Luna de miel, diamantes y cadáver

Capítulo 40. El giro que no esperé

Daniel

El jefe de policía apareció en el pasillo con el uniforme empapado y el pelo aplastado por el gorro que acababa de quitarse; afuera debía de estar cayendo un diluvio. Su rostro llevaba esa expresión peculiar que solo tienen los hombres que acaban de ver algo que no querían ver… o que no han encontrado lo que estaban seguros de encontrar.

Se acercó a nosotros con pasos firmes, pero sin prisa. Eso ya era mala señal.

—Señor Vainberg —dijo, mirándome primero—. Señora Vainberg —añadió, inclinando la cabeza hacia Rosa, que acababa de volver de la resonancia y aún tenía los ojos un poco nublados.

Sentí cómo ella se tensaba a mi lado.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

El jefe respiró hondo. Ese tipo de respiración que prepara el terreno para una frase que no te va a gustar.

—Hemos sacado el vehículo del agua —dijo.

Rosa tragó saliva. Yo apreté los dientes.

—¿Y…? —insistí.

El jefe nos sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

—No había ningún cadáver dentro.

El silencio cayó como un bloque de cemento.

Rosa abrió los ojos, sorprendida. Yo sentí un latigazo en el estómago.

—¿Cómo que no había nadie? —pregunté, sin poder evitarlo.

—El coche estaba vacío —repitió el jefe—. El cinturón del conductor sin usar. La puerta del lado izquierdo ligeramente abierta. No sabemos si por el impacto… o porque alguien salió antes de que el vehículo se hundiera.

Rosa se llevó una mano a la boca.

—Entonces… ¿está vivo? —susurró.

El jefe no respondió enseguida.

—No podemos confirmarlo —dijo al fin—. Pero tampoco podemos descartarlo.

El pasillo pareció estrecharse. El aire se volvió más denso, más pesado.

—¿Y el collar? —preguntó Rosa, con un hilo de voz.

El jefe negó lentamente.

—Tampoco estaba en el coche.

Rosa cerró los ojos. Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Hemos revisado el interior, el maletero, los alrededores del punto de caída —continuó—. Nada. Ni rastro del collar. Ni rastro del sospechoso.

Se aclaró la garganta.

—Por lo tanto —dijo, con ese tono burocrático que intenta sonar amable—, la señora Vainberg no puede abandonar la isla todavía. Es la única testigo directa. Y mientras no sepamos si el sospechoso está vivo, muerto o escondido, necesitamos que permanezca disponible.

Rosa asintió muy despacio. Me miró. Y en sus ojos vi algo que no había visto desde que empezó todo: miedo verdadero. Sentí cómo mi pecho se cerraba.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—No lo sabemos —respondió el jefe—. Podrían ser horas. Podrían ser días. Depende de lo que encontremos en la costa, en el fondo del mar… o en tierra.

Rosa apretó mi mano. Yo la apreté de vuelta.

—Si el sospechoso salió del coche antes de que se hundiera —añadió el jefe, más grave—, podría estar herido… o podría estar huyendo. En cualquier caso, no podemos permitir que ustedes se marchen hasta que tengamos respuestas claras.

Nos miró a los dos, como si quisiera medir nuestra reacción.

—Lo siento —dijo—. Sé que no es lo que querían oír.

Y se marchó por el pasillo, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que el coche que acababan de sacar del mar.

Rosa apoyó la frente en mi hombro.

—Daniel… —susurró—. Esto no ha terminado.

Yo ya había tomado una decisión. Una decisión que llevaba días evitándome, rodeándome, respirándome en la nuca como un animal paciente.

Decir la verdad.

Abrir la boca y dejar que todo saliera: Miguel, el golpe, el mar, la caída, mi culpa. Estaba listo. O eso me repetía para no temblar.

Sentí el peso de las palabras acumulándose en la garganta, un nudo que por fin se disponía a soltarse. Rosa estaba a mi lado, apoyada en la pared, todavía pálida por la resonancia, pero con esa mirada suya que siempre ve más de lo que digo.

—Daniel —susurró—. ¿Qué piensas a hacer?

Tragué saliva. Era ahora. Era el momento.

—Rosa… no puedo más. Lo siento, cariño, pero no podré vivir con este peso.

Ella frunció el ceño, preocupada.

—¿Estás loco? —preguntó, bajando la voz—. ¿Y si está muerto y pronto encuentran su cadáver? Nadie sabrá nada.

Respiré hondo. Sentí el vértigo de quien está a punto de saltar desde un acantilado.

—¿Y si encuentran a Miguel? —añadí—. Te olvidas de que él cayó al mar cuando el crucero estaba en esta isla, en el puerto.

—Pero…

—No, mi amor. No puedo seguir así. Voy a buscar al jefe de policía y le confieso todo —dije seriamente. Y, sonriendo apenas, añadí—: Menos tu espectáculo en la playa. Así que permitirán salir de aquí.

Ella me fulminó con la mirada, pero no tuvo tiempo de responder.

Porque justo cuando iba a levantarme, cuando ya sentía valor y ganas de acabar con toda esta pesadilla, la televisión del pasillo cambió de imagen.

El sonido subió de golpe, como si el destino hubiera decidido interrumpirme con un codazo.

Rosa y yo giramos la cabeza al mismo tiempo.

Un presentador hablaba con voz urgente. Un rótulo rojo parpadeaba en la esquina inferior derecha. Un vídeo tembloroso grabado desde un móvil apareció en la pantalla.

Y entonces lo vi.

El crucero. Nuestro crucero. Inmenso, inclinado, golpeado por un temporal que no habíamos visto venir. Encallado contra un arrecife como un animal herido.

—No… —susurré sin darme cuenta.

La cámara hizo zoom. Mostraba a los pasajeros corriendo por la cubierta, empapados, gritando, intentando subir a los botes salvavidas.

Y entre ellos…

Miguel.

Miguel, con su cara de susto. Con su chaqueta empapada. Con esa expresión de “yo no debería estar aquí”. Vivo. Apartando a una mujer con un perrito histérico para meterse él primero en el bote salvavidas.

Sentí cómo el suelo se me movía bajo los pies. Como si el hospital entero se inclinara igual que el barco en la pantalla.




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