Daniel
—Si le soy sincero —dijo el jefe—… esto es demasiado grande para nosotros.
No lo dijo como quien se rinde, sino como quien acepta que el mar siempre será más grande que la barca. Sin dramatismo. Sin épica. Con esa honestidad seca de los hombres que han visto demasiadas tormentas y saben cuándo no pueden gobernarlas.
Rosa estaba sentada a mi lado, la espalda recta, las manos entrelazadas sobre el regazo. Ya no tenía la mirada afilada de estratega en plena batalla. Tenía la expresión de alguien que ha ganado una tregua, pero sabe que la guerra sigue ahí, esperando.
El jefe continuó:
—Aquí somos pocos. Nos conocemos todos. Sabemos manejar robos pequeños, peleas de borrachos, algún turista perdido… —hizo una pausa, larga—. Pero esto… no.
No necesitó decir mafia, ni organización, ni algo que nos supera. Todo eso estaba flotando en el aire, espeso como la humedad antes de la lluvia.
—En realidad teníamos que mandarlos a Barbados —añadió—, pero llegó el temporal y ningún barco sale del puerto. Por ahora, lo mejor es que vuelvan al pueblo. Es tranquilo. Allí estarán más cómodos… y más visibles.
Más visibles. Traducción: no podemos protegerlos del todo, pero al menos sabremos dónde están.
Asentí. Rosa también. No discutimos. No pedimos explicaciones. No exigimos nada. Cuando un policía de isla pequeña te dice que algo es demasiado grande, lo único sensato es aceptar que ya no estás en una película donde el héroe gana al final del segundo acto.
—Un agente los llevará —concluyó el jefe—. No se vayan por su cuenta con este temporal.
Salimos de la comisaría bajo una lluvia fina que no mojaba del todo, pero el viento era brutal, como si quisiera arrancarnos la ropa. El coche patrulla nos esperaba frente a la puerta, motor encendido, luces apagadas.
El agente que iba a llevarnos era joven. Demasiado joven para ese uniforme, pensé. Tenía la cara abierta, amable, y esa expresión ingenua de quien aún cree que el mundo se puede ordenar con normas claras.
—Buenas tardes, señor, señora —dijo—. Soy el agente Luis. Yo los llevo.
Abrí la puerta trasera del coche. Estaba a punto de subir cuando lo vi dudar.
—Eh… —dijo, girándose hacia mí—. ¿Puedo hacerle una pregunta?
—Dime.
—Es que… —rascó el suelo con la punta del zapato, como un niño pillado en algo— …tengo que pasar por el camino viejo antes de llegar al pueblo. Me queda de paso. ¿No les importa?
Lo miré en silencio. Rosa frunció ligeramente el ceño.
—¿Y? —pregunté.
—Pues… —el agente sonrió, incómodo— …tengo que dejar una jaula de gallinas.
Hubo un segundo de silencio absoluto. Yo pensé que había oído mal.
—¿Una qué? —preguntó Rosa.
—Una jaula. De gallinas —repitió él—. Son de mi tía. La lluvia inundó el gallinero y… bueno, son delicadas.
Cerré los ojos un instante. Solo uno. Como si contara hasta tres por dentro para no gritar.
—¿Y eso qué tiene que ver con llevarnos al pueblo? —pregunté, recordándome que estábamos en una isla pequeña. Muy pequeña.
—Que… —el agente levantó un dedo— …me queda de camino. Literalmente. Son cinco minutos más. Y las gallinas ya están en la jaula. No habría ningún problema.
Miré a Rosa. Ella me miró a mí. En sus ojos vi la misma mezcla que sentía yo: incredulidad… y una risa a punto de escaparse en el peor momento posible.
—¿Estamos hablando de gallinas vivas? —pregunté.
—Claro —dijo el agente—. Muy tranquilas. Bueno… más o menos.
Rosa negó con la cabeza al principio, pero luego suspiró.
—Está bien. Las gallinas no nos molestarán.
Yo asentí, resignado. Subimos al coche patrulla. Yo a la izquierda, Rosa a la derecha. Entre nosotros, la jaula con tres gallinas que nos miraban como si también estuvieran evaluando la situación.
Cerramos las puertas.
El agente arrancó… y entonces escuché el sonido.
Clo. Clo. Clo.
Perfecto. En un coche de policía. Con una jaula de gallinas. En medio de una investigación que incluía chantajes, mafias, un crucero encallado y al menos dos hombres que se negaban a morir cuando tocaba.
La vida tenía un sentido del humor cruelmente preciso.
El coche avanzó por la carretera mojada. El limpiaparabrisas marcaba el ritmo. Clo. Clo. Clo.
—Disculpen si hacen ruido —dijo el agente—. Con la lluvia se alteran.
—No pasa nada —respondió Rosa—. Nosotros también estamos algo alterados.
Sonrió. Yo le apreté la mano.
Miré por la ventanilla. La selva pasaba lenta, oscura, indiferente. Pensé en todo lo que habíamos dejado atrás: el hospital, la comisaría, las decisiones no tomadas, las verdades a medias.
El coche avanzaba despacio cuando ocurrió.
Un golpe seco. Brutal. El patrullero frenó de golpe y nuestros cuerpos se fueron hacia delante.
—¡Joder! —exclamó el agente, aferrándose al volante.
Delante de nosotros, atravesando la carretera como una advertencia escrita por el destino, había un tronco enorme, recién caído. Empapado. Pesado. Imposible de mover sin maquinaria.
Las gallinas protestaron al unísono.
Clo. Clo. CloCLOOO.
—No pasa nada —dijo el agente, intentando sonar tranquilo—. Voy a ver si podemos rodearlo por la cuneta.
Abrió la puerta, sacó la linterna y caminó hacia el tronco. La lluvia le empapaba la gorra, la chaqueta, todo. Parecía una escena normal. Demasiado normal.
Entonces lo vi.
Una sombra salió de la cortina de lluvia. No hubo palabras. No hubo advertencia. Solo un movimiento rápido, preciso, como un latigazo.
—¡NO! —gritó Rosa.
El golpe sonó hueco. Seco. Como una pelota rebotando contra una pared demasiado cerca.
El agente cayó sin emitir un solo sonido. La linterna rodó por el asfalto y quedó apuntando al cielo, iluminando la lluvia como si se riera de nosotros.
—¡DANIEL! —gritó Rosa.
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matrimonio en crisis, diamantes robados mafia, mal entendido
Editado: 20.01.2026