniendo una mano sobre su hombro.
— Solo tienes que estar aquí —
La celebración que siguió fue modesta pero llena de calidez. Se sentaron alrededor de la fuente en el jardín de cristal, compartiendo vino y risas, historias de batallas pasadas y anécdotas que hicieron que todos se doblaran de la risa.
Yuna observaba a los dragones, sintiendo cómo el vínculo latía en su pecho como un corazón compartido. Había momentos en los que aún le parecía increíble que estuviera allí, rodeada por estos siete hombres que habían cambiado su vida.
— ¿En qué piensas? — preguntó Jungkook, sentándose a su lado.
— En lo afortunada que soy — respondió Yuna.
— En lo mucho que han cambiado mi vida. En lo mucho que significan para mí —
Jungkook tomó su mano y la apretó suavemente.
— Y tú has cambiado nuestras vidas, Yuna — dijo.
— Antes de que llegaras, estábamos divididos. Unidos por un juramento, pero separados por nuestras propias sombras. Tú nos enseñaste a confiar, a amar, a ser una verdadera familia —
— No hice nada — dijo Yuna, negando con la cabeza.
— Solo estuve aquí —
Editado: 08.08.2026