La noche de juegos en el jardín de cristal había sido un éxito rotundo, pero también había sembrado una semilla en el corazón de Yoongi. Durante siglos, la música había sido su refugio, una forma de expresar lo que las palabras no podían alcanzar. Pero nunca había compartido esa parte de sí mismo con los demás, ni siquiera con sus hermanos. La noche de juegos, sin embargo, le había recordado que la vida no era solo batallas y estrategias. También era risas, momentos compartidos y, quizás, la oportunidad de abrir puertas que había mantenido cerradas durante demasiado tiempo.
Una tarde, mientras la luz del otoño se filtraba a través de las ventanas de obsidiana, Yoongi se dirigió a la sala de música. Era un lugar amplio y acogedor, con paredes de madera oscura y un piano de cola que había pertenecido a los antiguos dragones. Se sentó frente al teclado, sus dedos rozando las teclas con una familiaridad que trascendía los siglos.
— No sabía que tocabas — dijo una voz desde la entrada.
Yoongi levantó la mirada y vio a Yuna, apoyada contra el marco de la puerta, su rostro iluminado por una sonrisa curiosa.
— No es algo que haya compartido con muchos — respondió Yoongi, su voz plana pero con un matiz de vulnerabilidad.
— Es mi refugio —
— ¿Puedo quedarme? — preguntó Yuna.
— No tengo que hablar. Solo quiero escuchar —
Yoongi dudó por un instante. Su música era una parte de él que siempre había mantenido oculta, una ventana a su alma que nunca había abierto del todo. Pero Yuna era diferente. Con ella, las barreras que había construido parecían desvanecerse.
— Siéntate — dijo finalmente.
— Pero prométeme que no te reirás —
— Nunca me reiría de ti — respondió Yuna, sentándose en un sillón cercano.
— Prometido —
Yoongi tomó un respiro profundo y comenzó a tocar. La melodía que surgió del piano era suave y melancólica, una canción que hablaba de soledad y de la búsqueda de la luz en la oscuridad. Sus dedos se movían con una precisión que solo podía venir de siglos de práctica, y cada nota parecía contar una historia que las palabras no podían expresar.
Yuna cerró los ojos y se dejó llevar por la música. No era solo una canción. Era la historia de Yoongi, su viaje desde la oscuridad hacia la luz, desde el aislamiento hacia la conexión. Cuando la melodía llegó a su fin, Yuna abrió los ojos y lo miró, sus ojos brillando con lágrimas de emoción.
— Eso fue hermoso — susurró.
— No sabía que llevabas tanta música dentro —
— Nunca había tenido a nadie con quien compartirla — respondió Yoongi, su voz más suave de lo habitual.
— Pero contigo, siento que puedo —
Yuna se levantó y caminó hacia él, posando su mano sobre su hombro.
— Puedes compartirla conmigo siempre que quieras — dijo.
— Y con los demás, si alguna vez te sientes listo —
Yoongi la miró, y por primera vez, una sonrisa genuina iluminó su rostro.
— Tal vez algún día — dijo.
— Pero por ahora, quiero tocar para ti. Solo para ti —
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Esa noche, durante la cena, Yoongi sorprendió a todos con una oferta inesperada.
— He estado pensando — dijo, su voz plana pero con un destello de emoción.
— En que hemos compartido muchas cosas. Batallas, rituales, momentos de risa. Pero hay una parte de mí que nunca he compartido con nadie. Mi música —
Los dragones lo miraron con sorpresa. Jin fue el primero en hablar, su voz llena de curiosidad.
— ¿Tocas música, Yoongi? —
— Desde hace siglos — respondió Yoongi.
— Pero nunca he tenido el valor de compartirlo. Hasta ahora —
— ¿Qué te hizo cambiar de opinión? — preguntó Hoseok, su voz suave.
Yoongi miró a Yuna, y una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios.
— Alguien me recordó que la vida no es solo batallas y estrategias. También es momentos compartidos. Y quiero compartir esto con todos ustedes —
Los dragones intercambiaron miradas de sorpresa y emoción, y luego, uno a uno, asintieron.
— Entonces muéstranos — dijo Jimin, su voz llena de entusiasmo.
— Muéstranos tu música —
Yoongi los llevó a la sala de música y se sentó frente al piano. Por un momento, dudó. Pero luego, sintió la presencia de Yuna a su lado, su mano sobre su hombro, su energía cálida y tranquilizadora.
— Toca — susurró ella.
— Toca para todos nosotros —
Yoongi tomó un respiro profundo y comenzó a tocar. La melodía que surgió del piano era diferente a la que había compartido con Yuna. Era más luminosa, más esperanzadora, como un amanecer después de una larga noche. Los dragones lo escucharon en silencio, sus corazones llenos de una emoción que trascendía las palabras.
Cuando la melodía llegó a su fin, el silencio se extendió por la sala. Y luego, estallaron los aplausos.
Editado: 08.08.2026