Rosa
La pequeña comisaría olía a humedad, a sudor rancio mesclado con una colonia barata. El diluvio golpeaba el tejado como si quisiera arrancarlo de cuajo. Daniel caminaba a mi lado en silencio, todavía con esa expresión de hombre que ha visto un fantasma… y el fantasma le ha devuelto el saludo.
Yo, en cambio, sentía algo parecido a una calma nerviosa. No porque tuviera miedo. Sino porque mentalmente repasaba toda mi próxima declaración, intentando atar todos los cabos sueltos y que mis afirmaciones sonabas muy creíbles y provocarían menos preguntas incomodas.
El jefe de policía nos esperaba en una sala pequeña, con paredes amarillentas y una mesa metálica que había visto demasiadas historias. Tenía el uniforme ya cambiado y el ceño fruncido, como si el temporal le hubiera arruinado más que el día.
—Señora Vainberg —dijo, señalando la silla frente a él—. El agente me dijo que recordó algo importante.
—Sí —respondí, sentándome—. Y creo que es mejor que lo escuche cuanto antes.
Daniel se quedó de pie detrás de mí. No porque se lo pedí. Porque necesitaba estar ahí. Y yo necesitaba sentirlo cerca.
El jefe encendió la grabadora.
—Bien. Empecemos. ¿Puede decirme qué ha recordado exactamente?
Respiré hondo. No para calmarme. Para ordenar las piezas.
—He recordado… un detalle sobre el hombre que me atacó —dije despacio—. No cómo lo hizo. Eso sigue borroso. El médico del hospital dijo que es normal con los traumas cerebrales. Pero recordé algo más… algo que no era la primera vez.
El jefe se inclinó hacia adelante, alerta.
—¿Qué cosa?
—Cuando estuve en el hospital, un médico me reconoció —respondí.
—¿Cómo? —exclamó el jefe, sorprendido.
—Hace dos días tuvimos que bajar del crucero e ir al hospital por un ataque de ansiedad de mi marido. Y todo eso ocurrió por culpa de ese hombre. Se llama Adrián.
Los ojos del jefe se abrieron y se posaron en Daniel con una sospecha casi ofensiva. Claro: en su cabeza, un excampeón de boxeo no tenía derecho a tener ansiedad.
—¿Está segura? —preguntó.
—Es que tengo un problema de corazón —intervino Daniel con una calma que me sorprendió—. Cualquier susto fuerte me provoca taquicardia.
—¿Y qué susto le llevó a ese estado? —insistió el jefe, aún incrédulo.
—Encontrar un cadáver en mi cama —respondió Daniel.
—¿Cómo? —el policía casi se atragantó con la palabra.
—En realidad no era un cadáver —aclaré—. Solo estaba desmayado. Pero nosotros no lo sabíamos.
El jefe levantó una mano.
—Esperen, por favor. Explíquenme todo desde ese momento. Con detalles.
Me acomodé mejor en la silla y le conté la historia mejorada, desde la cena de gala hasta la desaparición del cuerpo de Adrián y de mi collar. No mentí. Solo organicé la verdad de forma útil.
—Le juro que quería avisar al capitán o a cualquier autoridad del crucero —dije—, pero no tuve tiempo. Daniel empezó a ahogarse y tuve que salvar a mi marido primero.
—¿Y por qué no avisó a nadie en el hospital? —preguntó el jefe.
—Porque pensaba volver al crucero —respondí—. Pero ocurrió un imprevisto.
—¿Qué imprevisto?
—Cuando salí del hospital, con Daniel sedado por la medicación, cogí un taxi para volver al puerto. Pero no era un taxi. Era Adrián. Creo que entendió que íbamos a testificar contra él y desmantelar la mafia que opera en ese crucero. Quería matarnos. Tenía un arma.
El jefe entrecerró los ojos.
—¿Está segura?
—Tan segura como puedo estar después de un golpe en la cabeza —respondí—. Pero sí. Ese detalle lo recuerdo. Entré en pánico. No sé cómo llegué al volante ni cómo giré. Solo recuerdo un golpe. Adrián quedó inconsciente unos segundos… y de la guantera cayó mi collar. Lo cogí.
Sentí la mirada de Daniel desde atrás. Sabía que no estaba mintiendo. Sabía que tampoco estaba diciendo toda la verdad. Sabía que estaba haciendo lo que había que hacer.
—¿Y usted, señor Vainberg? ¿Qué hacía en ese momento? —preguntó el jefe.
—No recuerdo muy bien —dijo Daniel—. Estaba medio sedado. Pero recuerdo que para escapar del asesino nos metimos en la selva y pasamos allí la noche. Por la mañana salimos a aquel pueblo.
El jefe asintió lentamente, procesando.
—Entonces usted recuperó su collar.
—Sí —respondí—. Pero hoy por la mañana, cuando estábamos en el combate de boxeo, Adrián se acercó a mí. Me amenazó con la pistola y me obligó a acompañarlo hacia la zona donde están los barcos viejos…
Hice una pausa calculada. No demasiado larga. Solo la suficiente para que pareciera que estaba buscando el recuerdo, no inventándolo.
—Lo que pasó después no lo recuerdo —suspiré—. Pero cuando recuperé el sentido… entendí que el collar ya no estaba.
—Esperen aquí un momento, tengo que comprobar algo —dijo el jefe antes de salir de su despacho con paso rápido.
Daniel me apretó el hombro. No dijo nada, pero no hizo falta. En ese gesto silencioso sentí su apoyo… y su aprobación. Como si, por primera vez en días, confiara plenamente en que yo sabía exactamente lo que estaba haciendo.
El jefe regresó al despacho dentro de unos minutos más tarde, cerró la puerta detrás de él y se quedó de pie, mirándonos con una expresión que no supe descifrar del todo.
—Señora Vainberg —dijo, cruzándose de brazos—. Hay algo que no me cuadra. Usted ha dicho mafia. No ladrón. ¿Por qué?
Su voz no era agresiva, pero sí afilada. Una pregunta que buscaba grietas.
Yo abrí la boca para responder, pero Daniel se adelantó. Literalmente dio un paso hacia adelante, como si su cuerpo hubiera decidido por él.
—Porque no creemos que fuera un simple ladrón —dijo, con una firmeza que me sorprendió.
El jefe lo miró con interés renovado.
—¿Ah, no? ¿Y qué cree usted, señor Vainberg?
Daniel respiró hondo. Lo vi hacerlo: ese gesto suyo de reunir valor, de juntar piezas, de confiar en su intuición, aunque le tiemblen las manos.
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matrimonio en crisis, diamantes robados mafia, mal entendido
Editado: 20.01.2026